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Supersticion Cuento de creencias y Humores

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El señor Phineas Antiguo* fue, durante muchos años de su vida, un hombre tremendamente supersticioso y no había acto de su vida que no estuviera supeditado a una u otra superstición. Así, por ejemplo, el señor Antiguo se levantaba siempre por el lado derecho de la cama y nunca, jamás, osaba hacerlo por el lado izquierdo. Ni por descuido abría su paraguas bajo techo aún siendo este un amuleto que siempre llevaba consigo lloviera o no. Tenía un único espejo en su casa y tan bien sujeto para evitar la posibilidad de que se rompiera, que ni un terremoto hubiera logrado moverlo ni un milímetro. Se ponía muy nervioso si derramaba sal o si se encontraba con un gato negro. Nunca, bajo ninguna circunstancia, salía de casa si era martes 13 y evitaba cuidadosamente pasar bajo cualquier escalera que encontrase en su camino.

En cierta ocasión, el señor Antiguo olvidó llevar consigo su pata de conejo. y fue tal el sufrimiento que padeció pensando en las docenas de desgracias que le podían ocurrir que decidió comprar varios de estos apéndices y llenar con ellos todos los bolsillos de sus chaquetas, abrigos, pantalones. Si la resurrección de los cuerpos afecta también a los animales, habrá decenas de conejos que tendrán que acudir en busca del Sr. Antiguo para reclamar sus extremidades.

La fe de Phineas Antiguo en las varias supersticiones era muy profunda, casi rayana en la religión y en el fanatismo. Sin embargo, cosas de la incoherencia inherente al ser humano, el Sr. Phineas Antiguo no creía en horóscopos ni en ningún otro tipo de augurios por considerarlos “puras especulaciones sin sentido destinadas a engañar a pobres incautos”.

Sí, el Sr. Antiguo solía ser muy supersticioso hasta que, cierto día, decidió que ser supersticioso traía mala suerte.

Y eso ocurrió el día que:

El Sr. Antiguo, al levantarse, como siempre, por el lado derecho de la cama, pisó una ratonera que él mismo había instalado la noche anterior y que había olvidado por completo.

Su hermana (que pasaba unos días en su casa) se había atrincherado en el baño, lugar de residencia del único espejo que había en la casa y, por tanto, el Sr. Antiguo hubo de apañárselas como buenamente pudo. Consecuencia: que, por primera vez en su vida, el Sr. Antiguo salió a la calle mal afeitado, lleno de cortes y con la corbata torcida.

Un perro callejero (ex de un cazador y recientemente fugado de una casa con cinco pequeños monstruos que le habían hecho la vida imposible hasta tal punto que prefirió vivir vagabundeando que seguir soportándolos ni un minuto más) se dedicó a perseguirlo durante varias manzanas, olisqueando y mordisqueando los bolsillos donde portaba sus múltiples patas de conejo. El perro (al que el instinto cazador no había abandonado) no le dejó en paz hasta que, una por una, Phineas Antiguo se las fue lanzando.

Al esquivar una escalera se topó de bruces con un gato negro. Al intentar esquivar al gato, dio un paso atrás, golpeó la escalera, la escalera se tambaleó lo suficiente como para que al operario que estaba sobre ella se le escapara la taladradora que sujetaba en su mano y que la misma pasara silbando -en concreto, La Marsellesa, pues se trataba de una taladradora francesa y muy patriota- a escasos centímetros de la cabeza, tronco y extremidades del Sr. Phineas Antiguo que vio peligrar su vida, el futuro de sus genes y su medio básico de transporte.

Y, por último, fue el mismo día en que, cansado, agobiado y hambriento, acudió a su restaurante habitual a comer. Recibió un accidental golpe en el codo por parte del camarero que pasaba silbando –Paquito el Chocolatero que éste no era francés sino de Lavapiés-, derramó sal sobre el mantel y, decidido a espantar la mala suerte, echó un poco sobre su hombro. Con tan mala pata que fue a dar en la cara de una niña monísima (y repipi, todo hay que decirlo: toda vestida de rosa, muchos volantes, zapatitos de charol, enorme lazo…) se encontraba comiendo junto a su papá, un campeón de lucha libre, buena gente, pacífico, muy pacífico, nunca levantaba la voz y menos aún usaba sus puños… a no ser que alguien le mencionase a su señora madre o molestase a su hijita cosa que, lamentablemente para el Sr. Antiguo, éste acababa de hacer.

Aquel día el Sr. Phineas Antiguo regresó a su domicilio ya tarde. Con el traje en muy malas condiciones, un pie dolorido, el cuerpo magullado, una ceja partida, la nariz ligeramente torcida hacia la izquierda -lo cual estropeaba un tanto su parecido con Sir Laurence Olivier o con David Niven o con Mr. Steed (dicho parecido dependía del ánimo con que el Sr. Antiguo se levantara)-, transformando al ser humano más supersticioso del mundo en un ex creyente, y con el convencimiento absoluto de que la superstición de nada sirve.

De aquella época sólo una cosa permanece: su paraguas. Que conserva, no por superstición (según dice) sino por coquetería y elegancia. Y si alguien le habla de supersticiones él, sonríe y afirma contundente que él “dejó de ser supersticioso porque trae muy mala suerte”.

***

* El nombre de Phineas fue idea y empecinamiento de su padre, gran admirador de la cultura británica y a quien este nombre siempre evocaba elegantes caballeros ingleses, tardes de té y paseos por la verde campiña. Su madre hubiera preferido llamarle Francisco, Paquito, pero sucumbió ante la insistencia, las sonrisas y las zalemas de su, entonces, joven y atractivo marido.

Supersticion Cuento de creencias y Humores por Dolo Espinosa

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