Amanda – Relatos trágicos para compartir

Amanda

Desde el primer momento supe que las cosas no iban a ir bien. Nunca, en toda una vida, he leído o escuchado de alguien que haya tenido un trato con la mafia y haya salido, en el mejor de los casos, vivo.

Sin embargo, y aun en esta situación, me convenzo de que eso era lo mejor que podía hacer en el momento. Necesitaba el dinero, y no para irme de juerga precisamente. Mi hermano menor necesitaba con urgencias un trasplante de corazón, y ni aun juntando el salario de todos los de la familia lográbamos reunir el maldito dinero.

Estaba desesperado ¡Joder!… Nunca pensé que me despedirían a la semana, menos por concepto de “Necesidad de la empresa”. Esa excusa no era creíble ni para ellos ni para nadie. Sentía odio, rencor. Estaba enojado conmigo y con el mundo. ¿Qué culpa tenía un ser tan pequeño como mi hermano de las injusticias del “sistema”? Si no tienes dinero, puedes morir de hambre y a nadie le importa.

La voz de Amanda logró sacarme de mi cabeza. La miré y sonreí al verla tan distraída a mi lado coreando canciones que yo no conocía. Se veía feliz. Todo lo opuesto a mí que, lo único que podía hacer por el momento, era mirar por el retrovisor y acelerar al máximo; y es que, aunque no los viera, sabía que nos seguían. Peor aún, sabía que nos encontrarían.

– Nunca pensé que pasaría esto.

– ¿Qué cosa? – Respondí algo nervioso.

– Esto. – La miré confundido. – Un tú y yo. Camino al campo para ver las estrellas.

– Pensé que sería un lindo recuerdo. – Mentí. No quería admitir que las cosas se habían salido de control. “No hace falta decir qué es lo que podría pasarle a tu querida Amanda si te atrasas con el pago, ¿cierto?” Malditos magnates. Como si la vida de la gente fuese un juego.

Detuve el jeep en medio del campo y mientras Amanda bajaba algunas mantas dirigí mi vista hacia la carretera. Aun no estaban aquí.

Caminamos algunos metros como si tuviésemos todo el tiempo del mundo. Bromeamos a veces, nos besamos otras, pero siempre disfrutando el momento. Acomodamos las mantas en un lugar cerca de un lago y nos tendimos en ellas. Amanda se recostó en mi pecho y comenzó a hablar del futuro. Cómo dolían sus palabras. Y así, soñando despierta, se quedó dormida. “No, Amanda, no. Nunca nos casaremos, nunca tendremos hijos ni seremos felices para siempre”. Pensé.

Poco después el sonido de un motor me alertó y supe que era el momento.

Saqué una calibre 9mm y la apunté a su corazón. Y antes de que el miedo, la culpabilidad y la desesperación por lo que iba a hacer hicieran mella en mi mente… Disparé.

Abracé el cuerpo aun tibio con todas mis fuerzas y lágrimas comenzaron a inundar mis mejillas, el dolor en mi pecho era casi insoportable y la culpabilidad amenazaba con robarme la razón. No soportando la escena que yo mismo provoqué, dirigí el arma hacia mi pecho y antes de que pudiese disparar un fuerte golpe azotó en mi cabeza.

– Al menos ella está a salvo. – Susurré.  Y antes de caer en la inconciencia, reí por lo irónico que había sido aquél comentario.

Amanda por Amely

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