Ana Frank 21 de septiembre de 1942 – Diario Auto Biográfico

Ana Frank 21 de septiembre de 1942

Ana Frank 21 de septiembre de 1942
Ana Frank 21 de septiembre de 1942 – Diario Auto Biográfico

Lunes, 21 de setiembre de 1942

Querida Kitty:
Hoy te comunicaré las noticias generales de la Casa de atrás. Por encima de mi diván hay una lamparita para que pueda tirar de una cuerda en caso de que haya disparos.

Sin embargo, de momento esto no es posible, ya que tenemos la ventana entornada día y noche.

La sección masculina de la familia Van Daan ha fabricado una despensa muy cómoda, de madera barnizada y provista de mosquiteros de verdad. Al principio habían instalado el armatoste en el cuarto de Peter, pero para que esté más fresco lo han trasladado al desván. En su lugar hay ahora un estante. Le he recomendado a Peter que allí ponga la mesa, con un bonito mantel, y que cuelgue el armarito en la pared, donde ahora tiene la mesa.

Así, aún puede convertirse en un sitio acogedor, aunque a mí no me gustaría dormir ahí.

La señora Van Daan es insufrible. Arriba me regañan continua mente porque hablo sin parar, pero yo no les hago caso. Una novedad es que a la
señora ahora le ha dado por negarse a fregar las ollas. Cuando queda un poquitín dentro, en vez de guardarlo en una fuente de vidrio deja que se pudra en la olla. Y si luego a Margot le toca fregar muchas ollas, la señora le dice:

—Ay Margot, Margotita, ¡cómo trabajas!
El señor Kleiman me trae cada quince días algunos libros para niñas. Me encanta la serie de libros sobre Joop ter Heul, y los de Cissy van Marxveldt por lo general también me gustan mucho. Locura de verano me lo he leído ya cuatro veces, pero me siguen divirtiendo mucho las situaciones tan cómicas que describe.

Con papá estamos haciendo un árbol genealógico de su familia, y sobre cada uno de sus miembros me va contando cosas.

Ya hemos empezado otra vez los estudios. Yo hago mucho francés, y cada día me machaco la conjugación de cinco verbos irregulares. Sin embargo, he olvidado mucho de lo que aprendí en el colegio.

Peter ha encarado con muchos suspiros su tarea de estudiar inglés. Algunos libros acaban de llegar; los cuadernos, lápices, gomas de borrar y etiquetas me los he traído de casa en grandes cantidades. Pim (así llamo cariñosamente a papá) quiere que le demos clases de holandés. A mí no me importa dárselas, en compensación por la ayuda que me da en francés y otras asignaturas. Pero no te imaginas los errores garrafales que comete. ¡Son increíbles!A veces me pongo a escuchar Radio Orange

hace poco habló el príncipe Bernardo, que contó que para enero esperan el
nacimiento de un niño. A mí me encanta la noticia, pero en casa no entienden mi afición por la Casa de Orange

Hace días estuvimos hablando de que todavía soy muy ignorante, por lo que al día siguiente me puse a estudiar como loca, porque no me apetece para nada tener que volver al primer curso cuando tenga catorce o quince años.

En esa conversación también se habló de que casi no me permiten leer nada. Mamá de momento está leyendo Hombres, mujeres y criados, pero a mí por supuesto no me lo dejan leer (¡a Margot sí!); primero tengo que tener más cultura, como la sesuda de mi hermana.

Luego hablamos de mi ignorancia en temas de filosofía, psicología y fisiología (estas palabras tan difíciles he tenido que buscarlas en el diccionario), y es cierto que de eso no sé nada. ¡Tal vez el año que viene ya sepa algo!

He llegado a la aterradora conclusión de que no tengo más que un vestido de manga larga y tres chalecos para el invierno. Papá me ha dado permiso para que me haga un jersey de lana blanca. La lana que tengo no es muy bonita que digamos, pero el calor que me dé me compensará de sobras.

