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Promesas cumplidas

Cuando tenía nueve añitos el pequeño Benito soñaba con una bicicleta roja que había en el escaparate de una juguetería próxima a su casa. La bicicleta más bonita que había visto en su vida.

Benito se la pidió a su madre.

Su madre dijo que se la pidiera a su padre.

Y su padre le dijo:

¿Una bicicleta? No podemos permitirnos comprarte una bicicleta. Además, eres demasiado atolondrado para andar en bicicleta.

Por favor, quiero esa bicicleta –insistió Benito– por favor, haría cualquier cosa por tenerla, papá ¿Me la comprarás algún día? ¿Por favor?

Y su padre, con sonrisa irónica, le contestó:

Sí, sí, claro. Por supuesto… cuando las ranas críen pelo.

¿Es una promesa? -preguntó el niño, lleno de ilusión.

El padre de Benito soltó una carcajada. Revolvió el pelo de su hijo y respondió:

Por supuesto que es una promesa, hijo, por supuesto.

Al cumplir los veinticinco años Benito se enamoró de Daniela. La hermosa, encantadora, maravillosa, dulce, inteligente y bla, bla, bla… Daniela.

El mismo día de su vigésimo sexto cumpleaños Benito preparó una velada romántica para pedirle a su dulce Daniela que se casara con él. Y lo hizo, por supuesto, como mandan los cánones de la vieja escuela: de rodillas, tomándole la mano y mirándola arrobado.

La joven lo miró fijamente, lo meditó tres segundos y medio y le respondió:

Querido -Daniela veía mucho cine clásico-, me casaré contigo cuando el infierno se congele.

¿Es una promesa? -preguntó el muchacho, lleno de ilusión.

La chica, entre sorprendida y divertida, le respondió:

Por supuesto, querido, es una promesa.

Cuando llegó a la edad de 40 años, Benito creyó llegado el momento de enfrentarse a su inmediato superior y reclamarle ese ascenso largo tiempo anhelado, más que suficientemente merecido y siempre postergado.

El jefe de Benito lo miró por encima de sus gafas (las del jefe, no las de Benito…) y con cara de aburrimiento -la misma cara de aburrimiento que un bulldog, perro con el que dicho señor guardaba un asombroso parecido – y un suspiro, le dijo a nuestro amigo Benito:

Señor Rupérez -así se apellidaba Benito, no era culpa suya-, quede usted tranquilo. Su ascenso estará listo para el día del Juicio Final a eso de las cinco de la tarde.

–¿Es una promesa, señor? -preguntó el hombre, lleno de ilusión.

El bulldog… perdón, quise decir el jefe de Benito lo miró con cara de “¿se estará cachondeando?” y al ver que no era así, contestó con un suspiro de hastío sospechosamente parecido a un resoplido canino:

–Por supuesto, Sr. Rupérez, es una promesa.

Pocos días después de cumplir los 41, mientras paseaba por la ribera de un río en su primer día de vacaciones, Benito hizo un descubrimiento sorprendente: una rana barbuda… no, dos ranas barbudas… no, tres ranas barbudas… vaya, todo un congreso de ranas barbudas. Benito hizo fotos del fenómeno y, para que no hubiera ningún tipo de confusión, cazó –viva y sin un rasguño una de dichas ranitas y, con ella en la mano, se dirigió a visitar a su padre para reclamar la ansiada bicicleta.

Por supuesto, su anciano padre se quedó absolutamente boquiabierto pero, reconociendo la justicia de lo que su hijo le reclamaba, tomó su bastón y acompañó a su hijo a comprar la bicicleta roja –bueno, una parecidapor la que Benito había estado suspirando durante treinta y dos años.

Esa noche Benito se quedó dormido con una sonrisa de satisfacción infantil en los labios.

Dos meses más tarde, al salir de casa para dirigirse al trabajo, Benito se encontró con que las aceras, los autobuses, el metro, las cafeterías, los bancos, los parques, en fin, la ciudad entera, se encontraba abarrotada de demonios, diablillos, íncubos, súcubos y otros espíritus del mal cargados de maletas, maletines, mochilas, bolsas de viaje, etc.

Cuando uno de aquellos seres se acercó a preguntarle por el hotel más cercano, Benito se armó del valor necesario para intentar averiguar –desde una distancia prudencial dado el olor un tanto “especial” que despedía dicho ente– a qué se debía esa especie de invasión pacífica procedente del inframundo. ¿Había un congreso demoníaco en la ciudad? ¿Alguna festividad satánica? ¿Quizá los trabajadores infernales también tenían vacaciones y su ciudad se había puesto de moda?

–No, no, nada de eso, buen hombre. –Le respondió el ente demoníaco–. La respuesta a su curiosidad es bien simple: se ha congelado el infierno, vaya usted a saber por qué, y mientras intentan arreglar el desaguisado debemos buscar alojamiento en otro lugar. Como usted comprenderá, allí no hay quien viva con tanto frío.

La alegría que reflejaba la cara de Benito era tan evidente y tan fuera de lugar que el demonio a punto estuvo de soltarle un zarpazo, ofendido por su supuesta falta de empatía. Pero nuestro protagonista no le dio tiempo porque casi inmediatamente salió corriendo como un gamo en busca de su amor de tantos años: Daniela.

La hermosa Daniela. La dulce Daniela. La ya no tan joven Daniela se quedó tan helada como el infierno cuando Benito le dio noticia de lo ocurrido. Pero reconociendo la justicia de lo que su ex novio le pedía y, dado que seguía soltera y nada lo impedía, Daniela aceptó casarse con Benito, tal como había prometido diecisiete años antes.

El matrimonio se celebró tres meses más tarde.

Transcurrido año y medio de tan fausto acontecimiento y mientras Benito terminaba de almorzar en un bar cercano a su oficina, sonaron unas trompetas, se oyeron unos estruendosos aleteos y un viento extraño recorrió las calles.

Desde los ventanales del local se podía ver a la gente correr sin rumbo.

Mirando hacia atrás asustados.

Huyendo en una huida sin sentido.

A base de empellones, pisotones y codazos, Benito consiguió llegar hasta la puerta y salir a la calle. Y allí, en el cielo, vio miles de ángeles sobrevolando la ciudad. Vio los cielos abiertos y millones de almas que parecían esperar algo… y en un segundo lo vio todo claro: era el día del Juicio Final.

Benito miró su reloj para ver cuánto faltaba para las cinco de la tarde o, más propiamente, cuánto tiempo faltaba para que su jefe le concediera el ascenso prometido dos años y medio antes…

Benito sonreía con satisfacción.

Al fin iba a ver cumplidos todos sus pequeños sueños.

Pero Benito no se sentía tan feliz como debería.

Y no acababa de entender el por qué.

Promesas cumplidas por Dolo Espinosa

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Comentarios

Comments 1

  • Me encanto leer tus: PROMESAS CUMPLIDAS
    Disfruté la lectura.
    Abrazotes