Ana Frank Mayo de 1944 – Diario Biográfico Libro

Ana Frank Mayo de 1944

Ana Frank Mayo de 1944
Ana Frank Mayo de 1944


Martes, 2 de mayo de 1944


Querida Kitty:

El sábado por la noche le pregunté a Peter si le parecía que debía contarle a papá lo nuestro, y tras algunas idas y venidas le pareció que sí. Me alegré, porque es una señal de su buen sentir. En seguida después de bajar, acompañé a papá a buscar agua, y ya en la escalera le dije:

—Papá, como te imaginarás, cuando Peter y yo estamos juntos, hay menos de un metro de distancia entre los dos. ¿Te parece mal?

Papá no contestó en seguida, pero luego dijo:

—No, mal no me parece, Ana; pero aquí, en este espacio tan á reducido, debes tener cuidado.

Dijo algo más por el estilo, y luego nos fuimos arriba.

El domingo por la mañana me llamó y me dijo:

—Ana, lo he estado pensando (¡ya me lo temía!); en realidad creo que aquí, en la Casa de atrás, lo vuestro no es conveniente; pensé que sólo erais compañeros.

¿Peter está enamorado?

—¡Nada de eso! —contesté.

—Mira, Ana, tú sabes que os comprendo muy bien, pero tienes que ser prudente; no subas tanto a su habitación, no le animes más de lo necesario. En estas cosas el hombre siempre es el activo, la mujer puede frenar. Fuera, al aire libre, es otra cosa totalmente distinta; ves a otros chicos y chicas, puedes marcharte cuando quieres, hacer deporte y demás; aquí, en cambio, cuando estás mucho tiempo juntos y quieres marcharte, no puedes, te ves a todas horas, por no decir siempre. Ten cuidado, Ana, y no te lo tomes demasiado en serio.

—No, papá. Pero Peter es decente, y es un buen chico.

—Sí, pero no es fuerte de carácter; se deja influenciar fácilmente hacia el lado bueno, pero también hacia el lado malo. Espero por él que siga siendo bueno, porque lo es por naturaleza.

Seguimos hablando un poco y quedamos en que también le, hablaría a Peter.

El domingo por la tarde, en el desván de delante, Peter me preguntó:

—¿Y qué, Ana, has hablado con tu padre?

—Sí —le contesté—. Te diré lo que me ha dicho. No le parece mal, pero dice que aquí, al estar unos tan encima de otros, es fácil que tengamos algún encontronazo.

—Pero si hemos quedado en que no habría peleas entre nosotros, y yo estoy
dispuesto a respetar nuestro acuerdo.

—También yo, Peter, pero papá no sabía lo que había entre nosotros, creía que sólo éramos compañeros. ¿Crees que eso ya no es posible?

—Yo sí, ¿y tú?

—Yo también. Y también le he dicho a papá que confiaba en ti. Confío en ti, Peter, tanto como en papá, y creo que te mereces mi confianza, ¿no es así?

—Espero que sí. (Lo dijo muy tímidamente y poniéndose medio colorado.)

—Creo en ti, Peter —continué diciendo—. Creo que tienes un buen carácter y que te abrirás camino en el mundo.

Luego hablamos sobre otras cosas, y más tarde le dije:

—Si algún día salimos de aquí, sé que no te interesarás más por mí.

Se le subió la sangre a la cabeza:

—¡Eso sí que no es cierto, Ana! ¿Cómo puedes pensar eso de mí?En ese momento nos llamaron.


Papá habló con él, me lo dijo el lunes.

—Tu padre cree que en algún momento nuestro compañerismo podría desembocar en amor —dijo—. Pero le contesté que sabremos contenernos.

Papá ahora quiere que por las noches suba menos a ver a Peter, pero yo no quiero.

No es sólo que me gusta estar con él, sino que también le he dicho que confío en él.

Y es que confío en él, y quiero demostrárselo, pero nunca lo lograría quedándome abajo por falta de confianza.

¡No señor, subiré!


Entretanto se ha arreglado el drama de Dussel. El sábado por la noche, a la mesa, presentó sus disculpas en correcto holandés. Van Daan en seguida se dio por satisfecho. Seguro que Dussel se pasó el día estudiando su discurso.

El domingo, día de su cumpleaños, pasó sin sobresaltos. Nosotros le regalamos una botella de vino de 1919, los Van Daan —que ahora podían darle su regalo — un tarro de piccalilly y un paquete de hojas de afeitar, Kugler una botella de limonada, Miep un libro, El pequeño Martín, y Bep una planta. Él nos convidó a un huevo para cada uno.

