La rutina – Relato y suspenso para compartir

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La Rutina

Escuchar tantos gritos me habían despertado. Otra vez con lo mismo. ¿Qué tan normal se había vuelto este panorama para ellos? ¿Es que, acaso, no se dan cuenta que molesta el hecho de que ya nunca hay silencio en esta casa?

Me dirigí aun con algo de sueño hacia la cocina, consciente de que la pelea de la mañana no terminaría hasta después de las siete. Una rutina bastante normal para mí, estos días. Miré alrededor y, con algo de indiferencia, pude notar que el ambiente era más denso de lo habitual. Sin embargo, lo importante del momento era saciar el hambre. Me acerqué a la mesa y con asombro descubrí que el desayuno, como raras veces, estaba servido.

Cuando la tibia leche pasó por mi garganta, se sintió tan bien que no pude evitar que un sonido de satisfacción se escapara de esta.

Luego de desayunar y como tantas otras veces, me dirigí a un rincón de la cocina y me dispuse a ver cómo sería la escena del día de hoy. Generalmente, los platos volaban y se hacían mil añicos al dar, ya sea con la muralla o contra el piso. Ese era un acto digno de ver, pues se apuntaban tan lejos de sus cabezas que, parecía que la idea solo era quebrarlos.

De un momento a otro, algo cambio. Algo en el aire me hizo estar más atento y escuchar lo que decían.

– Ni se te ocurra acercarte a mí hijo. Él nada tiene que ver con esto.

– Y si lo hago, ¿qué? Si no lo quiso su padre, ¿por qué debo aceptarlo yo?

– ¡Mal nacido! ¡Siempre amenazando y te haces llamar hombre!

– A mí – Dijo este tan pronto la sujetaba por el cuello con ambas manos. – Me respetas. ¿Entiendes?

Sin quererlo y ante tal escena, los pelos se me empezaron a poner de puntas. Se veía que a él le estaba costando mantener la presión de sus manos pues, su expresión, había cambiado claramente a una de asombro al verse capaz de tal acto; y mientras ella parecía convulsionar entre sus manos e intentaba zafarse del agarre, el murmuró, arrepentido y avergonzado, lo que más pareció un lamento.

– Lo siento. – Luego de esto se alejó de ella y saliendo por la puerta principal, aseguró que jamás regresaría.

Vi con algo de asombro cómo pesadamente la mujer se dejaba caer al suelo, mientras solo atinaba a taparse la cara con sus manos y comenzar a llorar más fuerte, si es que eso era posible.

Pasaron varios minutos y nada había cambiado. La puerta que había sido cerrada hace poco, no había vuelto a abrirse y el silencio que hace tiempo no se hacía presente, solo era interrumpido por los interminables sollozos de una mujer más aliviada. De pronto una luz entró por una de las ventanas, y pude ver a través de este reflejo como varias motitas danzaban en el aire. Me alegré al encontrar juguete nuevo, después de todo jugar con motitas era mucho más entretenido que ver cómo seguiría aquella escena. Bueno, al menos eso era mucho más entretenido para un simple gato como yo.

La rutina por Amely

Radico en el Sur de Chile, hermoso país al fin del mundo.
Creo de manera fehaciente en el poder de las palabras. Empero, para mí, nada dice más que una acción desinteresada y que un silencio oportuno. Sin embargo, no hay que olvidar que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones.

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