El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo XXV

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Dominio que ejerce la fortuna en las cosas humanas, y cómo resistirla cuando es adversa

El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo XXV
El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo XXV

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El príncipe Nicolás Maquiavelo Capítulo XXV

No se me oculta que muchos creyeron y creen que la fortuna, o dígase la Providencia, gobierna de tal modo las cosas del mundo, que a los hombres no les es dable, con su prudencia, dominar lo que tienen de adverso esas cosas, y hasta que no existe remedio alguno que oponerles. Con arreglo a semejante fatalismo, llegan a juzgar que es en balde fatigarse mucho en las ocasiones
temerosas, y que vale más dejarse llevar entonces por los caprichos de la suerte. Esta opinión goza de cierto crédito en nuestra época a causa de las grandes mudanzas que, fuera de toda conjetura humana, se vieron y se ven cada día. Yo mismo, reflexionan do sobre ello, me incliné en alguna manera a la indicada opinión. Sin embargo, como nuestro libre albedrío no queda completamente anonadado, estimo que la fortuna es árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero también que nos deja gobernar la otra mitad, o, a lo menos, una buena parte de ellas. La fortuna me parece comparable a un río fatal que cuando se embravece inunda llanuras, echa a tierra árboles y edificios, arranca terreno de un paraje para llevarlo a otro. Todos huyen a la vista de él y todos ceden a su furia, sin poder resistirle. Y, no obstante, por muy formidable que su pujanza sea, los hombres, cuando el tiempo está en
calma, pueden tomar precauciones contra semejante río construyendo diques y esclusas, para que al crecer de nuevo se vea forzado a correr por un canal, o por lo menos, para que no resulte su fogosidad tan anárquica y tan dañosa.

Pues con la fortuna sucede lo mismo. No ostenta su dominación más que cuando encuentra un alma y una virtud preparadas, porque cuando las encuentra tales vuelve su violencia hacia la parte en que sabe que no hay muros ni otras defensas capaces de contenerla. Ahora bien: si pensamos en Italia, que es teatro de parecidas revoluciones y el receptáculo que les da impulso, vemos que es una campiña sin diques y sin esclusas de ninguna clase. Si hubiera estado preservada por virtudes militares y cívicas, como lo están Alemania, Francia y España, la inundación de tropas extranjeras que sufrió no hubiese ocasionado las grandes mudanzas que ha experimentado, y ni siquiera la inundación hubiera venido. Y basta esta reflexión para lo concerniente a la necesidad de oponerse a la fortuna en general.

Refiriéndome ahora a casos más concretos, digo que cierto príncipe que prosperaba ayer se encuentra caído hoy, sin que por ello haya cambiado de carácter ni de cualidades. Esto dimana, a mi entender, de las causas que antes explané con extensión al insinuar que el príncipe que no se apoya más que en la fortuna cae según que ella varia. Creo también que es dichoso aquel cuyo modo de proceder se halla en armonía con la índole de las circunstancias, y que no puede menos de ser desgraciado aquel cuya conducta está en discordancia con los tiempos. Se ve, en efecto, que los hombres, en las acciones que los conducen al fin que cada uno se propone, proceden diversamente; uno con circunspección, otro con impetuosidad; uno con maña, otro con violencia; uno con paciente astucia, otro con contraria disposición; y cada uno, sin embargo, puede conseguir el mismo fin por medios tan diferentes. Se ve también que, de dos hombres moderados, uno logra su fin, otro no; y que dos hombres, uno ecuánime, otro aturdido, logran igual acierto con dos expedientes distintos, pero análogos a la diversidad de sus respectivos genios. Lo cual no proviene de otra cosa más que de la calidad de las circunstancias y de los tiempos, que concuerdan o no con su modo de obrar.

De donde resulta que, procediendo diferentemente, dos hombres logran idéntico efecto, y procediendo del mismo modo, uno consigue su fin y otro no.

De esto depende asimismo la variación de su felicidad, porque si para el que se conduce con ponderación y con calma las circunstancias y los tiempos se tornan de arte que su gobierno sea bueno, prospera, mientras que si cambia sobreviene su ruina, por no haber mudado de modo de obrar. Pero no hay hombre alguno, por muy dotado de prudencia que esté, que sepa concordar
bien sus procederes con las circunstancias y con los tiempos, ya por no serle posible desviarse de la propensión a que su naturaleza le inclina, ya por el hecho de que, habiéndole procurado éxito el caminar siempre por una senda, no se persuade con facilidad de que obrará bien con desviarse de ella. Cuando ha llegado para el hombre de temperamento fríamente tardo la ocasión de obrar con calurosa celeridad, no sabe hacerlo y provoca su propia ruina. Si supiese cambiar de naturaleza con las circunstancias y con los tiempos no se le mostraría tornadiza la fortuna.

El papa Julio II procedió con verdadero arrebato en todas sus acciones, y halló las circunstancias y los tiempos tan conformes con su modo de obrar, que logró acertar siempre. Considérese la primera empresa que dirigió contra Bolonia, en vida todavía de Bentivoglio. Los venecianos la veían con disgusto, y los monarcas de Francia y España estaban deliberando aún sobre lo que harían en el trance aquél, cuando Julio II, con valerosa rapidez, se puso él mismo a la cabeza de la expedición Semejante paso dejó suspensos e inmóviles a los venecianos y a los monarcas de Francia y de España, a los primeros por miedo y a los segundos por su afán de recuperar el reino de Nápoles. Pero consiguió atraer a su partido al monarca francés, que habiéndole visto en movimiento, y deseando que se le uniese para abatir a los venecianos juzgó que no podía negarle sus tropas sin hacerle una ofensa formal. Así, Julio II, con su alarde impetuoso, llevó a cumplida cima una empresa que un Pontífice más prudente no hubiera sabido dirigir nunca. Si al partir de Roma hubiera gastado tiempo en madurar su determinación y en proveerse de lo preciso, como cualquier otro
Papa hubiera hecho, habría fracasado, a no dudarlo, pues el monarca francés le hubiese alegado mil disculpas y los otros le hubiesen infundido mil nuevos temores. Me abstengo de examinar las demás acciones suyas, las cuales fueron todas de esa misma especie y se vieron coronadas por el triunfo. La brevedad de su Pontificado no le dejó lugar para experimentar lo contrario, que
seguramente le hubiera acaecido, porque, de habérsele presentado algún caso en que le conviniese usar de tranquilidad circunspecta, no se habría apartado de aquella atropellada conducta a que su genio le inclinaba y hubiera provocado su propia ruina.

Concluyo, pues, que si la fortuna varía y los, príncipes continúan obstinados en su natural modo de obrar, serán felices, ciertamente, mientras semejante conducta vaya acorde con la fortuna misma. Pero serán desgraciados, en cambio, no bien su habitual proceder se ponga en discordancia con ella. Sin embargo, pensándolo bien todo, me parece que juzgaré serenamente si
declaro que vale más ser violento que ponderado, porque la fortuna es mujer y por ello conviene, para conservarla sumisa, zaherirla y zurrarla. En calidad de tal se deja vencer más de los que la tratan con aspereza que de los que la tratan con blandura. Por otra parte, como hembra, es siempre amiga de los jóvenes porque son menos circunspectos, más irascibles y se le imponen con más audacia.

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