La casita – Un Relato realista y extraordinario

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La casita
La casita de un relato extraordinario

La ignorancia nos hace peligrosos a los humanos, porque nada nos da más miedo que el no saber una cosa, eso mezclado con las habladurías y las supercherías, hace un coctel explosivo que puede arruinar una vida, bueno de echo a arruinado más de una.

Estamos hablando de un pueblo de la profunda Andalucía de finales de los sesenta, una sociedad ignorante, oscura, atemorizada aún, donde nadie hablaba con libertad, ni en voz alta para que no se enteraran los vecinos.

Donde se juntaba mi calle con la otra calle más grande (así la veíamos de pequeños) había una casita pequeñita y eso que nuestras casas ya eran pequeñas, solo tenía una entrada muy pequeña, una habitación que hacía de cocina, comedor y salón y un dormitorio.

La puerta y las ventanas (cada una daba a una calle) siempre estaban cerradas, para todos era la casa misteriosa a la que nuestras madres nos prohibían acercarnos.

Vivian una mujer mayor, muy mayor, a la que no veíamos nunca, bueno, yo la vi una vez cruzar la calle, iba toda encorvada con una garrota y su pañuelo negro en la cabeza, jamás la volví a ver, yo no me explicaba de pequeño como no salían para comprar, porque comer tenían que comer, pero claro ahora de mayor comprendo que saldrían pero como nosotros estábamos mañana y tarde en la escuela pues no nos enterábamos.

Yo le pregunté a mi madre que cuando salían y me dijo que “la vieja si sale a comprar, pero como os vea arrimaros a esa casa os doy una paliza”.

Con la abuela también como he dicho vivía una chica muy joven, que decían que era muy guapa, pero nadie la había visto y ahora me pregunto que alguien debió de verla cuando todos decían que era muy guapa.

Siempre estaba acostada, estaba enferma, según decían de algo malo por eso no nos dejaban acercarnos a la casa, y es que en aquellos tiempos cuando una persona tenía algo malo era lepra ó tuberculosis y no sé el porqué (seguro que alguna vecina la vio) le asignaron que tenia tuberculosis y con la tuberculosa se quedó, aunque su nombre era Lucia.

Para nosotros los críos era la casa del misterio y del temor, por lo que nuestras madres nos decían, cada tres ó cuatro semanas venia un medico con un coche que debía ser de antes de la guerra de lo viejo que era y nosotros solo conocíamos ese coche porque por el barrio no venían coches.

A mí me tenia intrigado esa casa y para ver si veía algo me sentaba en frente de la casa que había una piedra cuadrada grande y me pasaba horas mirándola, hasta que una tarde veo entrar a un hombre de una calle cercana, para mí era un hombre porque yo era un crio pero tendría veintitantos años  y muy guapo. Era el único hombre que estudiaba en el barrio, porque iba a la escuela de Ingenieros, entonces para nosotros era como si fuera un sabio ó alguien importante, era el único hijo de una familia que tenía una tienda de comestibles.

Ese hombre se llamaba Juan y comenzó a venir todas las tardes, Lucia y Juan se enamoraron  perdidamente, los vecinos empezaron a decir que ella tenía mejor aspecto pero que cómo se atrevía él a entrar a la casa sabiendo que tenia tuberculosis, con lo que eso se contagiaba, pero eso lo decían entre ellos porque Juan nunca hablaba con ningún vecino.

Una tarde que iba a sentarme en la piedra vi, extrañamente, que la puerta de la calle estaba abierta y entonces la vi sentada en una silla, la abuela la estaba peinando una larga melena negra, llevaba un vestido blanco que le hacía parecer más blanca aún de lo que estaba y se giró y me miró, era una mujer bellísima, la mujer más guapa que yo había visto, para mí era como las que salían en las revistas, ella me sonrió con mucha dulzura, pero la abuela se percató y enseguida cerró la puerta.

Yo estuve toda la tarde con su imagen en mi mente, con esos ojazos negros, esa melena, esa belleza, era la cara de una mujer andaluza guapa de verdad.

Los padres de Juan se enteraron por alguna vecina de que él entraba a esa casa y tuvieron una discusión muy fuerte, su madre le decía “cómo te atreves a ponernos a todos nosotros en peligro sabiendo que tiene tuberculosis” “madre que no tiene tuberculosis” “es otra enfermedad que no es contagiosa”.

Los padres decidieron cortar por lo sano y lo enviaron a estudiar a Granada, una tarde vi salir a Juan con lágrimas en los ojos y en vez de tirar para su casa se fue hacia el campo, supongo que para estar solo con su pena.

