El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo IV

Por qué, ocupado el reino de Darío por Alejandro, no se rebeló contra sus sucesores después de su muerte

El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo IV
El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo IV

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El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo IV

Considerando las dificultades que se ofrecen para conservar un Estado recientemente adquirido, podría preguntarse con asombro cómo sucedió que hecho Alejandro Magno dueño de Egipto y del Asia Menor en un corto número de años, y habiendo muerto a poco de haber conquistado esos territorios sus sucesores, en unas circunstancias en que parecía natural que todo aquel Estado se rebelase, lo conservaron, sin embargo, y no hallaron al respecto más obstáculo que el que su ambición individual ocasionó entre ellos. He aquí mi respuesta al propósito. De dos modos son gobernados los principados
conocidos. El primero consiste en serlo por su príncipe asistido de otros individuos que, permaneciendo siempre como súbditos humildes al lado suyo, son admitidos, por gracia o por concesión, en clase de servidores, solamente para ayudarle a gobernar. El segundo modo como se gobierna se compone de un príncipe, asistido de barones, que encuentran su puesto en el Estado, no por la gracia o por la concesión del soberano, sino por la antigüedad de su familia. Estos mismos barones poseen Estados y súbditos que los reconocen por señores suyos, y les consagran espontáneamente su afecto. Y, en los primeros de estos Estados en que gobierna el mismo príncipe con algunos ministros esclavos, tiene más autoridad, porque en su provincia no hay nadie que reconozca a otro más que a él por superior y si se obedece a otro, no es
por un particular afecto a su persona, sino solamente por ser ministro y empleado del monarca.

Los ejemplos de estas dos especies de Gobiernos son, en nuestros días, el del sultán de Turquía y el del rey de Francia. Toda la monarquía del sultán de Turquía está gobernada por un señor único, cuyos adjuntos no son más que criados suyos, y él, dividiendo en provincias su reino envía a él los diversos administradores, a los cuales coloca y muda en su nuevo puesto a su antojo.

Pero el rey de Francia se halla en medio de un sinnúmero de personajes, ilustres por la antigüedad de su familia, señores ellos mismos de sus respectivos Estados, reconocidos como tales por sus particulares súbditos, quienes, por otra parte, les profesan afecto, y que están investidos de preeminencias personales que el monarca no puede quitarles sin peligrar él
mismo. Así, cualquiera que considere atentamente ambas clases de Estados, comprenderá que existe dificultad suma en conquistar el del sultán de Turquía, pero que, si uno le hubiere conquistado, lo conservará con suma facilidad. Las
razones de las dificultades para ocuparlo son que el conquistador no puede ser llamado allí de las provincias de aquel Imperio, ni esperar ser ayudado en la empresa por la rebelión de los que el soberano conserva a su lado, lo cual
dimana de las observaciones expuestas más arriba. Siendo todos esclavos suyos y estándole reconocidos por sus favores, no es posible corromperlos tan fácilmente, y aunque esto se lograra, la utilidad no sería mucha mientras el soberano contase con el apoyo del pueblo. Conviene, pues, que el que ataque al sultán de Turquía reflexione que va a hallarle unido al pueblo, y que habrá de contar más con sus propias fuerzas que con los desórdenes que se manifestasen en el Imperio en su favor. Pero después de haberle vencido, derrotando en una campaña sus ejércitos de modo que a él no le sea dable
rehacerlos, no habrá que temer ya más que a la familia del príncipe. Si el conquistador la destruye, el temor desaparecerá por completo, pues los otros no gozan del mismo valimiento entre las masas populares. Si antes del triunfo,
el conquistador no contaba con ninguno de ellos en cambio, no debe tenerles miedo alguno, después de haber vencido.

Empero, sucederá lo contrario con reinados gobernados como el de Francia. En él se puede entrar con facilidad, ganando a algún barón, porque nunca faltan nobles de genio descontento y amigos de mudanzas, que abran al conquistador camino para la posesión de aquel Estado y que le faciliten la victoria. Mas, cuando se trate de conservarse en él, la victoria misma le dará a conocer infinitas dificultades, tanto de parte de los que le auxiliaron como de parte de los que oprimió. No le bastará haber extinguido la familia del príncipe, porque quedarán siempre allí varios señores que se harán cabezas de partido para nuevas mudanzas, y, como no podrá contentarlos a satisfacción de ellos, ni destruirlos enteramente, perderá el nuevo reino tan pronto se presente la ocasión oportuna.

Si consideramos ahora qué género de gobierno era el de Darío, le encontraremos semejante al del sultán de Turquía. Le fue necesario primeramente a Alejandro asaltarlo en su totalidad y ganar la campaña en toda la línea. Después de este triunfo murió Darío, quedando el Estado en poder del conquistador de una manera segura, por las causas que llevo apuntadas; y si
los sucesores de Alejandro hubieran continuado unidos, habrían podido gozar de él sin la menor dificultad, puesto que no sobrevino otra disensión que la que ellos mismos suscitaron. En cuanto a los Estados constituidos como el de Francia, es imposible poseerlos tan sosegadamente. Por esto hubo, tanto en Francia como en España, frecuentes rebeliones semejantes a las que los romanos experimentaron en Grecia a causa de los numerosos principados que había allí. Mientras subsistió en el país su memoria, su posesión fue, para los romanos, muy incierta. Pero tan pronto dejó de pensarse en ello, se hicieron poseedores seguros, gracias a la estabilidad de su imperial dominio. Cuando los romanos pelearon en Grecia, unos contra otros, cada uno de ambos partidos pudo atraerse la posesión de aquellas provincias, según la autoridad que en ellas había tomado, porque, habiéndose extinguido la familia de sus antiguos dominadores, dichas provincias reconocían ya por únicos a los dominadores nuevos. Si, pues, se presta atención a todas estas particularidades, no causará extrañeza la facilidad que Alejandro tuvo para conservar el Estado de Asia y las dificultades con que sus sucesores (Pirro y otros muchos) tropezaron en la retención de lo que habían adquirido. No provinieron ellas del poco o mucho talento de los vencedores, sino de la diversidad de los Estados que conquistaran.

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