Ana Frank Enero de 1944 – Diario Biográfico

Ana Frank Enero de 1944

Ana Frank Enero de 1944
Ana Frank Enero de 1944 – Diario Biográfico


Querida Kitty:
¿Serías capaz de decirme por qué todo el mundo esconde con tanto recelo lo qutiene dentro? ¿Por qué será que cuando estoy en compañía me comporto de manera tan distinta de como debería hacerlo? ¿Por qué las personas se tienen tan poca confianza? Sí, ya sé, algún motivo habrá, pero a veces me parece muy feo que en ninguna parte, aun entre los seres más queridos, una encuentre tan poca confianza.

‘Es como si desde aquella noche del sueño me sintiera mayor, como si fuera mucho más-una-persona por mí misma. Te sorprenderá mucho que te diga que hasta los Van Daan han pasado a ocupar un lugar distinto para mí. De repente, todas esas discusiones, disputas y demás, ya no las miro con la misma predisposición que antes. ¿Por qué será que estoy tan cambiada?

Verás, de repente pensé que si mamá fuera distinta, una verdadera madre, nuestra relación también habría sido muy, pero muy distinta.

Naturalmente, es cierto que la señora Van Daan no es una mujer demasiado agradable, pero sin embargo pienso que si mamá no fuera una persona tan difícil de tratar cada vez que sale algún tema espinoso, la mitad de las peleas podrían haberse evitado. Y es que la señora Van Daan tiene un lado bueno: con ella siempre se puede hablar. Pese a todo su egoísmo, su avaricia y su hipocresía, es fácil convencerla de que ceda, siempre que no se la irrite ni se le lleve la contraria. Esto no dura hasta la siguiente vez, pero si se es paciente, se puede volver a intentar y ver hasta dónde se llega.

Todo lo relacionado con nuestra educación, con los mimos que recibimos de
nuestros padres, con la comida: todo, absolutamente todo habría tomado otro cauce si se hubieran encarado las cosas de manera abierta y amistosa, en vez de ver siempre sólo el lado malo de las cosas.

Sé— perfectamente lo que dirás, Kitty: «Pero Ana, ¿son estas palabras realmente tuyas? ¡Tú que has tenido que tragarte tantos: reproches provenientes del piso de arriba, y que has sido testigo de tantas injusticias!»

En efecto, son palabras mías. Quiero volver a examinarlo todo a fondo, sin dejarme guiar por lo que opinen mis padres. Quiero analizar a los Van Daan por mí misma y ver qué hay de cierto y qué de exagerado. Si yo también acabo decepcionada, podré seguirle los pasos a papá y mamá; de lo contrario, tendré que tratar de quitarles de la cabeza en primer lugar la idea equivocada que tienen, y si no resulta, mantendré de todos modos mi propia opinión y mi propio parecer. Aprovecharé cualquier ocasión para hablar abiertamente con la señora sobre muchos puntos controvertidos, y a
pesar de mi fama de sabihonda, no tendré miedo de decir mi opinión neutral. Tendré que callarme lo que vaya en contra de los míos, pero a partir de ahora, el cotilleo por mi parte pertenece al pasado, aunque eso no significa que en algún momento dejaré de defenderlos contra quien sea.Hasta ahora estaba plenamente convencida de que toda la culpa de las peleas la tenían ellos, pero es cierto que gran parte de la culpa también la teníamos nosotros.

Nosotros teníamos razón en lo que respecta a los temas, pero de las personas razonables (¡y creemos que lo somos!) se podía esperar un mejor criterio en cuanto a cómo tratar a los demás.

Espero haber adquirido una pizca de ese criterio y encontrar la oportunidad de ponerlo en práctica.

Tu Ana


Lunes, 24 de enero de 1944


Querida Kitty:
Me ha ocurrido una cosa —aunque en realidad no debería de hablar de «ocurrir»— que me parece muy curiosa.

