Ana Frank 23 de febrero de 1944 – Diario Biográfico

Ana Frank 23 de febrero de 1944 – Diario Biográfico

Ana Frank 23 de febrero de 1944
Ana Frank 23 de febrero de 1944 – Diario Biográfico


Mi querida Kitty:
Desde ayer hace un tiempo maravilloso fuera y me siento como nueva. Mis escritos, que son lo más preciado que poseo, van viento en popa. Casi todas las mañanas subo al desván para purificar el aire viciado de la habitación que llevo en los pulmones. Cuando subí al desván esta mañana, estaba Peter allí, ordenando cosas.

Acabó rápido y vino adonde yo estaba, sentada en el suelo, en mi rincón favorito. Los dos miramos el cielo azul, el castaño sin hojas con sus ramas llenas de gotitas resplandecientes, las gaviotas y demás pájaros que al volar por encima de nuestras cabezas parecían de plata, y todo esto nos conmovió y nos sobrecogió tanto que no podíamos hablar. Peter estaba de pie, con la cabeza apoyada contra un grueso travesaño, y yo seguía sentada.

Respiramos el aire, miramos hacia fuera y sentimos que era algo que no había que interrumpir con palabras. Nos quedamos mirando hacia fuera un buen rato, y cuando se puso a cortar leña, tuve la certeza de que era un buen tipo. Subió la escalera de la buhardilla, yo lo seguí, y durante el cuarto de hora que estuvo cortando leña no di— y jimos palabra. Desde el lugar donde me había instalado me puse a observarlo, viendo cómo se esmeraba visiblemente para cortar bien la leña y mostrarme su fuerza. Pero también me asomé a la ventana abierta, y pude ver gran parte de Amsterdam, y por encima de los tejados hasta el horizonte, que era de un color celeste tan claro que no se distinguía bien su línea.

—Mientras exista este sol y este cielo tan despejado, y pueda yo verlo —pensé—, no podré estar triste.Para todo el que tiene miedo, está solo o se siente desdichado, el mejor remedio es salir al aire libre, a algún sitio en donde poder y estar totalmente solo, solo con el cielo, con la Naturaleza y con Dios. Porque sólo entonces, sólo así se siente que todo es como debe ser y que Dios quiere que los hombres sean felices en la humilde pero hermosa Naturaleza.

Mientras todo esto exista, y creo que existirá siempre, sé que toda pena tiene consuelo, en cualquier circunstancia que sea. Y estoy convencida de que la naturaleza es capaz de paliar muchas cosas terribles, pese a todo el horror.

¡Ay!, quizá ya no falte tanto para poder compartir este sentímiento de felicidad avasallante con alguien que se tome las cosas de la misma manera que yo.


Tu Ana


P. D. Pensamientos: A Peter.

Echamos de menos muchas, muchísimas cosas aquí, desde hace mucho tiempo, y yo las echo de menos igual que tú. No pienses que estoy hablando de cosas exteriores, porque en ese sentido aquí realmente no nos falta nada. No, me refiero a las cosas interiores. Yo, como tú, ansío tener un poco de aire y de libertad, pero creo que nos han dado compensación de sobra por estas carencias. Quiero decir, compensación por dentro. Esta mañana, cuando estaba asomada a la ventana mirando hacia afuera, mirando en realidad fija y profundamente a Dios y a la Naturaleza, me sentí dichosa,
únicamente dichosa. Y, Peter, mientras uno siga teniendo esa dicha interior, esa dicha por la Naturaleza, por la salud y por tantas otras cosas; mientras uno lleve eso dentro, siempre volverá a ser feliz.

La riqueza, la fama, todo se puede perder, pero la dicha en el corazón a lo sumo puede velarse, y siempre, mientras vivas, volverá a hacerte feliz.

Inténtalo tú también, alguna vez que te sientas solo y desdichado o triste y estés en la buhardilla cuando haga un tiempo tan hermoso. No mires las casas y los tejados, sino al cielo. Mientras puedas mirar al cielo sin temor, sabrás que eres puro por dentro y que, pase lo que pase, volverás a ser feliz.


