Ana Frank 

Domingo de Marzo – Diario Biográfico

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Domingo de Marzo

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Domingo de Marzo
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Domingo de Marzo – Diario Biográfico


Querida Kitty:
Todo está cada vez más patas arriba. Desde ayer, Peter ya no me dirige la mirada. Es como si estuviera enfadado conmigo, y por eso me esfuerzo para no ir detrás de él y para hablarle lo menos posible, ¡pero es tan difícil! ¿Qué será lo que a menudo lo aparta de mí y a menudo lo empuja hacia mí?

Quizá sólo yo me imagine que las cosas son peores de lo que son en realidad, quizás él también tenga sus estados de ánimoquizá mañana:todo haya pasado…

Lo más difícil de todo es mantenerme igual por fuera, cuando por dentro estoy triste y me siento mal. Tengo que hablar, ayudar, estar sentados juntos y sobre todo estar alegre. Lo que más echo de menos es la Naturaleza y algún lugar en el que pueda estar sola todo el tiempo que quiera. Creo que estoy mezclando muchas cosas, Kitty, pero es que estoy muy confusa: por un lado me vuelve loca el deseo de tenerlo a mi lado, y casi no puedo estar en la habitación sin mirarlo, y por el otro me pregunto por qué me importa tanto en realidad, y por qué no puedo recuperar la tranquilidad.

Día y noche, siempre que estoy despierta, no hago más que preguntarme: «¿Le has dejado suficientemente en paz? ¿No subes a verle demasiado? ¿No hablas demasiado a menudo de temas serios de los que él todavía no sabe hablar? ¿Es posible que él no te encuentre nada simpática? ¿Habrá sido todo el asunto pura imaginación? Pero entonces, ¿por qué te ha contado tantas cosas sobre sí mismo?

¿Se habrá arrepentido de haberlo hecho?» Y muchas otras cosas más.

Ayer por la tarde, después de escuchar una ristra de noticias tristes de fuera, estaba tan hecha polvo que me eché en el diván para dormir un rato. Sólo quería dormir, para no pensar. Dormí hasta las cuatro de la tarde, y entonces tuve que ir a la habitación. Me resultó muy difícil responder a todas las preguntas de mamá encontrar una excusa para explicarle a papá por qué había dormido. Como pretexto dije que tenía dolor de cabeza, con lo que no mentí, puesto que de verdad lo tenía…, ¡por dentro!

La gente normal, las niñas normales, las chicas como yo, dirán que ya basta de tanta autocompasión, pero ahí está el quid de la cuestión: yo te cuento todo lo que me pesa en el corazón, y el resto del día me muestro de lo más atrevida, alegre y segura de mí misma, con tal de evitar cualquier pregunta y de no enfadarme conmigo misma.

Margot es muy buena conmigo y quisiera ser mi confidente, pero sin embargo yo no puedo contarle todas mis cosas. Me toma en serio, demasiado en serio, y reflexiona mucho sobre su hermanita loca, me mira con ojos inquisitivos cuando le cuento algo y siempre se pregunta: «¿Me lo dice en serio o me lo dice por decir?»

Todo tiene que ver con que estamos siempre juntas y con que yo no soportaría tener a mi confidente siempre a mi lado.

¿Cuándo saldré de esta maraña de pensamientos? ¿Cuándo volverá a haber paz y tranquilidad dentro de mí?


Tu Ana


Martes, 14 de marzo de 1944


QueridaKitty:

Te parecerá divertido —para mí no lo es en absoluto— saber lo que cenaremos hoy. En estos momentos, dado que abajo está trabajando la mujer de la limpieza, estoy sentada junto a la mesa con el hule de los Van Daan, tapándome la nariz y la boca con un pañuelo impregnado de un exquisito perfume de antes de escondernos.

Supongo que no entenderás nada, de modo que empezaré por el principio. Como a nuestros proveedores de cupones se los han llevado los alemanes, ya no tenemos cupones ni manteca; sólo nos quedan nuestras cinco cartillas de racionamiento.

