El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo X

Spread the love

Cómo deben medirse las fuerzas de los principados

El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo X
El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo X

Indice

El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo X

O el principado es bastante grande para que en él halle el soberano, en caso necesario, con qué sostenerse por sí mismo, o es tal que, en el mismo caso, se vea obligado a implorar el auxilio ajeno. Pueden los príncipes sostenerse por sí
mismos cuando tienen suficientes hombres y dinero para formar el correspondiente ejército, con que presentar batalla a cualquiera que vaya a atacarlos, y necesitan de otros los que, no pudiendo salir a campaña contra los enemigos, se encuentran obligados a encerrarse dentro de sus muros, y limitarse a defenderlos. Se habló ya del primer caso y aún se volverá sobre él, cuando se presente ocasión oportuna. En cuanto al segundo caso, no puedo menos de alentar a semejantes príncipes a fortificar la ciudad de su residencia, sin inquietarse por las restantes del país. Cualquiera que haya artillado fuertemente el lugar de su mansión y se haya portado bien con sus súbditos, no será atacado nunca sino con mucha circunspección, porque los hombres miran siempre con cautela suma las empresas que les ofrecen dificultades, y
no cabe esperar un fácil triunfo cercando o asaltando la ciudad de un príncipe que la ha fortalecido en buenas condiciones y que cuenta con el amor de su pueblo.

Las ciudades de Alemania son muy libres; tienen en sus alrededores poco territorio que les pertenezca; obedecen al emperador a la medida de su gusto; no le temen a él, ni a ningún otro potentado, a causa de la solidez de sus
murallas, por lo que los agresores temen perder mucho tiempo, y hasta sufrir un descalabro, si toman la ofensiva contra ellas. Todas tienen fosos, muros muy fuertes, cañones en abundancia, y conservan en sus almacenes, bodegas y habitaciones, vituallas bastantes para comer, beber y encender fuego durante un año. Fuera de esto, y a fin de alimentar suficientemente al populacho, no les falta con qué darle trabajo, también por espacio de un año, en aquellas obras públicas que son el nervio y el alma de toda ciudad, y se cuidan con esmero de que los servicios militares estén continuamente en vigor. Así, un príncipe que posee por punto de residencia una plaza fuerte y se hace amar dentro de ella, difícilmente será sitiado, y si lo fuera, el que lo intentase acabaría por levantar el cerco con oprobio. Son tan variables las cosas terrenas, que es casi imposible que el que ataca, si se ve llamado a su país por alguna inevitable vicisitud de sus Estados, permanezca un año rondando con su ejército, ante unos muros muy fuertes, que no le es posible asaltar.

Si alguien objetare que, en el caso de que, teniendo un pueblo sus posesiones afuera, las viera quemar, perdería la paciencia, y su interés le haría olvidar el de su príncipe, responderé que un monarca poderoso y valiente superará
siempre esas dificultades, ya dando esperanzas a sus gobernados de que el mal no durará mucho, ya amenazándoles con las represalias y crueldades que cometería el enemigo, ya, en fin, poniendo a buen recaudo a aquellos súbditos que le pareciesen muy osados en sus quejas. Aparte lo cual, habiendo el enemigo, desde su llegada, incendiado y devastado el país, cuando estaban los sitiados en el ardor de la defensa, el príncipe debe abrigar tanta menos desconfianza después, cuanto que, pasados varios días, los ánimos se habrán enfriado, los males se habrán sufrido, los daños estarán hechos, y no quedará ya remedio alguno. Los ciudadanos entonces se unirán mejor a él, precisamente porque ha contraído con ellos una nueva obligación, a consecuencia de haberse arruinado sus casas y sus posesiones en defensa suya. La naturaleza de los hombres es de obligarse unos a otros, lo mismo por los beneficios que conceden que por los que reciben. De donde es preciso concluir que, considerándolo todo bien, no le es difícil a un príncipe prudente, desde el comienzo hasta el final de un sitio, conservar inclinados a su persona los ánimos de sus conciudadanos, si no les falta con qué vivir, ni con qué
defenderse.

Cápitulo IX      Cápitulo XI

Facebook Comments