Domingo, 27 de febrero de 1944


Mi querida Kitty:
Desde la primera hora de la mañana hasta la última hora de la noche no hago más que pensar en Peter. Me duermo viendo su imagen, sueño con él y me despierto con su cara aún mirándome.

Se me hace que Peter y yo en realidad no somos tan distintos como parece por fuera, y te explicaré por qué: a los dos nos hace falta una madre. La suya es demasiado superficial, le gusta coquetear y no se interesa mucho por los pensamientos de Peter. La mía sí se ocupa mucho de mí, pero no tiene tacto, ni sensibilidad, ni comprensión de madre.

Peter y yo luchamos ambos con nuestro interior, los dos aún somos algo inseguros, y en realidad demasiado tiernos y frágiles por dentro como para que nos traten con mano tan dura. Por eso a veces quisiera escaparme, o esconder lo que llevo dentro.

Me pongo a hacer ruido, con las cacerolas y con el agua por ejemplo, para que todos me quieran perder de vista. Peter, sin embargo, se encierra en su habitación y casi no habla, no hace nada de ruido y se pone a soñar, ocultándose en su timidez.

Pero, ¿cómo y cuándo llegaremos a encontrarnos?

No sé hasta cuándo mi mente podrá controlar este deseo.


Tu Ana M. Frank


Lunes, 28 de febrero de 1944


Mi querida Kitty:Esto se está convirtiendo en una pesadilla, tanto de noche como de día. Le veo casitodas horas y no puedo acercarme a él, tengo que disimular mis sentimientosmostrarme alegre, mientras que dentro de mí todo es desesperación.

Peter Schiff y Peter Van Daan se han fundido en un único Peter, que es bueno y bondadoso y a quien quiero con toda mi alma. Mamá está imposible conmigo; papá me trata bien, lo que resulta difícil, y Margot resulta aún más difícil, ya que pretende que ponga cara de agrado mientras que lo que yo quiero es que me dejen en paz.

Peter no subió a estar conmigo en el desván; se fue directamente a la buhardilla y se puso a martillear. Cada golpe que pegaba hacía que mis ánimos se desmoronaran poco a poco, y me sentí aún más triste. Y a los lejos se oía un carillón que tocaba «¿Arriba corazones!»

Soy una sentimental, ya lo sé. Soy una desesperanzada y una insensata, también lo sé.

¡Ay de mí!

Tu Ana M. Frank


Miércoles, 1o de marzo de 1944


Querida Kitty:
Mis propias tribulaciones han pasado a un segundo plano porque… ¡han entrado ladrones! Ya estarás aburrida de mis historias de ladrones, pero ¿qué culpa tengo yo de que a los señores ladrones les dé tanto gusto honrar a Gies & Cía. con su visita?

Esta vez, el asunto fue más complicado que la vez anterior, en julio del año pasado. Anoche, cuando el señor Van Daan dejó a las siete y media el despacho de Kugler como de costumbre, vio que la puerta de vidrio y la del despacho estaban abiertas, lo que le sorprendió. Siguió andando y se fue sorprendiendo cada vez más, al ver que también estaban abiertas las puertas del cuartito intermedio y que en la oficina principal había un tremendo desorden.

—Por aquí ha pasado un ladrón —se le pasó por la cabeza.Para estar seguro al respecto, bajó las escaleras, fue hasta la puerta de entrada y
palpó la cerradura: todo estaba cerrado.

—Entonces, los desordenados deben de haber sido Bep y Peter —supuso. Se quedó un rato en el despacho de Kugler, apagó la luz, subió al piso de arriba y no se preocupó demasiado por las puertas abiertas y el desorden que había en la oficina principal.