Antes, en el colegio y en casa, se hablaba de los asuntos sexuales de manera
misteriosa o repulsiva. Las palabras que hacían referencia al sexo se decían en voz baja, y si alguien no estaba enterado de algún asunto, a menudo se reían de él. Esto siempre me ha parecido extraño, y muchas veces me he preguntado por qué estas cosas se comentan susurrando o de modo desagradable. Pero como de todas formas no se podía cambiar nada, yo trataba de hablar lo menos posible al respecto o le pedía información a mis amigas.

Cuando ya estaba enterada de bastantes cosas, mamá una vez me dijo:
—Ana, te voy a dar un consejo. Nunca hables del tema con los chicos y no contestes cuando ellos te hablen de él.

Recuerdo perfectamente cuál fue mi respuesta:
—¡No, claro que no, faltaba más!
Y ahí quedó todo.

Al principio de nuestra estancia en el escondite, papá a menudo me contaba cosas que hubiera preferido oír de boca de mamá, y el resto lo supe por los libros o por la conversaciones que oía.

Peter Van Daan nunca fue tan fastidioso en cuanto a estos asuntos como mis
compañeros de colegio; al principio quizás alguna vez, pero nunca para hacerme hablar. La señora nos contó una vez que ella nunca había hablado con Peter sobre esas cosas, y según sabía, su marido tampoco. Al parecer no sabía de qué manera se había informado Peter, ni sobre qué.

Ayer, cuando Margot, Peter y yo estábamos pelando patatas, la conversación derivó sola hacia Mofe.

—Seguimos sin saber de qué sexo es Moffie, ¿no? —pregunté.
—Sí que lo sabemos —contestó Peter—. Es macho.
Me eché a reír.

—Si va a tener cría, ¿cómo puede ser macho?
Peter y Margot también se rieron. Hacía unos dos meses que Peter había
comprobado que Moffie no tardaría en tener cría, porque se le estaba hinchando notablemente la panza. Pero la hinchazón resultó ser fruto del gran número de huesecillos que robaba, y las crías no siguieron creciendo, y nacer, menos todavía.

Peter se vio obligado a defenderse de mis acusaciones:
—Tú misma podrás verlo si vienes conmigo. Una vez, cuando estaba jugando con él, vi muy bien que era macho.

No pude contener mi curiosidad y fui con él al almacén. Pero no era la hora de recibir visitas de Moffie, y no se le veía por ninguna parte. Esperamos un rato, nos entró frío y volvimos a subir todas las escaleras.

Un poco más avanzada la tarde, oí que Peter bajaba por segunda vez las escaleras.

Me envalentoné para recorrer sola el silencioso edificio y fui a parar al almacén. En la mesa de embalaje estaba Moffie jugando con Peter, que justo lo estaba poniendo en la balanza para controlar su peso.

—¿Hola! ¿Quieres verlo?
Sin mayores preparativos, levantó con destreza al animal, cogiéndolo por las patas y por la cabeza, y manteniéndolo boca arriba comenzó la lección:

—Éste es el genital masculino, éstos son unos pelitos sueltos y ése es el culito. El gato volvió a darse la vuelta y se quedó apoyado en sus cuatro patas blancas.

A cualquier otro chico que me hubiera indicado el «genital masculino», no le habría vuelto a dirigir la palabra. Pero Peter siguió hablando como si nada sobre este tema siempre tan delicado, sin ninguna mala intención, y al final me tranquilizó, en el sentido de que a mí también me terminó pareciendo un tema normal. Jugamos con Moffie, nos divertimos, charlamos y finalmente nos encaminamos hacia la puerta del amplio almacén.

—¿Tú viste cómo castraron a Mouschi?
—Sí. Fue muy rápido. Claro que primero lo anestesiaron.
—¿Le quitaron algo?
—No, el veterinario sólo corta el conducto deferente. Por fuera no se ve nada.

Me armé de valor, porque finalmente la conversación no me resultaba tan «normal».

—Peter, lo que llamamos «genitales», también tiene un nombre más específico para el macho y para la hembra.