Como Miep y Kleiman están otra vez enfermos, Bep no puede salir a hacer los recados, y como hay un ambiente muy triste, la comida también lo es. A partir de mañana ya no habrá nada de manteca, mantequilla ni margarina.

Ya no desayunamos con patatas fritas (por ahorrar pan), sino con papilla de avena, y como la señora teme que nos muramos de hambre, hemos comprado una cantidad extra de leche entera. El almuerzo de hoy consiste en un guiso de patatas y col rizada de conserva. De ahí las medidas de precaución con el pañuelo. ¡Es increíble el olor que despide la col rizada, que seguramente ya lleva varios años en conserva! La habitación huele a una mezcla de ciruelas en descomposición, conservante amargo y huevos podridos. ¡Qué asco! La sola idea de que tendré que comerme esa porquería
me da náuseas. A ello hay que sumarle que nuestras patatas han sufrido unas enfermedades tan extrañas que de cada dos cubos de patatas, uno va a parar a la estufa. Nos divertimos tratando de determinar con exactitud las distintas enfermedades que tienen, y hemos llegado a la conclusión de que se van turnando el cáncer, la viruela y el sarampión. Entre paréntesis, no es ninguna bicoca tener que estar escondidos en este cuarto año que transcurre desde la invasión. ¡Ojalá que toda esta porquería de guerra se acabe pronto!

A decir verdad, lo de la comida me importaría poco, si al menos otras cosas aquí fueran más placenteras. Ahí está el meollo de la cuestión: esta vida tan aburrida nos tiene fastidiados a todos. Te enumero la opinión de cinco escondidos mayores sobre la situación actual (los menores no pueden tener una opinión, algo a lo que por una vez me he atenido):

La señora Van Daan:

«La tarea de reina de la cocina hace rato que no tiene ningún aliciente para mí. Pero como me aburre estar sentada sin hacer nada, me pongo otra vez a cocinar. Y sin embargo me quejo: cocinar sin manteca es imposible, me marean los malos olores.

Y luego me pagan con ingratitud y con gritos todos mis esfuerzos, siempre soy la oveja negra, de todo me echan la culpa. Por otra parte, opino que la guerra no adelanta mucho, los alemanes al final se harán con la victoria.

Tengo mucho miedo de que nos muramos de hambre y despotrico contra todo el mundo cuando estoy de mal humor.»

El señor Van Daan:

«Necesito fumar, fumar y fumar, y así la comida, la política, el mal humor de Kerli todo lo demás no es tan grave. Kerli es una buena mujer. Si no me dan nada que fumar, me pongo malo, y además quiero comer carne, y además vivimos muy mal, nada está bien y seguro que acabaremos tirándonos los trastos a la cabeza. ¡Vaya una estúpida que está hecha esta Kerli mía!»

La señora Frank:

«La comida no es tan importante, pero ahora mismo me gustaría comer una
rebanada de pan de centeno, porque tengo mucha hambre. Yo en el lugar de la señora Van Daan, le hubiera puesto coto hace rato a esa eterna manía de fumar del señor. Pero ahora me urge fumar un cigarrillo, porque tengo la cabeza que está a punto de estallar. Los Van Daan son una gente horrible.

Los ingleses cometen muchos errores, pero la guerra va adelantando; necesito hablar, y alegrarme de no estar en Polonia.

El señor Frank:

«Todo está bien, no me hace falta nada. Sin prisas, que tenemos tiempo. Dadme mis patatas y me conformo. Hay que apartar parte de mi ración para Bep. La política sigue un curso estupendo, soy muy optimista.»

El señor Dussel:

«Tengo que escribir mi cuota diaria, acabar todo a tiempo. La política va viento en poo-pa, es im-po-sii-ble que nos descubran. ¡Yo, Yo y Yo…!»