Tenemos algo de ropa en casa de otra gente, pero lamentablemente sólo podremos ir a recogerla cuando termine la guerra, si es que para entonces todavía sigue allí.

Hace poco, justo cuando te estaba escribiendo algo sobre ella, apareció la señora Van Daan. ¡Plaf!, tuve que cerrar el cuaderno de golpe.

—Oye, Ana, ¿no me enseñas algo de lo que escribes? —No, señora, lo siento.
—¿Tampoco la última página?
—No, señora, tampoco.
Menudo susto me llevé, porque lo que había escrito sobre ella justo en esa página no era muy halagüeño que digamos.Así, todos los días pasa algo, pero soy demasiado perezosa y estoy demasiado cansada para escribírtelo todo.

Tu Ana

Viernes, 25 de setiembre de 1942

QueridaKitty:
Papá tiene un antiguo conocido, el señor Dreher, un hombre de unos setenta y cinco años, bastante sordo, enfermo y pobre, que tiene a su lado, a modo de apéndice molesto, a una mujer veintisiete años menor que él, igualmente pobre, con los brazos llenos de brazaletes y anillos falsos y de verdad, que le han quedado de otras épocas. Este señor Dreher ya le ha causado a papá muchas molestias, y siempre he admirado su inagotable paciencia cuando atendía a este pobre tipo al teléfono.

Cuando aún vivíamos en casa, mamá siempre le recomendaba a papá que colocara el auricular al lado de un gramófono, que a cada tres minutos dijera «sí señor Dreher, no señor Dreher», porque total el viejo no entendía ni una palabra de las largas respuestas de papá.

Hoy el señor Dreher telefoneó a la oficina y le pidió a Kugler que pasara un momento a verle. A Kugler no le apetecía y quiso enviar a Miep. Miep llamó por teléfono para disculparse. Luego la señora de Dreher telefoneó tres veces, pero como presuntamente Miep no estaba en toda la tarde, tuvo que imitar al teléfono la voz de Bep. En el piso de abajo, en las oficinas, y también arriba hubo grandes carcajadas, y ahora, cada vez que suena el teléfono, dice Bep: «¿Debe de ser la señora Dreher!»
por lo que a Miep ya le da la risa de antemano y atiende el teléfono entre risitas muy poco corteses. Ya ves, seguro que en el mundo no hay otro negocio como el nuestro, en el que los directores y las secretarias se divierten horrores.

Por las noches me paso a veces por la habitación de los Van Daan a charlar un rato.

Comemos una «galleta apolillada» con melaza (la caja de galletas estaba guardada en el ropero atacado por las polillas) y lo pasamos bien. Hace poco hablamos de Peter. Yo les conté que Peter me acaricia a menudo la mejilla y que eso a mí no megusta. Ellos me preguntaron de forma muy paternalista si yo no podía querer a Peter, ya que él me quería mucho. Yo pensé «¡huy!» y contesté que no. ¡Figúrate!

Entonces le dije que Peter era un poco torpe y que me parecía que era tímido. Eso les pasa a todos los chicos cuando no están acostumbrados a tratar con chicas.

Debo decir que la Comisión de Escondidos de la Casa de atrás (sección masculina) es muy inventiva. Fíjate lo que han ideado para hacerle llegar al señor Broks, representante de la Cía.

Opekta, conocido nuestro y depositario de algunos de nuestros bienes escondidos, un mensaje de nuestra parte: escriben una carta a máquina dirigida a un tendero que es cliente indirecto de Opekta en la provincia de Zelanda, pidiéndole que rellene una nota adjunta y nos la envíe a vuelta de correo en el sobre también adjunto. El sobre ya lleva escrita la dirección en letra de papá. Cuando llega todo a Zelanda, reemplazan la nota por una señal de vida manuscrita de papá. Así, Broks la lee sin albergar sospechas.