Tu Ana M. Frank


Miércoles, 3 de mayo de 1944


Querida Kitty:

Prime ro las noticias de la semana. La política está de vacaciones; no hay nada, lo que se dice nada que contar. Poco a poco también yo estoy empezando a creer que se acerca la invasión. No pueden dejar que los rusos hagan solos todo el trabajo, quepor cierto tampoco están haciendo nada de momento.

El señor Kleiman viene de nuevo todas las mañanas a la oficina a trabajar.

Ha conseguido un nuevo muelle para el diván de Peter, de modo que Peter tendrá que ponerse a tapizar; como comprenderás, no le apetece nada tener que hacerlo.

Kleiman también nos ha traído pulguicida para el gato.

¿Ya te he contado que ha desaparecido Mofe? Desde el jueves pasado, sin dejar ni rastro. Seguramente ya estará en el cielo gatuno, mientras que algún amante de los animales lo habrá usado para hacerse un guiso. Tal vez vendan su piel a una niña adinerada para que se haga un gorro. Peter está muy desconsolado a raíz del hecho.

Desde hace dos semanas, los sábados almorzamos a las once y media, por lo que debíamos aguantarnos con una taza de papilla por la mañana. A partir de mañana tendremos lo mismo todos los días, con el propósito de ahorrar una comida. Todavía es muy difícil conseguir verdura; hoy por la tarde cominos lechuga podrida cocida.

Lechuga en ensalada, espinacas y lechuga cocida: otra cosa no hay. A eso se le añaden patatas podridas. ¡Una combinación deliciosa!

Hacía más de dos meses que no me venía la regla, pero por fin el domingo me volvió.

A pesar de las molestias y la aparatosidad, me alegro mucho de que no me haya dejado en la estacada durante más tiempo.


Como te podrás imaginar, aquí vivimos diciendo y repitiendo con desesperación «para qué, ¡ay!, para qué diablos sirve la guerra, por qué los hombres no pueden vivir pacíficamente, por qué tienen que destruirlo todo…».

La pregunta es comprensible, pero hasta el momento nadie ha sabido formular una respuesta satisfactoria. De verdad, ¿por qué en Inglaterra construyen aviones cada vez más grandes, bombas cada vez más potentes y, por otro lado, casas normalizadas para la reconstrucción del país? ¿Por qué se destinan a diario miles de millones a la guerra y no se reserva ni un céntimo para la medicina, los artistas y los pobres? ¿Por qué la gente tiene que pasar hambre, cuando en otras partes del mundo hay comida en abundancia, pudriéndose? ¡Dios mío!, ¿por qué el hombre es tan estúpido?

Yo no creo que la guerra sólo sea cosa de grandes hombres, gobernantes y
capitalistas. ¡Nada de eso! Al hombre pequeño también le gusta; si no, los pueblos ya se habrían levantado contra ella. Es que hay en el hombre un afán de destruir, un afán de matar, de asesinar y ser una fiera, mientras toda la Humanidad, sin excepción, no haya sufrido una metamorfosis, la guerra seguirá haciendo estragos, y todo lo que se ha construido, cultivado y de sarrollado hasta ahora quedará truncado y destruido, para luego
volver a empezar.


Muchas veces he estado decaída, pero nunca he desesperado; este período de estar escondidos me parece una aventura, peligrosa, romántica e interesante. En mi diario considero cada una de nuestras privaciones como una diversión. ¿Acaso no me había propuesto llevar una vida distinta de las otras chicas, y más tarde también distinta de las amas de casa corrientes?

Éste es un buen comienzo de esa vida interesante y por eso, sólo por eso me da la risa en los momentos más peligrosos, por lo cómico de la situación.

Soy joven y aún poseo muchas cualidades ocultas; soy joven y fuerte y vivo esa gran aventura, estoy aún en medio de ella y no puedo pasarme el día quejándome de que no tengo con qué divertirme. Muchas cosas me han sido dadas al nacer: un carácter feliz, mucha alegría y fuerza. Cada día me siento crecer por dentro, siento cómo se acerca la liberación, lo bella que es la naturaleza, lo buenos que son quienes me rodean, lo interesante y divertida que es esta aventura. ¿Por qué habría de desesperar?


Tu Ana M. Frank


Viernes, 5 de mayo de 1944


Querida Kitty:

Papá no está contento conmigo; se pensó que después de nuestra conversación del domingo, automáticamente dejaría de ir todas las noches arriba. Quiere que acabemos con el «besuqueo». No me gustó nada esa palabra; bastante difícil ya es tener que hablar de ese tema. ¿Por qué me quiere hacer sentir tan mal? Hoy hablaré con él. Margot me ha dado algunos buenos consejos. Lo que le voy a decir es más o menos lo siguiente:
«Papá, creo que esperas que te dé una explicación, y te la daré. Te he desilusionado, esperabas que fuera más recatada. Seguramente quieres que me comporte como ha de comportarse una chica de 14 años, ¡pero te equivocas!