Tu Ana


Jueves, 16 de marzo de 1944


Querida Kitty:

¡Pfff…! ¡Al fin! He venido a descansar después de oír tantas historias tristes sobre los de la oficina. Lo único que andan diciendo es: «Si pasa esto o aquello, nos veremos en dificultades, y si también se enferma aquella, estaremos solos en el mundo, que si esto, que si aquello…»

En fin, el resto ya puedes imaginártelo; al menos supongo que conoces a los de la Casa de atrás lo bastante como para adivinar sus conversaciones.

El motivo de tanto «que si esto, que si aquello» es que al señor Kugler le ha llegado una citación para ir seis días a cavar, que Bep está más que acatarrada y probablemente se tendrá que quedar en su casa mañana, que a Miep todavía no se le ha pasado la gripe y que Kleiman ha tenido una hemorragia estomacal con pérdida del conocimiento. ¡Una verdadera lista de tragedias para nosotros!

Lo primero que tiene que hacer Kugler según nosotros es consultar a un médico de confianza, pedir que le dé un certificado y presentarlo en el ayuntamiento de Hilversum. A la gente del almacén le han dado un día de asueto mañana, así que Bep estará sola en la oficina. Si (¡otro «si»!) Bep se llegara a quedar en su casa, la puerta de entrada al edificio permanecerá cerrada, y nosotros deberemos guardar absoluto silencio, para que no nos oiga Keg. Jan vendrá al mediodía a visitar a los pobres desamparados durante media hora, haciendo las veces de cuidador de parque zoológico, como si dijéramos.

Hoy, por primera vez después de mucho tiempo, Jan nos ha estado contando
algunas cosas del gran mundo exterior. Tendrías que habernos visto a los ocho sentados en corro a su alrededor, parecía «Los cuentos de la abuelita».

Jan habló y habló ante un público ávido, en primer lugar sobre la comida, por supuesto. La señora de Pf., una conocida de Miep, cocina para él.

Anteayer le hizzanahorias con guisantes, ayer se tuvo que comer los restos de anteayer, hoy le, hace alubias pintas, y mañana un guiso con las zanahorias que hayan sobrado.

Le preguntamos por el médico de Miep.

—¿Médico? —preguntó Jan—. ¿Qué queréis con él? Esta mañana le llamé por teléfono, me atendió una de esas asistentas de la consulta, le pedí una receta para la gripe y me contestó que para las recetas hay que pasarse de ocho a nueve de la mañana. Si tienes una gripe muy fuerte, puedes pedir que se ponga al teléfono el propio médico, y te dice: «Saque la lengua, diga “aaa”. Ya veo, tiene la garganta irritada. Le daré una receta, para que se pase por la farmacia. ¡Buenos días!» Y sanseacabó. Atendiendo sólo por teléfono, ¡así cualquiera tiene una consulta! Pero no le hagamos reproches a los médicos, que al fin y al cabo también ellos sólo tienen dos manos, y en los tiempos que corren los pacientes abundan y los médicos escasean.

De todos modos, a todos nos hizo mucha gracia cuando Jan reprodujo la
conversación telefónica. Me imagino cómo será la consulta de un médico hoy día. Ya no desprecian a los enfermos del seguro, sino a los que no padecen nada, y piensan:

«¿Y usted qué es lo que viene a hacer aquí? ¡A la cola, que primero se atiende a los enfermos de verdad!»


Tu Ana



Jueves, 16 de marzo de 1944


Querida Kitty:

Hace un tiempo maravilloso, indescriptiblemente hermoso. Pronto podré ir al desván.

Ahora ya sé por qué estoy siempre mucho más intranquila que Peter. El tiene una habitación propia donde trabajar, soñar, pensar y dormir. A mí me empujan de un rincón a otro de la casa. No estoy nunca sola en mi habitación compartida, lo que sin embargo desearía tanto. Ese es precisamente el motivo por el que huyo al desván Sólo allí y contigo puedo ser yo misma, aunque sólo sea un momento. Pero no quisiera darte la lata hablándote de mis deseos; al contrario, ¡quiero ser valiente!