Pero esta mañana temprano, Peter llamó a la puerta de nuestra habitación y nos contó la no tan agradable noticia de que la puerta de entrada estaba abierta de par en par y de que del armario empotrado habían desaparecido el proyector y el maletín nuevo de Kugler. Le ordenaron a Peter que cerrara la puerta; Van Daan relató sus experiencias de la velada anterior y a nosotros nos entró una gran intranquilidad.

La única explicación posible para toda esta historia es que el ladrón debe tener una copia de la llave de la puerta, porque la cerradura no había sido forzada en lo más mínimo. Debe de haber entrado al edificio al final de la tarde. Cerró la puerta tras de sí, Van Daan lo interrumpió, el ladrón se escondió hasta que Van Daan se fue, y luego se escapó llevándose el botín y dejando la puerta abierta, con las prisas.

¿Quién puede tener la llave de la puerta? ¿Por qué el ladrón no fue al almacén?

¿Acaso el ladrón será uno de nuestros propios mozos del almacén, y no nos delatará, ahora que seguramente ha oído y quizás hasta visto a Van Daan?

Estamos todos muy asustados, porque no sabemos si al susodicho se le ocurrirá abrir otra vez la puerta.

¿O acaso se habrá asustado él de que hubiera un hombre dando vueltas por aquí?


Tu Ana


P. D. Si acaso pudieras recomendarnos un buen detective, te lo agradeceríamos mucho. Naturalmente, se requiere discreción absoluta en materia de escondites.


Jueves, 2 de marzo de 1944

Querida Kitty:

Margot y yo hemos estado hoy juntas en el desván, pero con ella no puedo disfrutar tanto como me había imaginado que disfrutaría con Peter (u otro chico). Sé que siente lo mismo que yo con respecto a la mayoría de las cosas.

Cuando estábamos fregando los platos, Bep empezó a hablar con mamá y con la señora Van Daan sobre su melancolía. ¿En qué la pueden ayudar aquellas dos?

Particularmente mamá, siempre tan diplomática, hace que una salga de Guatemala y entre en Guatepeor. ¿Sabes qué le aconsejó? ¡Que pensara en toda la gente que sufre en este mundo! ¿De qué te puede servir pensar en la miseria de los demás cuanto tú misma te sientes miserable? Eso mismo fue lo que les dije. La respuesta, como te podrás imaginar, fue que yo no podía opinar sobre estas cosas.

¡Qué idiotas y estúpidos son los mayores! Como si Peter, Margot, Bep y yo no sintiéramos todos lo mismo… El único remedio es el amor materno, o el amor de los buenos amigos, de los amigos de verdad. ¡Pero las dos madres de la casa no entienden ni pizca de nosotros! La señora Van Daan quizás aún entienda un poco más que mamá. ¡Ay, cómo me habría gustado decirle algo a la pobre Bep, algo que por experiencia sé que ayuda! Pero papá se interpuso y me empujó a un lado de manera bastante ruda. ¡Son todos unos cretinos!

Con Margot también he estado hablando sobre mamá y papá. ¡Qué bien lo
podríamos pasar aquí, si no fuera porque siempre andan fastidiando!

Podríamos organizar veladas en las que todos nos turnaríamos para hablar de algún tema interesante. ¡Pero hasta aquí hemos llegado, porque a mí justamente lo que menos me dejan es hablar!

El señor Van Daan ataca, mamá se pone desagradable y no puede hablar de nada de manera normal, a papá no le gustan estas cosas, al igual que al señor Dussel, y a la señora siempre la atacan de tal modo que se pone toda colorada y casi no es capaz de defenderse. ¿Y nosotros? A nosotros no nos dejan opinar. Sí, son muy modernos:

¡No nos dejan opinar! Nos pueden decir que nos callemos la boca, pero no que no opinemos: eso es imposible. Nadie puede prohibir a otra persona que opine, por muy joven que ésta sea. A Bep, a Margot, a Peter y a mí sólo nos sirven mucho amor y comprensión, que aquí no se nos da a ninguno. Y nadie, sobre todo estos cretinos sabelotodos, nos comprende, porque somos mucho más sensibles y estamos mucho más adelantados en nuestra manera de pensar de lo que ellos remotamente puedan imaginarse.