»Desde que estamos aquí, desde julio de 1942 hasta hace algunas semanas, las cosas no han sido fáciles para mí. Si supieras lo mucho que he llorado por las noches, lo desesperanzada y desdichada que he sido, lo sola que me he sentido, comprenderías por qué quiero ir arriba. No ha sido de un día para otro que me las he apañado para llegar hasta donde he llegado, y para saber vivir sin una madre y sin la ayuda de nadie en absoluto. Me ha costado mucho, muchísimo sudor y lágrimas llegar a ser tan independiente. Ríete si quieres y no me creas, que no me importa. Sé
que soy una persona que está sola y no me siento responsable en lo más mínimo ante vosotros. Te he contado todo esto porque no quisiera que pensaras que estoy ocultándote algo, pero sólo a mí misma tengo que rendir cuentas de mis actos.

»Cuando me vi en dificultades, vosotros, y también tú, cerrasteis los ojos e hicisteis oídos sordos, y no me ayudasteis; al contrario, no hicisteis más que amonestarme, para que no fuera tan escandalosa. Pero yo sólo era escandalosa por no estar siempre triste, era temeraria por no oír continuamente esa voz dentro de mí. He sido una comedianta durante año y medio, día tras día; no me he quejado, no me he salido de mi papel, nada de eso, y ahora he dejado de luchar. ¡He triunfado! Soy independiente, en cuerpo y alma, ya no necesito una madre, la lucha me ha hecho fuerte.

»Y ahora, ahora que he superado todo esto, y que sé que ya no tendré que seguir luchando, quisiera seguir mi camino, el camino que me plazca. No puedes ni debes considerarme una chica de catorce años; las penas vividas me han hecho mayor. No me arrepentiré de mis actos, y haré lo que crea que puedo hacer.

»No puedes impedirme que vaya arriba, de no ser con mano dura: o me lo prohibes del todo, o bien confías en mí en las buenas y en las malas, de modo que déjame en paz.»


Tu Ana M. Frank


Sábado, 6 de mayo de 1944


Querida Kitty:

Ayer, antes de comer, le metí a papá la carta en el bolsillo. Después de leerla estuvo toda la noche muy confuso, según Margot. (Yo estaba arriba fregando los platos.)

Pobre Pim, podría haberme imaginado las consecuencias que traería mi esquela. ¡Es tan sensible! En seguida le dije a Peter que no preguntara ni dijera nada. Pim no ha vuelto a mencionar el asunto. ¿Lo hará aún?
Aquí todo ha vuelto más o menos a la normalidad. Las cosas que nos cuentan Jan, Kugler y Kleiman sobre los precios y la gente de fuera son verdaderamente increíbles; un cuarto de kilo de té cuesta 3 so florines; un cuarto de café, 8o florines; la mantequilla está a 3 s florines el medio kilo, y un huevo vale 1,45 florines. ¡El tabaco búlgaro se cotiza a 14 florines los cien gramos!

Todo el mundo compra y vende en el mercado negro, cualquiera te ofrece algo para comprar. El chico de la panadería nos ha conseguido seda para zurcir, a 90 céntimos una madejuela, el lechero nos consigue cupones de racionamiento clandestinos, un empresario de pompas fúnebres nos suministra queso. Todos los días hay robos, asesinatos y asaltos, los policías y vigilantes nocturnos no se quedan atrás con respecto a los ladrones de oficio, todos quieren llenar el estómago y como está prohibido aumentar los salarios, la gente se ve obligada a estafar. La Policía de menores no cesa de buscar el paradero de chicas de quince, dieciséis, diecisiete años y más, que desaparecen a diario.

Intentaré terminar el cuento del hada Ellen

El sábado por la noche le pregunté a Peter si le parecía que debía contarle a papá lo nuestro, y tras algunas idas y venidas le pareció que sí. Me alegré, porque es una señal de su buen sentir. En seguida después de bajar, acompañé a papá a buscar agua, y ya en la escalera le dije:

—Papá, como te imaginarás, cuando Peter y yo estamos juntos, hay menos de un metro de distancia entre los dos. ¿Te parece mal?

Papá no contestó en seguida, pero luego dijo:

—No, mal no me parece, Ana; pero aquí, en este espacio tan á reducido, debes tener cuidado.