—Sí, ya lo sé.
—El de las hembras se llama vagina, según tengo entendido, y el de los machos ya no me acuerdo.
—Sí.
—En fin —añadí—. Cómo puede uno saber todos estos nombres. Por lo general uno los descubre por casualidad.

—No hace falta. Se lo preguntaré a mis padres. Ellos saben más que yo y tienen más experiencia.

Ya habíamos llegado a la escalera y me callé.
Te aseguro que con una chica jamás hubiera hablado del tema de un modo tan normal. Estoy segura de que mamá nunca se refería a esto cuando me prevenía de los chicos.

Pese a todo, anduve todo el día un tanto desorientada; cada vez que recordaba nuestra conversación, me parecía algo curiosa. Pero hay un aspecto en el que al menos he aprendido algo: también hay jóvenes, y nada menos que del otro sexo, que son capaces de conversar de forma natural y sin hacer bromas pesadas respecto altema.

¿Le preguntará Peter realmente muchas cosas a sus padres? ¿Será en verdad tal como se mostró ayer?

En fin, ¡yo qué sé!

Tu Ana


Viernes, 28 de enero de 1944


Querida Kitty:
Últimamente he desarrollado una fuerte afición por los árboles genealógicos y las genealogías de las casas reales y he llegado a la conclusión de que, una vez comenzada la investigación, hay que hurgar cada vez más en el pasado y así descubrir las cosas más interesantes.

Aunque pongo muchísimo esmero en el estudio de mis asignaturas del colegio y ya puedo seguir bastante bien las audiciones de la radio inglesa, todavía me paso muchos domingos seleccionando y ordenando mi gran colección de estrellas de cine, que ya está adquiriendo proporciones más que respetables. El señor Kugler me da una gran alegría todos los lunes, cuando me trae la revista Cinema & Theater.

Aunque los menos mundanos de entre mis convecinos opinan que estos obsequios son un despilfarro y que con ellos se me malcría, se quedan cada vez más sorprendidos por la exactitud con que, después de un año, recuerdo todos y cada uno de los nombres de las figuras que actúan en una determinada película. Los sábados, Bep, que a menudo pasa sus días libres en el cine en compañía de su novio, me dice el título de la película que piensa ir a ver, y yo le nombro de un tirón tanto la lista completa de los actores principales, como las críticas publicadas. No hace mucho, mamá dijo que más tarde no necesitaré —ir al cine, ya que ya j me sé de memoria los argumentos, los actores y las críticas.

Cuando un día aparezco con un nuevo peinado, todos me miran con cara de
desaprobación, y puedo estar segura de que alguien me preguntará qué estrella de cine se luce con semejante «coiffure». Si contesto que se trata de una creación personal, sólo me creen a medias. En cuanto al peinado, sólo se mantiene durante media hora, porque después me canso tanto de oír los juicios de rechazo, que corro al cuarto de baño a restaurar mi peinado de rizos habitual.

Tu Ana


Viernes, 28 de enero de 1944

QueridaKitty:
Esta mañana me preguntaba si no te sientes como una vaca que tiene que estar rumiando cada vez las mismas viejas noticias y que, harta de tan poca variedad de alimento, al final se pone a bostezar y desea en silencio que Ana le presente algo nuevo.

Sé lo aburrida que debes estar de mis repeticiones, pero imagínate lo harta que estoy yo de tantas viejas historias que vuelven una y otra vez. Si el tema de conversación durante la comida no llega a ser la política o algún delicioso banquete, mamá o la señora no tardan en sacar a relucir sus eternas historias de cuando eran jóvenes, o Dussel se pone a disertar sobre el amplio vestuario de su mujer, o sobre hermosos caballos de carrera, botes de remo que hacen agua, niños que saben nadar a los cuatro años, dolores musculares o pacientes miedicas. Cuando alguno de los ocho abre la boca para contar algo, los otros siete ya saben cómo seguir contando la
historia. Sabemos cómo terminan todos los chistes, y el único que se ríe de ellos es quien los cuenta. Los comentarios de las antiguas amas de casa sobre los distintos lecheros, tenderos y carniceros ya nos parecen del año de la pera; en la-mesa han sido alabados o criticados millones de veces. Es imposible que una cosa conserve su frescura o lozanía cuando se convierte en tema de conversación de la Casa de, atrás.