Han escogido precisamente Zelanda porque al estar cerca de Bélgica la carta puede haber pasado la frontera de manera clandestina y porque
nadie puede viajar allí sin permiso especial. Un representante corriente como Broks seguro que nunca recibiría un permiso así.

Anoche papá volvió a hacer teatro. Estaba muerto de cansancio y se fue a la cama tambaleándose. Como tenía frío en los pies, le puse mis escarpines para dormir. A los cinco minutos ya se le habían caído al suelo. Luego tampoco quería luz y metió la cabeza debajo de la sábana. Cuando se apagó la luz fue sacando la cabeza lentamente. Fue algo de lo más cómico. Luego, cuando estábamos hablando de que Peter trata de «tía» a Margot, se oyó de repente la voz cavernosa de papá, diciendo:

«tía María».

El gato Mouschi está cada vez más bueno y simpático conmigo, pero yo sigo
teniéndole un poco de miedo.

Tu Ana

Domingo, 27 de setiembre de 1942

Querida Kitty:
Hoy he tenido lo que se dice una «discusión» con mamá, pero lamentablemente siempre se me saltan en seguida las lágrimas, no lo puedo evitar. Papá siempre es bueno conmigo, y también mucho más comprensivo. En momentos así, a mamá no la soporto, y es que se le nota que soy una extraña para ella, ni siquiera sabe lo que pienso de las cosas más cotidianas.

Estábamos hablando de criadas, de que habría que llamarlas «asistentas
domésticas», y de que después de la guerra seguro que será obligatorio llamarlas así. Yo no estaba tan segura de ello, y entonces me dijo que yo muchas veces hablaba de lo que pasará «más adelante», y que pretendía ser una gran dama, pero eso no es cierto; ¿acaso yo no puedo construirme mis propios castillitos en el aire?

Con eso no hago mal a nadie, no hace falta que se lo tomen tan en serio.

Papá al menos me defiende; si no fuera por él, seguro que no aguantaría seguir aquí, o casi.

Con Margot tampoco me llevo bien. Aunque en nuestra familia nunca hay
enfrentamientos como el que te acabo de describir, para mí no siempre es agradable ni mucho menos formar parte de ella. La manera de ser de Margot y de mamá me es muy extraña. Comprendo mejor a mis amigas que a mi propia madre. Una lástima, ¿verdad? La señora Van Daan está de mala uva por enésima vez. Está muy malhumorada y va escondiendo cada vez más pertenencias personales. Lástima que mamá, a cada ocultación vandaaniana, no responda con una ocultación frankiana.

Hay algunas personas a las que parece que les diera un placer especial educar no sólo a sus propios hijos, sino también participar en la educación de los hijos de sus amigos. Tal es el caso de Van Daan. A Margot no hace falta educarla, porque es la bondad, la dulzura y la sapiencia personificada; a mí, en cambio, me ha tocado en suerte ser maleducada por partida doble.

Cuando estamos todos comiendo, las recriminaciones y las respuestas insolentes van y vienen más de una vez. Pápa y mamá siempre me defienden a capa y espada, si no fuera por ellos no podría entablar la lucha tantas veces sin pestañear. Aunque una y otra vez me dicen que tengo que hablar menos, no meterme en lo que no me importa y ser más modesta,
mis esfuerzos no tienen demasiado éxito. Si papá no tuviera tanta paciencia, yo ya habría perdido hace mucho las esperanzas de llegar a satisfacer las exigencias de mis propios padres, que no son nada estrictas.

Cuando en la mesa me sirvo poco de alguna verdura que no me gusta nada, y como patatas en su lugar, el señor Van Daan, y sobre todo su mujer, no soportan que me consientan tanto. No tardan en dirigirme un «¿Anda, Ana, sírvete más verdura!»—No, gracias, señora —le contesto—. Me basta con las patatas.