Desde entonces jamás se volvió a ver la puerta abierta ni a ninguna vecina entrar a esa casa, y así pasaron un par de meses hasta que un crio de la calle enfermó y los médicos no sabían lo que tenia y el crio duró unas semanas y falleció.

Alguien comenzó a decir que era porque había pasado cerca de la casa de Lucia y todas las vecinas se juntaron y fueron a la puerta de esa casa , comenzaron a gritar “brujas” “no os queremos aquí” “ vosotras sois las culpables del pobre crio” “ marcharos” no sé quién aviso a la guardia civil pero se presentaron allí y las dispersaron .

Dos noches más tarde vimos llegar una ambulancia, era la primera vez que veíamos una, se llevaron a Lucia y a la vieja, yo pude ver un instante a Lucia y ya no parecía ella, estaba esquelética y con cara de cadáver, pues aún hubo gente que las insulto.

Ya nadie volvió a vivir allí jamás, la casa quedo abandonada y nadie supo nada nunca de esas personas.

Pasaron dos años, yo ya era más mayorcito y el día de todos los santos como siempre fui a acompañar a mi  madre al cementerio, a llevar unas flores y dejarlas en un rincón en memoria de mi hermana que falleció con meses hacía muchos años y no se sabía donde la enterraron.

Al entrar al cementerio mi madre se puso a hablar con unas conocidas y yo me quedé de piedra al ver pasar cerca de nosotros a Juan, sin pensarlo dos veces me fui detrás de él hasta que se giró y se paró “ tú eres Pedrito, bueno ya Pedro” “si y tú Juan” y empezamos a andar, yo quería saber donde iba “como vas en la escuela” “bien” le dije “ para quien son esas flores” “ ya lo sabes bandido” “ ¿para Lucia?” si, por desgracia si son para ella, “entonces está muerta” si, Lucia falleció la misma noche en que se la llevaron de casa” “ y tú no estás enfermo?” “¿yo, porqué tenía que estar enfermo?” decían que tenía una enfermedad que se contagiaba” “no Pedrito, no, Lucia tenia leucemia, por eso falleció” “ y eso que es?” “la sangre mal, pero no es contagioso”” ¿entonces porqué la trataron así?” “Pedro, por ignorancia, la gente siente miedo de lo que no conoce y con una persona puedes razonar pero con muchas juntas es imposible y además este pueblo tiene aún el miedo metido en los huesos”

“era muy guapa”” si mucho y muy dulce, ella era de Granada, preguntando conseguí dar con su familia, una tía suya ya mayor y me contó su historia” “cuéntamela por favor, anda” “eres muy curioso para lo pequeño que eres”” pero te la voy a decir”.

La madre de Lucia vivía en el Albaicín, porque ellos son gitanos, la madre era tan guapa como Lucia y muy joven entro de criada de un juez de Granada.

La madre se enamoró del juez y al poco se quedó embarazada, eso para una gitana era lo peor que le podía pasar, estuvo ocultando el embarazo hasta que ya no podía disimularlo más y se lo dijo a su madre, no sabían qué hacer, entonces se le ocurrió que se iría ella a Barcelona donde nadie la conocía y cuando pasaran unos meses ella vendría a por lo que naciera, no podían hacer otra cosa.

Se marcharon a Baza las dos y allí nació Lucia, su madre enseguida se fue a Barcelona y la abuela comenzó una larga espera a ver si su hija venia a por su nieta, pero la espera se fue haciendo larga y Lucia se fue haciendo mayor siempre estaba enferma.

La abuela ya había perdido la esperanza de que su hija volviera y un día vio a unos gitanos de su clan y comprendió que no estaban seguras allí, entonces decidieron venirse aquí que fue donde los médicos le dijeron que tenía leucemia.

“la madre de Lucia nunca vino” pregunté “ no Pedro, nunca vino, lo último que sé es que vive en Madrid y voy a intentar encontrarla para decirle cuanto sufrió Lucia” “ y como la vas a encontrar Madrid es muy grande” Juan se metió la mano en el bolsillo y saco algo “con este camafeo la encontraré” me quedé mirando “uy, mi madre tiene uno igual” “cómo” “ que una vez vi a mi madre acariciando a una cosa de esa”” Dios mío” se limitó a decir él y salió del cementerio con la cabeza acachada, para que nadie viera que estaba llorando.

Nunca le conté nada de esta historia a mi madre, solo muchos años después estando en el lecho de muerte le entregué el camafeo, ella me miró con complacencia y lo agarró fuertemente y falleció.

Vengo a dejar el alma, por mi y por los demás. Espero alcanzar mi cometido.

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