Todo esto sería soportable, de no ser que los adultos tienen la manía de repetir diez veces las historias contadas por Kleiman, Jan y Miep, adornándolas cada vez con sus propias fantasías, de modo que a menudo debo darme un pellizco a mí misma bajo la mesa, para reprimirme y no indicarle al entusiasmado narrador el buen camino. Los niños pequeños, como por ejemplo Ana, bajo ningún concepto están autorizados a corregir a los mayores, sin importar las meteduras de pata o la medida en que estén
faltando a la verdad o añadiendo cosas inventadas por ellos mismos.

Un tema al que a menudo hacen honor Kleiman y Jan es el de la clandestinidad. Saben muy bien que todo lo relativo a otra gente escondida o refugiada nos interesa sobremanera, y que nos solidarizamos sinceramente con los escondidos cuando son encontrados y deportados por los alemanes, de la misma manera que celebramos la liberación de los que han estado detenidos.

Hablar de ocultos y escondidos se ha convertido en algo tan común como lo era antes poner las zapatillas de papá delante de la.estufa. En Holanda hay muchas organizaciones clandestinas, tales como «Holanda libre», que falsifican documentos de identidad, dan dinero a personas escondidas, preparan lugares para usar como escondite o dan trabajo a los jóvenes cristianos, y es admirable la labor noble abnegada que realizan estas personas que, a riesgo de sus propias vidas, ayudan salvan a otros.
El mejor ejemplo de ello creo que son nuestros propios protectores, que nos han ayudado hasta ahora a sobrellevar nuestra situación y, según espero, nos conducirán a buen puerto; de lo contrario, correrán la misma suerte que todos los perseguidos.

Jamás les hemos oído hacer alusión a la molestia que seguramente les ocasionamos. Ninguno de ellos se ha quejado jamás de la carga que representamos. Todos suben diariamente a visitarnos y hablan de negocios y política con los hombres, de comida y de los pesares de la guerra con las mujeres, y de libros y periódicos con los niños.

En lo posible ponen buena cara, nos traen flores y regalos en los días de fiesta cuando celebramos algún cumpleaños, y están siempre a nuestra disposición. Esto es algo que nunca debemos olvidar: mientras otros muestran su heroísmo en la guerra o frente a los alemanes, nuestros protectores lo hacen con su buen ánimo y el cariño que nos demuestran.


Circulan los rumores más disparatados, y sin embargo se refieren a hechos reales. Así, por ejemplo, el otro día Kleiman nos informó que en la rovincia de Güeldres se ha jugado un partido de fútbol entre un equipo formado exclusivamente por escondidos y otro por once policías nacionales. El ayuntamiento de Hilversum va a entregar a la población nuevas tarjetas de identificación para el racionamiento de alimentos. Para que al gran número de escondidos también les toque su parte (las cartillas con los cupones sólo podrán adquirirse mostrando la tarjeta de identificación o al precio de 60 florines cada una), las autoridades han citado a la misma hora a todos los escondidos de los alrededores, para que puedan retirar sus tarjetas en una mesa aparte.

Hay que andarse con muchísimo cuidado para que los alemanes no se enteren desemejantes osadías.


Tu Ana


Domingo, 30 de enero de. 1944


Mi querida Kit:
Otra vez estamos en domingo. Reconozco que ya no me parece un día tan horrible como antes, pero me sigue pareciendo bastante aburrido.

Todavía no he ido al almacén; quizá aún pueda ir más tarde. Anoche bajé yo, sola en plena oscuridad después de haber estado allí con papá hace algunas noches. Estaba en el umbral de la escalera, con un montón de aviones alemanes sobrevolando la casa; sabía que era una persona por mí misma, y que no debía contar con la ayuda de los demás. Mi miedo desapareció, levanté la vista al cielo y confié en Dios.