Dijo algo más por el estilo, y luego nos fuimos arriba.

El domingo por la mañana me llamó y me dijo:

—Ana, lo he estado pensando (¡ya me lo temía!); en realidad creo que aquí, en la Casa de atrás, lo vuestro no es conveniente; pensé que sólo erais compañeros.

¿Peter está enamorado?

—¡Nada de eso! —contesté.

—Mira, Ana, tú sabes que os comprendo muy bien, pero tienes que ser prudente; no subas tanto a su habitación, no le animes más de lo necesario.

En estas cosas el hombre siempre es el activo, la mujer puede frenar. Fuera, al aire libre, es otra cosa totalmente distinta; ves a otros chicos y chicas, puedes marcharte cuando quieres, hacer deporte y demás; aquí, en cambio, cuando estás mucho tiempo juntos y quieres marcharte, no puedes, te ves a todas horas, por no decir siempre. Ten cuidado, Ana, y no te lo tomes demasiado en serio.

—No, papá. Pero Peter es decente, y es un buen chico.

—Sí, pero no es fuerte de carácter; se deja influenciar fácilmente hacia el lado bueno, pero también hacia el lado malo. Espero por él que siga siendo bueno, porque lo es por naturaleza.

Seguimos hablando un poco y quedamos en que también le, hablaría a Peter.

El domingo por la tarde, en el desván de delante, Peter me preguntó:

—¿Y qué, Ana, has hablado con tu padre?

—Sí —le contesté—. Te diré lo que me ha dicho. No le parece mal, pero dice que aquí, al estar unos tan encima de otros, es fácil que tengamos algún encontronazo.

—Pero si hemos quedado en que no habría peleas entre nosotros, y yo estoy
dispuesto a respetar nuestro acuerdo.

—También yo, Peter, pero papá no sabía lo que había entre nosotros, creía que sólo éramos compañeros. ¿Crees que eso ya no es posible?

—Yo sí, ¿y tú?

—Yo también. Y también le he dicho a papá que confiaba en ti. Confío en ti, Peter, tanto como en papá, y creo que te mereces mi confianza, ¿no es así?

—Espero que sí. (Lo dijo muy tímidamente y poniéndose medio colorado.)

—Creo en ti, Peter —continué diciendo—. Creo que tienes un buen carácter y que te abrirás camino en el mundo.

Luego hablamos sobre otras cosas, y más tarde le dije:

—Si algún día salimos de aquí, sé que no te interesarás más por mí.

Se le subió la sangre a la cabeza:

—¡Eso sí que no es cierto, Ana! ¿Cómo puedes pensar eso de mí?En ese momento nos llamaron.


Papá habló con él, me lo dijo el lunes.

—Tu padre cree que en algún momento nuestro compañerismo podría desembocar en amor —dijo—. Pero le contesté que sabremos contenernos.

Papá ahora quiere que por las noches suba menos a ver a Peter, pero yo no quiero.

No es sólo que me gusta estar con él, sino que también le he dicho que confío en él.

Y es que confío en él, y quiero demostrárselo, pero nunca lo lograría quedándome abajo por falta de confianza.

¡No señor, subiré!


Entretanto se ha arreglado el drama de Dussel. El sábado por la noche, a la mesa, presentó sus disculpas en correcto holandés. Van Daan en seguida se dio por satisfecho. Seguro que Dussel se pasó el día estudiando su discurso.

El domingo, día de su cumpleaños, pasó sin sobresaltos. Nosotros le regalamos una botella de vino de 1919, los Van Daan —que ahora podían darle su regalo — un tarro de piccalilly y un paquete de hojas de afeitar, Kugler una botella de limonada, Miep un libro, El pequeño Martín, y Bep una planta. Él nos convidó a un huevo para cada uno.

Tu Ana M. Frank


Miércoles, 3 de mayo de 1944


Querida Kitty:

Prime ro las noticias de la semana. La política está de vacaciones; no hay nada, lo que se dice nada que contar. Poco a poco también yo estoy empezando a creer que se acerca la invasión. No pueden dejar que los rusos hagan solos todo el trabajo, quepor cierto tampoco están haciendo nada de momento.

El señor Kleiman viene de nuevo todas las mañanas a la oficina a trabajar.

Ha conseguido un nuevo muelle para el diván de Peter, de modo que Peter tendrá que ponerse a tapizar; como comprenderás, no le apetece nada tener que hacerlo.

Kleiman también nos ha traído pulguicida para el gato.