—La verdura es muy sana, lo dice tu propia madre. Anda, sírvete —insiste, hasta que intercede papá y confirma mi negativa.

Entonces, la señora empieza a despotricar:
—Tendrían que haber visto cómo se hacía en mi casa. Allí por lo menos se educaba a los niños. A esto no lo llamo yo educar. Ana es una niña terriblemente malcriada. Yo nunca lo permitiría. Si Ana fuese mi hija…

Así siempre empiezan y terminan todas sus peroratas: «Si Ana fuera mi hija…» ¡Pues por suerte no lo soy!

Pero volviendo a nuestro tema de la educación, ayer, tras las palabras elocuentes de la señora, se produjo un silencio. Entonces papá contestó:
—A mí me parece que Ana es una niña muy bien educada, al menos ya ha aprendido a no contestarle a usted cuando le suelta sus largas peroratas. Y en cuanto a la verdura, no puedo más que contestarle que a lo dicho, viceversa.

La señora estaba derrotada, y bien. El «viceversa» de papá estaba dirigido
directamente a ella, ya que por las noches nunca come judías ni coles, porque le produce «ventosidad». Pero eso también podría decirlo yo. ¡Qué mujer más idiota!

Por lo menos, que no se meta conmigo.

Es muy cómico ver la facilidad con que se pone colorada. Yo por suerte no, y se ve que eso a ella, secretamente, le da mucha rabia.

Tu Ana

Lunes, 28 de septiembre de 1942

Querida Kitty:
Cuando todavía faltaba mucho para terminar mi carta de ayer, tuve que interrumpir la escritura. No puedo reprimir las ganas de informarte sobre otra disputa, pero antes de empezar debo contarte otra cosa: me parece muy curioso que los adultos se peleen tan fácilmente y por cosas pequeñas.

Hasta ahora siempre he pensado quereñir era cosa de niños, y que con los años se pasaba. Claro que a veces hay motivo para pelearse en serio, pero las rencillas de aquí no son más que riñas de poca monta. Como están a la orden del día, en realidad ya debería estar acostumbrada a ellas. Pero no es el caso, y no lo será nunca, mientras sigan hablando de mí en casi todas las discusiones (ésta es la palabra que usan en lugar de riña, lo que por supuesto no está mal, pero la confusión es por el alemán). Nada, pero
absolutamente nada de lo que yo hago les cae bien: mi comportamiento, mi
carácter, mis modales, todos y cada uno de mis actos son objeto de un tremendo chismorreo y de continuas habladurías, y las duras palabras y gritos que me sueltan, dos cosas a las que no estaba acostumbrada, me los tengo que tragar alegremente, según me ha recomendado una autoridad en la materia. ¡Pero yo no puedo! Ni pienso permitir que me insulten de esa manera. Ya les enseñaré que Ana Frank no es ninguna tonta, se quedarán muy sorprendidos y deberán cerrar sus bocazas cuando les haga ver que antes de ocuparse tanto de mi educación, deberían ocuparse de la suya propia. ¡Pero qué se han creído! ¡Vaya unos zafios! Hasta ahora siempre me ha dejado perpleja tanta grosería y, sobre todo, tanta estupidez (de la señora Van Daan). Pero tan pronto como esté acostumbrada, y ya no falta mucho, les pagaré con la misma moneda. ¡Ya no volverán a hablar del mismo modo! ¿Es que realmente soy tan maleducada, tan terca, tan caprichosa, tan poco modesta, tan tonta, tan haragana, etc., etc., corno dicen los de arriba? Claro que no. Ya sé que tengo muchos defectos y que hago muchas cosas mal, ¡pero tampoco hay que exagerar tanto! Si supieras, Kitty, cómo a veces me hierve la sangre cuando todos se ponen a gritar y a insultar de ese modo. Te aseguro que no falta mucho para que toda mi rabia contenida estalle.