Tengo una terrible necesidad de estar sola. Papá se da cuenta de que no soy la de siempre, pero no puedo contarle nada. «¡Dejadme tranquila, dejadme sola!»: eso es lo que quisiera gritar todo el tiempo.

Quién sabe si algún día no me dejarán más sola de lo que yo quiero…

Tu Ana


Jueves,.3 de febrero de 1944


Querida Kitty:
En todo el país aumenta día a día el clima de invasión, y si estuvieras aquí, segurque por un lado te impresionarían los preparativos igual que a mí, pero por el otro te reirías de nosotros por hacer tanto aspaviento, quién sabe si para nada.

Los diarios no hacen más que escribir sobre la invasión y vuelven loca a la gente, publicando: «Si los ingleses llegan a desembarcar en Holanda, las autoridades alemanas deberán hacer todo lo posible para defender el país, llegando al extremo de inundarlo si fuera necesario.» Junto a esta noticia aparecen mapas en los que vienen indicadas las zonas inundables de Holanda. Como entre ellas figura gran parte de Amsterdam, lo primero que nos preguntamos fue qué hacer si las calles de la ciudad se llenan con un metro de agua. Las respuestas a esta difícil pregunta fueron de lo más variadas:

—Como será imposible ir andando o montar en bicicleta, tendremos que ir
vadeando por el agua estancada.

—Que no, que hay que tratar de nadar. Nos ponemos todos un gorro de baño y un bañador, y nadamos en lo posible bajo el agua, para que nadie se dé cuenta de que somos judíos.

—iPamplinas! Ya quisiera yo ver nadando a las mujeres, con las ratas mordiéndoles los pies. (Esto, naturalmente, lo dijo un hombre. ¡Ya veremos quién grita más cuando lo muerdan!)

—Ya no podremos abandonar la casa. El almacén se tambalea tanto que con una inundación así, sin duda se desplomará.

—Bueno, bueno, basta ya de bromas. Tendremos que hacernos con un barquito.

—¿Para qué? Tengo una idea mucho mejor. Cada uno coge del desván de delante una caja de las de lactosa y un cucharón para remar.

—Pues yo iré en zancos. En mis años mozos era un campeón.
—A Jan Gies no le hacen falta. Se sube a su mujer al hombro, y así Miep tendrá zancos propios.

Supongo que te habrás hecho una idea, ¿verdad Kit? Toda esta conversación es muy divertida, pero la realidad será muy distinta. Y no podía faltar la segunda pregunta con respecto a la invasión: ¿Qué hacer si los alemanes deciden evacuar Amsterdam?

—Irnos con ellos, disfrazándonos lo mejor que podamos.

—iDe ninguna manera podremos salir a la calle! Lo único que nos queda es
quedarnos aquí. Los alemanes son capaces de llevarse a toda la población a Alemania, y una vez allí, dejar que se mueran.

—Claro, por supuesto, nos quedaremos aquí. Esto es lo más seguro.

Trataremos de convencer a Kleiman para que se instale aquí con su familia. Conseguiremos una bolsa de virutas de madera y así podremos dormir en el suelo. Que Miep y Kleiman vayan trayendo mantas. Encargaremos más cereal, aparte de los 30 kilos que tenemos. Que Jan trate de conseguir más legumbres; nos quedan unos 30 kilos de judías y y kilos de guisantes. Sin contar las So latas de verdura.

—Mamá, ¿podrías contar los demás alimentos que aún nos quedan?
—10 latas de pescado, 40 de leche, 10 kilos de leche en polvo, 3 botellas de aceite, 4 tarros (de los de conserva) con mantequilla, 4 tarros de carne, 2 damajuanas de fresas, 2 de frambuesas y grosellas, 20 de tomates, 5 kilos de avena en copos y 4 kilos de arroz. Eso es todo.