El amor. ¿Qué es el amor? Creo que el amor es algo que en realidad no puede expresarse con palabras. El amor es comprender a una persona, quererla, compartir con ella la dicha y la desdicha. Y con el tiempo también forma parte de él el amor físico, cuando se ha compartido, se ha dado y recibido, y no importa si se está casado o no, o si es para tener un hijo o no. Si se pierde el honor o no, todo eso no tiene importancia; ¡lo que importa es tener a alguien a tu lado por el resto de tu vida, alguien que te comprende y que no tienes que compartir con nadie!


Tu Ana M. Frank


Mamá está nuevamente quejándose. Está claro que está celosa porque hablo más con la señora Van Daan que con ella. ¡Pues me da igual!

Esta tarde por fin he podido estar con Peter. Hemos estado hablando por lo menos tres cuartos de hora. Le costaba mucho contarme algo sobre sí mismo, pero pocopoco se fue animando. Te aseguro que no sabía si era mejor irme o quedarme. ¡Pero es que tenía tantas ganas de ayudarle! Le conté lo de Bep y lo de la falta de tacto de nuestras madres. Me dijo que sus padres siempre andan peleándose, por la política, por los cigarrillos o por cualquier otra cosa. Como ya te he dicho, Peter es muy tímido, pero no tanto como para no confesarme que le gustaría dejar de ver a sus padres al menos dos años.

—Mi padre no es tan buena persona como parece —dijo—, pero en el asunto de los cigarrillos, la que lleva toda la razón es mi madre.

Yo también le hablé de mamá. Pero a papá, Peter lo defendía. Dijo que le parecía un «tipo fenomenal».

Esta noche, cuando estaba colgando el delantal después de fregar los platos, me llamó y me pidió que no les contara a los míos que sus padres habían estado nuevamente riñendo y que no se hablaban. Se lo prometí, aunque ya se lo había contado a Margot. Pero estoy segura de que Margot no hablará.

—No te preocupes, Peter —le dije—. Puedes confiar en mí. Me he impuesto la costumbre de no contarles tantas cosas a los demás. De lo que tú me cuentas, no le digo nada a nadie.

Eso le gustó. Entonces también le conté lo de los tremendos cotilleos en casa, y le dije:—Debo reconocer que tiene razón Margot cuando dice que miento, porque si bien digo que no quiero ser cotilla, cuando se trata de Dussel me encanta cotillear.

—Eso está muy bien —dijo. Se había ruborizado, y su cumplido tan sincero casi me hace subir los colores a mí también.

Luego también hablamos de los de arriba y los de abajo. Peter realmente estaba un poco sorprendido de que sigamos sin querer demasiado a sus padres.

—Peter —le dije—, sabes que soy sincera contigo. ¿Por qué no habría de decírtelo?

¿Acaso no conocemos sus defectos también nosotros?

Y también le dije:
—Peter, me gustaría tanto ayudarte. ¿No puedo hacerlo? Tú estás entre la espada y la pared y yo sé que, aunque no lo dices, te tomas todo muy a pecho.

—Siempre aceptaré tu ayuda.

—Quizá sea mejor que consultes con papá. Él tampoco dice nada a nadie, le puedes contar tus cosas tranquilamente. —Sí, es un compañero de verdad.

—Le quieres mucho, ¿verdad?

Peter asintió con la cabeza y yo seguí hablando:
—¡Pues él también te quiere a ti!

Levantó la mirada fugazmente. Se había puesto colorado. De verdad era
conmovedor ver lo contento que le habían puesto esas palabras.

—¿Tú crees? —me preguntó.

—Sí —dije yo—. Se nota por lo que deja caer de vez en cuando. Entonces llegó el señor Van Daan para hacernos un dictado. Peter también es un «tipo fenomenal», igual que papá.


Tu Ana M. Frank

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Viernes, 3 de marzo de 1944