¿Ya te he contado que ha desaparecido Mofe? Desde el jueves pasado, sin dejar ni rastro. Seguramente ya estará en el cielo gatuno, mientras que algún amante de los animales lo habrá usado para hacerse un guiso. Tal vez vendan su piel a una niña adinerada para que se haga un gorro. Peter está muy desconsolado a raíz del hecho.

Desde hace dos semanas, los sábados almorzamos a las once y media, por lo que debíamos aguantarnos con una taza de papilla por la mañana. A partir de mañana tendremos lo mismo todos los días, con el propósito de ahorrar una comida. Todavía es muy difícil conseguir verdura; hoy por la tarde cominos lechuga podrida cocida.

Lechuga en ensalada, espinacas y lechuga cocida: otra cosa no hay. A eso se le añaden patatas podridas. ¡Una combinación deliciosa!

Hacía más de dos meses que no me venía la regla, pero por fin el domingo me volvió.

A pesar de las molestias y la aparatosidad, me alegro mucho de que no me haya dejado en la estacada durante más tiempo.


Como te podrás imaginar, aquí vivimos diciendo y repitiendo con desesperación «para qué, ¡ay!, para qué diablos sirve la guerra, por qué los hombres no pueden vivir pacíficamente, por qué tienen que destruirlo todo…».

La pregunta es comprensible, pero hasta el momento nadie ha sabido formular una respuesta satisfactoria. De verdad, ¿por qué en Inglaterra construyen aviones cada vez más grandes, bombas cada vez más potentes y, por otro lado, casas normalizadas para la reconstrucción del país? ¿Por qué se destinan a diario miles de millones a la guerra y no se reserva ni un céntimo para la medicina, los artistas y los pobres? ¿Por qué la gente tiene que pasar hambre, cuando en otras partes del mundo hay comida en abundancia, pudriéndose? ¡Dios mío!, ¿por qué el hombre es tan estúpido?

Yo no creo que la guerra sólo sea cosa de grandes hombres, gobernantes y
capitalistas. ¡Nada de eso! Al hombre pequeño también le gusta; si no, los pueblos ya se habrían levantado contra ella. Es que hay en el hombre un afán de destruir, un afán de matar, de asesinar y ser una fiera, mientras toda la Humanidad, sin excepción, no haya sufrido una metamorfosis, la guerra seguirá haciendo estragos, y todo lo que se ha construido, cultivado y desarrollado hasta ahora quedará truncado y destruido, para luego
volver a empezar.


Muchas veces he estado decaída, pero nunca he desesperado; este período de estar escondidos me parece una aventura, peligrosa, romántica e interesante. En mi diario considero cada una de nuestras privaciones como una diversión. ¿Acaso no me había propuesto llevar una vida distinta de las otras chicas, y más tarde también distinta de las amas de casa corrientes? Éste es un buen comienzo de esa vida interesante y por eso, sólo por eso me da la risa en los momentos más peligrosos, por lo cómico de la situación.

Soy joven y aún poseo muchas cualidades ocultas; soy joven y fuerte y vivo esa gran aventura, estoy aún en medio de ella y no puedo pasarme el día quejándome de que no tengo con qué divertirme. Muchas cosas me han sido dadas al nacer: un carácter feliz, mucha alegría y fuerza. Cada día me siento crecer por dentro, siento cómo se acerca la liberación, lo bella que es la naturaleza, lo buenos que son quienes me rodean, lo interesante y divertida que es esta aventura. ¿Por qué habría de desesperar?


Tu Ana M. Frank


Viernes, 5 de mayo de 1944


Querida Kitty:

Papá no está contento conmigo; se pensó que después de nuestra conversación del domingo, automáticamente dejaría de ir todas las noches arriba. Quiere que acabemos con el «besuqueo». No me gustó nada esa palabra; bastante difícil ya es tener que hablar de ese tema. ¿Por qué me quiere hacer sentir tan mal? Hoy hablaré con él. Margot me ha dado algunos buenos consejos. Lo que le voy a decir es más o menos lo siguiente:

«Papá, creo que esperas que te dé una explicación, y te la daré. Te he desilusionado, esperabas que fuera más recatada. Seguramente quieres que me comporte como ha de comportarse una chica de 14 años, ¡pero te equivocas!

»Desde que estamos aquí, desde julio de 1942 hasta hace algunas semanas, las cosas no han sido fáciles para mí. Si supieras lo mucho que he llorado por las noches, lo desesperanzada y desdichada que he sido, lo sola que me he sentido, comprenderías por qué quiero ir arriba. No ha sido de un día para otro que me las he apañado para llegar hasta donde he llegado, y para saber vivir sin una madre y sin la ayuda de nadie en absoluto. Me ha costado mucho, muchísimo sudor y lágrimas llegar a ser tan independiente. Ríete si quieres y no me creas, que no me importa. Sé que soy una persona que está sola y no me siento responsable en lo más mínimo ante vosotros.

