de un dulce dormir a un triste despertar relato

De un dulce dormir a un triste despertar Relato

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De un dulce dormir a un triste despertar Relato

No lo podía creer. Se supone que ella no debería estar ahí, se supone que ella se había ido…

Había llegado hace poco de la oficina de mala gana, y como desde un tiempo venía haciendo, abrí la puerta del departamento para arrojar, sin ánimos, el maletín lo más lejos posible de mi vista. Sin embargo, esta acción se vio interrumpida por una grácil figura femenina que, con reproche, me miraba desde la cocina.

– No es cierto. – Alcancé a decir antes de cursar a grandes zancadas el espacio que nos separaba. Juro que quería llorar, quería abrazarla, tocarla, besarla, pero ¿y si desaparecía? – No es verdad. – Susurré cabizbajo. – Tú no deberías estar aquí. – Y antes de que pudiera alejarme completamente, sentí como una mano cálida se posaba en mi mejilla limpiando las fugaces lágrimas que, sin mi consentimiento, resbalaban por mis mejillas.

La abracé. No. La estrujé entre mis brazos de tal forma que después de un tiempo sentí que volvíamos a ser uno. Justo como antes. Justo como siempre debió de ser. Ella no me devolvió el abrazo, pero sentía como se pegaba más a mí en señal de aprobación. Sentí su sonrisa en mi pecho, sentí su respiración junto a la mía. Sentía que era mi todo.

La amaba tanto.

La alejé un poco de mí para poder perderme en ese misterioso mundo que era su mirada y, mientras con una mano la sostenía de la cintura, con la otra elevaba su mentón hacia mí para fundirnos en un suave beso. Suavidad que duró corto tiempo pues comencé a ser exigente, comencé a pedir más y es que, tanto tiempo sin ella, tanto tiempo conversando con su ausencia convenciéndome de que un momento así jamás sucedería otra vez, me tenían melancólico, triste, anhelante.

La alcé con sumo cuidado para llevarla a nuestra cama, de igual forma que en nuestra noche de bodas y muchas otras. La dejé con la mayor delicadeza que me permitía el momento y sin muchos preámbulos nos dirigí en un hermoso baile de dos. Donde, cualquier otra cosa que no fuesen sensaciones, sentimientos, entrega y pasión, no tenían cabida.

Me levanté de la cama extrañamente cansado, pero el recuerdo de lo vivido la noche anterior logró sacarme una amplia sonrisa. Estar con ella siempre sería perfecto; siempre sería lo mejor del día; siempre que pudiera, volvería a revivir cada pequeño detalle entre ambos.

Cuando volví a la habitación ella no estaba. No estaba en la sala, no estaba en el baño ni en la cocina. Había desaparecido. Fue entonces que la realidad me pegó de frente y una angustia se apoderó de mí. Varios recuerdos se agolparon en mi cabeza logrando que cayera al suelo por la presión que en esta ocasionaban. Una tarde de verano, la montaña, un derrumbe, el hospital, el cementerio…

– Está muerta… – Susurré. Lágrimas caían copiosamente por mi cara, y sin ánimo de detenerlas dejé que acariciaran mis mejillas, lugar donde habían estado anteriormente sus cálidas manos. Y entonces comprendí. Ella nunca había vuelto, nunca me acarició, nunca salió de ese mugroso hospital… Nunca volvió conmigo.

 “Te amo” la escuché decir, y al levantar presuroso la cabeza, lo único que vislumbré a través de mi llanto, fue la perfecta blancura de la cama y unas flores marchitas que, con total parsimonia, me anunciaban que todo había sido un hermoso y cruel sueño.

De un dulce dormir a un triste despertar Relato por Amely