Las existencias parecen suficientes, pero si tienes en cuenta que con ellas también tenemos que alimentar a las visitas y que cada semana consumimos parte dé ellas, no son tan enormes como parecen. Carbón y leña quedar, bastante, y velas también.

—Cosámonos todos unos bolsillos en la ropa, para que podamos llevarnos el dinero en caso de necesidad.

—Haremos listas de lo que haya que llevar primero si debemos huir, y por lo pronto… ¡a llenar las mochilas!

—Cuando llegue el momento pondremos dos vigías para que hagan guardia, uno en la buhardilla de delante y otro en la de atrás.

—¿Y qué hacemos con tantos alimentos, si luego no nos dan agua, gas ni
electricidad?

—En ese caso tendemos que usar la estufa para guisar. Habrá que filtrar y hervir el agua. Limpiaremos unas damajuanas grandes para conservar agua en ellas. Además, nos quedan tres peroles para hacer conservas y una pileta para usar como depósito de agua.

—También tenemos unas diez arrobas de patatas de invierno en el cuarto de las especias.

Éstos son los comentarios que oigo todos los días, que si habrá invasión, que si no habrá invasión. Discusiones sobre pasar hambre, morir, bombas, mangueras de incendio, sacos de dormir, carnets de judíos, gases tóxicos, etcétera, etcétera. Nada de esto resulta demasiado alentador.

Un buen ejemplo de las claras advertencias de los señores de la casa es la siguiente conversación con Jan:

Casa de atrás: Tenemos miedo de que los alemanes, cuando emprendan la retirada, se lleven consigo a toda la población.

Jan: Imposible. No tienen suficientes trenes a su disposición.

Casa de atrás: ¿Trenes? ¿Se piensa usted que van a meter a los civiles en un coche?

¡De ninguna manera! El coche de San Fernando es lo único que les quedará. (El «pedes apostolorum», como suele decir Dussel.)

Jan: Yo no me creo nada de eso. Lo ve usted todo demasiado negro. ¿Qué interés podrían tener los alemanes en llevarse a todos los civiles?
Casa de atrás: ¿Acaso no sabe lo que ha dicho Goebbels? «Si tenemos que dimitir,nuestras espaldas cerraremos las puertas de todos los territorios ocupados.»

Jan: Se han dicho tantas cosas…
Casa de atrás: ¿Se piensa usted que los alemanes son demasiado nobles humanitarios como para hacer una cosa así? Lo que piensan los alemanes es: «Si hemos de sucumbir, sucumbirán todos los que estén al alcance de nuestro poder.»

Jan: Usted dirá lo que quiera, yo eso no me lo creo.
Casa de atrás: Siempre la misma historia. Nadie quiere ver el peligro hasta que no lo siente en su propio pellejo.
Jan: No sabe usted nada a ciencia cierta. Todo son meras suposiciones.

Casa de atrás: Pero si ya lo hemos vivido todo en nuestra propia carne, primero en Alemania y ahora aquí. ¿Y entonces en Rusia qué está pasando?
Jan: Si dejamos fuera de consideración a los judíos, no creo que nadie sepa lo que está pasando en Rusia. Al igual que los alemanes, tanto los ingleses como los rusos exagerarán por hacer pura propaganda.

Casa de atrás: Nada de eso. La radio inglesa siempre ha dicho la verdad. Y
suponiendo que las noticias sean exageradas en un diez por ciento, los hechos siguen siendo horribles, porque no me va usted a negar que es un hecho que en Polonia y en Rusia están asesinando a millones de personas pacíficas o enviándolas a la cámara de gas, sin más ni más.El resto de nuestras conversaciones me las reservaré. Me mantengo serena y no
hago caso de estas cuestiones. He llegado al punto en que ya me da lo mismo morir que seguir viviendo. La i Tierra seguirá dando vueltas aunque yo no esté, y de cualquier forma no puedo oponer ninguna resistencia a los acontecimientos. Que sea lo que haya de ser, y por lo demás seguiré estudiando y esperando que todo acabe bien.


Tu Ana

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Martes, 8 de febrero de 1944