Abajo por suerte no se dan cuenta de lo _que siento por dentro, salvo que cada día estoy más fría y despreciativa con respecto a mamá, le hago menos mimos a papá tampoco le suelto nada a Margot: estoy herméticamente cerrada. Ante todo debo seguir mostrándome segura de mí misma por fuera, nadie debe saber que dentro de mí se sigue librando una batalla: una batalla entre mis deseos y la razón. Hasta ahora ha triunfado siempre esta última, pero a la larga ¿no resultarán más fuertes los primeros? A veces me temo que sí, y a menudo lo deseo.

¡Ay!, es tan terriblemente difícil no soltar nunca nada delante de Peter, pero sé que es él quien tiene que tomar la iniciativa. ¡Es tan difícil deshacer de día todas las conversaciones y todos los actos que me han ocurrido de noche en sueños! Sí, Kitty, Ana es una chica muy loca, pero es que los tiempos que me han tocado vivir también lo son, y las circunstancias lo son más aún.

Me parece que lo mejor de todo es que lo que pienso y siento, al menos lo puedo apuntar; si no, me asfixiaría completamente. ¿Qué pensará Peter de todas estas cosas? Una y otra vez pienso que algún día podré hablar con él al respecto. Algo tiene que haber adivinado en mí, porque la Ana de fuera que ha conocido hasta ahora, no le puede gustar. ¿Cómo puede ser que él, que ama tanto la paz y la tranquilidad, tenga simpatía por mi bullicio y alboroto? ¿Será el primero y único en el mundo que ha mirado detrás de mi máscara de hormigón? ¿Irá él a parar allí detrás dentro de poco? ¿No hay un viejo refrán que dice que el amor a menudo viene después de la compasión, y que los dos van de la mano? ¿No es ése también mi caso?

Porque siento la misma compasión por él que la que a menudo siento por mí misma.

No sé, realmente no sé de dónde sacar las primeras palabras, ni de dónde habría de sacarlas él, que le cuesta mucho más hablar. ¡Ojalá pudiera escribirle, así al menos sabría que él sabe lo que yo le quisiera decir, porque es tan difícil decirlo con palabras!


Tu Ana M. Frank

Viernes, 17 de marzo de 1944


Queridísima Kitty:

Finalmente todo ha terminado bien, porque el catarro de Bep no se ha convertido en gripe, sino tan sólo en afonía, y el señor Kugler se ha librado de los trabajos forzados gracias al certificado médico. La Casa de atrás respira aliviada. Aquí todo sigue bien, salvo que Margot y yo nos estamos cansando un poco de nuestros padres.

No me interpretes mal, sigo queriendo a papá y Margot sigue queriendo a papá y mamá, pero cuando tienes la edad que tenemos nosotras, te apetece decidir un poco por ti misma, quieres soltarte un poco de la mano de tus padres. Cuando voy arriba, me preguntan adónde voy; sal no me dejan comer; a las ocho y cuarto de la noche, mamá me pregunta indefectiblemente si no es hora de cambiarme; todos los libros que leo tienen que pasar por la censura. A decir verdad, la censura no es nada
estricta y me dejan leer a casi todo, pero nos molestan los comentarios y observaciones, más todas las preguntas que nos hacen todo el día.

Hay otra cosa que no les agrada, sobre todo en mí: que ya no quiera estar todo el tiempo dando besitos aquí y allá. Los múltiples sobrenombres melosos que inventan me parecen tontos, y la predilección de papá por las conversaciones sobre ventosidades y retretes, asquerosa. En resumidas cuentas, me gustaría perderlos de vista un tiempo, pero no lo entienden. No es que se lo hayamos propuesto; nada de eso, de nada serviría, no lo entenderían en absoluto.

Aun anoche Margot me decía: «¡Estoy tan aburrida de que al más mínimo suspiro ya te pregunten si te duele la cabeza o si te sientes mal!»