Te he contado todo esto porque no quisiera que pensaras que estoy
ocultándote algo, pero sólo a mí misma tengo que rendir cuentas de mis actos.

»Cuando me vi en dificultades, vosotros, y también tú, cerrasteis los ojos e hicisteis oídos sordos, y no me ayudasteis; al contrario, no hicisteis más que amonestarme, para que no fuera tan escandalosa. Pero yo sólo era escandalosa por no estar siempre triste, era temeraria por no oír continuamente esa voz dentro de mí. He sido una comedianta durante año y medio, día tras día; no me he quejado, no me he salido de mi papel, nada de eso, y ahora he dejado de luchar. ¡He triunfado! Soy independiente, en cuerpo y alma, ya no necesito una madre, la lucha me ha hecho fuerte.

»Y ahora, ahora que he superado todo esto, y que sé que ya no tendré que seguir luchando, quisiera seguir mi camino, el camino que me plazca. No puedes ni debes considerarme una chica de catorce años; las penas vividas me han hecho mayor. No me arrepentiré de mis actos, y haré lo que crea que puedo hacer.

»No puedes impedirme que vaya arriba, de no ser con mano dura: o me lo prohibes del todo, o bien confías en mí en las buenas y en las malas, de modo que déjame en paz.»


Tu Ana M. Frank


Sábado, 6 de mayo de 1944


Querida Kitty:

Ayer, antes de comer, le metí a papá la carta en el bolsillo. Después de leerla estuvo toda la noche muy confuso, según Margot. (Yo estaba arriba fregando los platos.)

Pobre Pim, podría haberme imaginado las consecuencias que traería mi esquela. ¡Es tan sensible! En seguida le dije a Peter que no preguntara ni dijera nada. Pim no ha vuelto a mencionar el asunto. ¿Lo hará aún?

Aquí todo ha vuelto más o menos a la normalidad. Las cosas que nos cuentan Jan, Kugler y Kleiman sobre los precios y la gente de fuera son verdaderamente increíbles; un cuarto de kilo de té cuesta 3 so florines; un cuarto de café, 8o florines; la mantequilla está a 3 s florines el medio kilo, y un huevo vale 1,45 florines. ¡El tabaco búlgaro se cotiza a 14 florines los cien gramos!

Todo el mundo compra y vende en el mercado negro, cualquiera te ofrece algo para comprar. El chico de la panadería nos ha conseguido seda para zurcir, a 90 céntimos una madejuela, el lechero nos consigue cupones de racionamiento clandestinos, un empresario de pompas fúnebres nos suministra queso. Todos los días hay robos, asesinatos y asaltos, los policías y vigilantes nocturnos no se quedan atrás con respecto a los ladrones de oficio, todos quieren llenar el estómago y como está prohibido aumentar los salarios, la gente se ve obligada a estafar. La Policía de menores no cesa de buscar el paradero de chicas de quince, dieciséis, diecisiete años y más, que desaparecen a diario.

Intentaré terminar el cuento del hada Ellen

Se lo podría regalar a papá para su cumpleaños, en broma, incluidos los derechos de autor. ¡Hasta la próxima!

Tu Ana M. Frank

Domingo, 7 de mayo de 1944, por la mañana


Querida Kitty:

Papá y yo estuvimos ayer conversando largo y tendido. Lloré mucho, y papá hizo otro tanto. ¿Sabes lo que me dijo, Kitty?

«He recibido muchas cartas en mi vida, pero ninguna tan horrible como ésta. ¡Tú, Ana, que siempre has recibido tanto amor de tus padres, que tienes unos padres siempre dispuestos a ayudarte, y que siempre te han defendido en lo que fuera, tú hablas de no sentirte responsable! Estás ofendida y te sientes abandonada. No, Ana, has sido muy injusta con nosotros. Tal vez no haya sido ésa tu intención, pero lo has escrito así, Ana, y de verdad, no nos merecemos tus reproches.»

¡Ay, qué error tan grande he cometido! Es el acto más vil que he cometido en mi vida.

No he querido más que darme aires con mis llantos y mis lágrimas, y hacerme la importante para que él me tuviera respeto. Es cierto que he sufrido mucho, y lo que he dicho de mamá es verdad, pero inculpar así al pobre Pim, que siempre ha hecho todo por mí y que sigue haciéndolo, ha sido más que vil.