Pero basta ya de hablar de este asunto. Ya te he aburrido bastante con mis disputas, y sin embargo no puedo dejar de relatarte una discusión de sobremesa harto interesante.

A raíz de no sé qué tema llegamos a hablar sobre la gran modestia de Pim.

Dicha modestia es un hecho indiscutible, que hasta el más idiota no puede dejar de admitir.

De repente, la señora Van Daan, que siempre tiene que meterse en todas las
conversaciones, dijo:
—Yo también soy muy modesta, mucho más modesta que mi marido.

¡Habráse visto! ¡Pues en esta frase sí que puede apreciarse claramente toda su modestia! El señor Van Daan, que creyó necesario aclarar aquello de «que mi marido», replicó muy tranquilamente:
—Es que yo no quiero ser modesto. Toda mi vida he podido ver que las personasque no son modestas llegan mucho más lejos que las modestas.

Y dirigiéndose a mí, dijo:
—No te conviene ser modesta, Ana. No llegarás a ninguna parte siendo modesta.

Mamá estuvo completamente de acuerdo con este punto de vista, pero la señora Van Daan, como de costumbre, tuvo que añadir su parecer a este tema educacional.

Por esta única vez, no se dirigió directamente a mí, sino a mis señores padres, pronunciando las siguientes palabras:
—¡Qué concepción de la vida tan curiosa la suya, al decirle a Ana una cosa
semejante! En mis tiempos no era así, y ahora seguro que tampoco lo es, salvo en una familia moderna como la suya.

Esto último se refería al método educativo moderno, tantas veces defendido por mamá. La señora Van Daan estaba coloradísima de tanto sulfurarse.

Una persona que se pone colorada se altera cada vez más por el acaloramiento y por consiguiente lleva todas las de perder frente a su adversario.

La madre no colorada, que quería zanjar el asunto lo antes posible, recapacitó tan sólo un instante, y luego respondió:
—Señora Van Daan, también yo opino ciertamente que en la vida es mucho mejor no ser tan modesta. Mi marido, Margot y Peter son todos tremendamente modestos. A su marido, a Ana, a usted y a mí no nos falta modestia, pero tampoco permitimos que se nos dé de lado.

La señora Van Daan:
—¡Pero señora, no la entiendo! De verdad que soy muy, pero que muy modesta.

¡Cómo se le ocurre llamarme poco modesta a mí!
Mamá:
—Es cierto que no le falta modestia, pero nadie la consideraría verdaderamente modesta.

La señora:
—Me gustaría saber en qué sentido soy poco modesta. ¡Si yo aquí no cuidara de mí misma, nadie lo haría, y entonces tendría que morirme de hambre, pero eso no significa que no sea igual de modesta que su marido!

Lo único que mamá pudo hacer con respecto a esta autodefensa tan ridícula fuereírse. Esto irritó a la señora Van Daan, que continuó su maravillosa perorata soltando una larga serie de hermosas palabras germano-holandesas y holando germanas, hasta que la oradora nata se enredó tanto en su propia palabrería, que finalmente se levantó de su silla y quiso abandonar la habitación, pero entonces sus ojos se clavaron en mí.

¡Deberías haberlo visto! De safortunadamente, en el mismo momento en que la señora nos había vuelto la espalda, yo meneé burlonamente la
cabeza, no a propósito, sino de manera más bien involuntaria, por haber estado siguiendo la conversación con tanta atención. La señora se volvió y empezó a reñirme en voz alta, en alemán, de manera soez y grosera, como una verdulera gorda y colorada. Daba gusto verla. Si supiera dibujar, ¡cómo me habría gustado dibujar a esa mujer bajita y tonta en esa posición tan cómica! De todos modos, he aprendido una cosa, y es lo siguiente: a la gente no se la conoce bien hasta que no se ha tenido una verdadera pelea con ella. Sólo entonces puede uno juzgar el carácter que tienen.

Tu Ana

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