Para las dos es un duro golpe el que de repente veamos lo poco que queda de todo ese ambiente familiar y esa armonía que había en casa. Pero esto deriva en gran medida de la desquiciada situación en que nos encontramos.

Me refiero al hecho de que nos tratan como a dos chiquillas por lo que respecta a las cosas externas, mientras que somos mucho más maduras que las chicas de nuestra edad en cuanto a las cosas internas. Aunque sólo tengo catorce años, sé muy bien lo que quiero, sé quién tiene razón y quién no, tengo mi opinión, mi modo de ver y mis principios, y por más extraño que suene en boca de una adolescente, me siento más bien una persona y no tanto una niña, y me siento totalmente independiente de cualquier otra persona. Sé que sé debatir y discutir mejor que mamá, sé que tengo una visión más objetiva de las cosas, sé que no exagero tanto como ella, que soy más ordenada diestra y por eso —ríete si quieres— me siento superior a ella en muchas cosas. Si quiero a una persona, en primer lugar debo sentir admiración por ella, admiración, respeto, y estos dos requisitos en mamá no veo que se cumplan en absoluto.

Todo estaría bien si al menos tuviera a Peter, porque a él lo admiro en muchas cosas.

¡Ay, qué chico tan bueno y tan guapo!


Tu Ana M. Frank


Sábado, 18 de marzo de 1944


Querida Kitty:

A nadie en el mundo le he contado tantas cosas sobre mí misma y sobre mis
sentimientos como a ti. Entonces, ¿por qué no habría de contarte algo sobre cosas sexuales?

Los padres y las personas en general se comportan de manera muy curiosa al respecto. En vez de contarles tanto a sus hijas mujeres como a sus hijos varones a los doce años todo lo que hay para contar, cuando surgen conversaciones sobre el tema obligan a sus hijos a abandonar la habitación, y que se busquen por su cuenta la información que necesitan. Cuando luego los padres se dan cuenta de que sus hijos están enterados de algunas cosas, creen que los críos saben más o menos de lo que saben en realidad. ¿Por qué no intentan en ese momento recuperar el tiempo perdido y preguntarles hasta dónde llegan sus conocimientos?

Existe un obstáculo considerable para los adultos —aunque me parece que no es más que un pequeño obstáculo—, y es que temen que los hijos supuestamente ya no vean al matrimonio como algo sagrado e inviolable, si se enteran de que aquello de la inviolabilidad son cuentos chinos en la mayoría de los casos. A mi modo de ver, no está nada mal que un hombre llegue al matrimonio con alguna experiencia previa, porque ¿acaso tiene eso algo que ver con el propio matrimonio?Cuando acababa de cumplir los doce años, me contaron lo de la menstruación, pero aún no tenía la más mínima noción de dónde venía ni qué significaba. A los doce años y medio ya me contaron algo más, ya que Jacque no era tan estúpida como yo.

Yo misma me imaginé cómo era la cohabitación del hombre y la mujer, pero cuando Jacque me lo confirmó, me sentí bastante orgullosa por haber tenido tan buena intuición.

Aquello de que los niños no salen directamente de la panza, también lo supe por Jacque, que me dijo sin más vueltas: «El producto acabado sale por el mismo lugar por donde entra la materia prima.»

El himen y algunas otras cosas específicas las conocíamos Jacque y yo por un libro sobre educación sexual. También sabía que se podía evitar el tener hijos, pero seguía siendo un secreto para mí cómo era todo aquello por dentro. Cuando llegamos aquí, papá me habló de prostitutas, etc., pero con todo quedan algunas preguntas sin responder.

Si una madre no le cuenta todo a sus hijos, éstos se van enterando poquito a poco, y eso no está bien.

Aunque hoy es sábado, no estoy de malas. Es que he estado en el desván con Peter, soñando con los ojos cerrados. ¡Ha sido maravilloso!


Tu Ana M. Frank

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Domingo, 19 de marzo de 1944