Está muy bien que haya descendido de las alturas inalcanzables en las que me encontraba, que se me haya quebrado un poco el orgullo, porque se me habían subido demasiado los humos. Lo que hace la señorita Ana no siempre está bien, ¡ni mucho menos! Alguien que hace sufrir tanto a una persona a la que dice querer, y aposta además, es un ser bajo, muy bajo.

Pero de lo que más me avergüenzo es de la manera en que papá me ha perdonado; ha dicho que echará la carta al fuego, en la estufa, y me trata ahora con tanta dulzura, que es como si fuera él quien ha hecho algo malo. Ana, Ana, aún te queda muchísimo por aprender. Empieza por ahí, en lugar de mirar a los demás por encima del hombro y echarles la culpa de todo.

Sí, he sufrido mucho, pero ¿acaso no sufren todos los de mi edad? He sido una comedianta muchas veces sin darme cuenta siquiera; me sentía sola, pero casi nunca he desesperado. Nunca he llegado a los extremos de papá, que alguna vez salió a la calle armado con un cuchillo para quitarse la vida.

He de avergonzarme y me avergüenzo profundamente. Lo hecho, hecho está, pero es posible evitar que se repita. Quisiera volver a empezar y eso no será tan difícil, ya que ahora tengo a Peter. Con su apoyo lo lograré. Ya no estoy sola, él me quiere, yole quiero, tengo mis libros, mis cuadernos y mi diario, no soy tan fea, ni me falta inteligencia, tengo un carácter alegre y quiero ser una buena persona.

Sí, Ana, te has dado cuenta perfectamente de que tu carta era demasiado dura injusta, y sin embargo te sentías orgullosa de haberla escrito. Debo volver a tomar ejemplo de papá, y me enmendaré.

Tu Ana M. Frank.


Lunes 8 de mayo de 1944


Querida Kitty:

¿Te he contado alguna vez algo sobre nuestra familia? Creo que no, y por eso empezaré a hacerlo en seguida. Papá nació en Francfort del Meno, y sus padres eran gente de dinero. Michael Frank era dueño de un Banco, y con él se hizo millonario,Alice Stern era de padres muy distinguidos y también de mucho dinero. Michael Frank no había sido rico en absoluto de joven, pero fue escalando posiciones. Papá tuvo una verdadera vida de niño bien, con fiestas todas las semanas, y bailes, niñas guapas, valses, banquetes, muchas habitaciones, etc. Todo ese dinero se perdió cuando murió el abuelo, y después de la guerra mundial y la inflación no quedó nada.

Hasta antes de la guerra aún nos quedaban bastantes parientes ricos. O sea, que papá ha tenido una educación de primera, y por eso ayer le dio muchísima risa cuando, por primera vez en sus S S años de vida, tuvo que rascar la comida del fondo de la sartén.

Mamá no era tan, tan rica, pero sí bastante, con lo que ahora nos deja boquiabiertos con sus historias de fiestas de compromiso de 250 invitados, bailes privados y grandes banquetes.

Ya no podemos llamarnos ricos, ni mucho menos, pero tengo mis esperanzas puestas en lo que vendrá cuando haya acabado la guerra. Te aseguro que no le tengo ningún apego a la vida estrecha, como mamá y Margot. Me gustaría irme un año a París y un año a Londres, para aprender el idioma y estudiar historia del arte.

Compáralo con Margot, que quiere irse a Palestina a trabajar de enfermera en una maternidad. A mí me siguen haciendo ilusión los vestidos bonitos y conocer gente interesante, quiero viajar y tener nuevas experiencias, no es la primera vez que te ldigo, y algún dinero no me vendrá mal para poder hacerlo…

Esta mañana, Miep nos contó algunas cosas sobre la fiesta de compromiso de su prima, a la que fue el sábado. Los padres de la prima son ricos, los del novio más ricos aún. Se nos hizo la boca agua cuando Miep nos contó lo que comieron: sopa juliana con bolitas de carne, queso, canapés de carne picada, entremeses variados con huevo y rosbif, canapés de queso, bizcocho borracho, vino y cigarrillos, de tododiscreción.

Miep se bebió diez copas y se fumó tres cigarrillos. ¿Es ésta la mujer antialcohólica que dice ser? Si Miep estuvo bebiendo tanto, ¿cuánto habrá bebido su señor esposo?

En esa fiesta todos deben haberse achispado un poco, naturalmente.

También había dos agentes de la brigada de homicidios, que sacaron fotos a la pareja. Como verás, Miep no se olvida ni un instante de sus escondidos, porque en seguida memorizó los nombres y las señas de estos dos señores, por si llega a pasar algo y hacen falta holandeses de confianza.

¡Cómo no se nos iba a hacer la boca agua, cuando sólo habíamos desayunado dos cucharadas de papilla de avena y teníamos un hambre que nos moríamos; cuando día a día no comemos otra cosa que no sean espinacas a medio cocer (por aquello de las vitaminas) con patatas podridas; cuando en nuestros estómagos vacíos no metemos más que lechuga en ensalada y lechuga cocida, y espinacas, espinacas y otra vez espinacas! Quién sabe si algún día no seremos tan fuertes como Popeye,
aunque de momento no se nos note…

Si Miep nos hubiera invitado a que la acompañáramos a la fiesta, no habría quedado un solo bocadillo para los demás invitados. Si hubiéramos estado nosotros en esa fiesta, habríamos organizado un gran pillaje y no habríamos dejado ningún mueble en su sitio. Te puedo asegurar que le íbamos sacando a Miep las palabras de la boca, que nos pusimos a su alrededor como si en la vida hubiéramos oído hablar de una buena comida o de gente distinguida. ¡Y ésas son las nietas del famoso millonario!

¡Cómo pueden cambiar las cosas en este mundo!

Tu Ana M. Frank


Martes, 9 de mayo de 1944

Querida Kitty:

He terminado el cuento del hada Ellen. Lo he pasado a limpio en un bonito papel de cartas, adornado con tinta roja, y lo he cosido. En su conjunto tiene buena pinta, pero no sé si no será poca cosa. Margot y mamá han hecho un poema de cumpleaños cada una.

A mediodía subió el señor Kugler a darnos la noticia de que la señora Broks tiene la intención de venir aquí todos los días durante dos horas a tomar el café, a partir del lunes. ¡Imagínate! Ya nadie podrá subir a vernos, no podrán traernos las patatas, Bep no podrá venir a comer, no podremos usar el retrete, no podremos hacer ningún ruido, y demás molestias por el estilo. Pensamos en toda clase de posibilidades que pudieran disuadirla. Van Daan sugirió que bastaría con darle un buen laxante en el café.

—No, por favor —contestó Kleiman—. ¡Que entonces ya no saldría más del
excusado!

Todos soltamos la carcajada.

—¿Del excusado? —preguntó la señora—. ¿Y eso qué significa?

Se lo explicamos.

—¿Y esta expresión se puede usar siempre? —preguntó muy ingenua.

—¡Vaya ocurrencia!. —dijo Bep entre risitas.

Imaginaos que uno entrara en unos grandes almacenes y preguntara por el
excusado… ¡Ni lo entenderían!

Por lo tanto, Dussel ahora se encierra a las doce y media en el «excusado», por seguir usando la expresión. Hoy cogí resueltamente un trozo de papel rosa y escribí:

Horario de uso del retrete para el señor Dussel

Mañana: de 7.15 a 7.30

Mediodía: después de las 13

Por lo demás, a discreción.

Sujeté el cartel en la puerta verde del retrete estando Dussel todavía dentro. Podría haber añadido fácilmente: «En caso de violación de esta ley se aplicará la pena de encierro.» Porque el retrete se puede cerrar tanto por dentro como por fuera.
El último chiste de Van Daan: A raíz de la clase de religión y de la historia de Adán y Eva, un niño de trece años le pregunta a su padre:

—Papá, ¿me podrías decir cómo nací?

—Pues… —le contesta el padre—. La cigüeña te cogió de un charco grande, te dejó en la cama de mamá y le dio un picotazo en la pierna que la hizo sangrar, y tuvo que guardar cama una semana.

Para enterarse de más detalles, el niño fue a preguntarle lo mismo a su madre:

—Mamá, ¿me podrías decir cómo naciste tú y cómo nací yo?

La madre le contó exactamente la misma historia, tras lo cual el niño, para saberlo todo con pelos y señales, acudió igualmente al abuelo:

—Abuelo, ¿me podrías decir cómo naciste tú y cómo nació tu hija?

Y por tercera vez consecutiva, oyó la misma historia.

Por la noche escribió en su diario: «Después de haber recabado informes muy precisos, cabe concluir que en nuestra familia no ha habido relaciones sexuales durante tres generaciones.» ¡Ya son las tres!, y todavía tengo que estudiar.

Tu Ana M. Frank


P. D. Como ya te he contado que tenemos una nueva mujer de la limpieza, quisiera añadir que esta señora está casada, tiene sesenta años y es dura de oído. Esto último viene bien, teniendo en cuenta los posibles ruidos procedentes de ocho escondidos.

¡Ay, Kit, hace un tiempo tan bonito! ¡Cómo me gustaría, salir a la calle!

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Miércoles, 10 de mayo de 1944