Divina comedia Paraíso Canto XXI – Obra Poética

Paraíso

Divina comedia
Divina comedia por Dante Alighieri – Obra Poética

Canto XXI

Indice

Volví a fijar mis ojos en el rostro
de mi dama, y mi espíritu con ellos,
de cualquier otro asunto retirado. 3

No se reía; mas «Si me riese
—dijo— te ocurriría como cuando
fue Semele en cenizas convertida: 6

pues mi belleza, que en los escalones
del eterno palacio más se acrece,
como has podido ver, cuanto más sube, 9

si no la templo, tanto brillaría
que tu fuerza mortal, a sus fulgores,
rama sería que el rayo desgaja. 12

Al séptimo esplendor hemos subido, 13
que bajo el pecho del León ardiente
con él irradia abajo su potencia. 15

Fija tu mente en pos de tu mirada,
y haz de aquélla un espejo a la figura
que te ha de aparecer en este espejo.» 18

Quien supiese cuál era la delicia
de mi vista mirando el santo rostro,
al poner mi atención en otro asunto, 21

sabría de qué forma me era grato
obedecer a rrú celeste escolta,
si un placer con el otro parangono. 24

En el cristal que tiene como nombre,
rodeando el mundo, el de su rey querido
bajo el que estuvo muerta la malicia, 27

de color de oro que el rayo refleja
contemplé una escalera que subía
tanto, que no alcanzaba con la vista. 30

Vi también que bajaba los peldaños
tanto fulgor, que pensé que la luz 32
toda del cielo allí se difundiera. 33

Y como, por su natural costumbre,
juntos los grajos, al romper del día,
se mueven calentando su plumaje; 36

después unos se van y ya no vuelven;
otros toman al sitio que dejaron,
y los demás se quedan dando vueltas; 39

me parecio que igual aconteciese
en aquel destellar que junto vino,
al llegar y pararse en cierto tramo. 42

Y aquel que más cercano se detuvo, 43
era tan luminoso, que me dije:
«Bien conozco el amor que me demuestras. 45

Mas aquella en que espero el cómo y cuándo
callar o hablar, estáse quieta; y yo
bien hago y, aunque quiero, no pregunto.» 48

Por lo cual ella, viendo en mi silencio,
con el ver de quien puede verlo todo,
me dijo: «Aplaca tu ardiente deseo.» 51

Y yo comencé así. «Mis propios méritos
de tu respuesta digno no me hacen;
mas por aquella que hablar me permite, 54

alma santa que te hallas escondida
dentro de tu alegría, haz que yo sepa
por qué de mí te has puesto tan cercana; 57

y por qué en esta rueda se ha callado
la dulce sinfonía de los cielos,
que tan piadosa en las de abajo suena.» 60

«Mortal tienes la vista y el oído,
por eso no se canta aquí —repuso-
al igual que Beatriz no tiene risa. 63

Por la santa escalera he descendido
únicamente para recrearte
con la voz y la luz que me rodea; 66

mayor amor más presta no me hizo, 67
que tanto o más amor hierve allá arriba,
tal como el flamear te manifiesta. 69

Mas la alta caridad, que nos convierte
en siervas de aquel que el mundo gobierna
aquí nos destinó, como estás viendo.» 72

«Bien veo, sacra lámpara, que un libre
amor —le dije basta en esta corte
para seguir la eterna providencia; 75

mas no puedo entender tan fácilmente
por qué predestinada sola fuiste
tú a este encargo entre todas las restantes.» 78

Aun antes de acabar estas palabras,
hizo la luz un eje de su centro,
dando vueltas veloz como una rueda; 81

luego dijo el amor que estaba dentro:
«Desciende sobre mí la luz divina, 83
en ésta en que me envientro penetrando, 84

la cual virtud, unida a mi intelecto,
tanto me eleva sobre mí, que veo
la suma esencia de la cual procede. 87

De allí viene esta dicha en la que ardo;
puesto que a mi visión, que es ya tan clara,
la claridad de la llama se añade. 90

Pero el alma en el cielo más radiante,
el serafín que más a Dios contempla,
no podrá responder a tu pregunta, 93

porque se oculta tanto en el abismo
del eterno decreto lo que quieres,
que al creado intelecto se le esconde. 96

Y al mundo de los hombres, cuando vuelvas,
contarás esto, a fin que no pretenda
a una tan alta meta dirigirse. 99

La mente, que aquí luce, en tierra humea;
así que piensa cómo allí podrá
lo que no puede aun quien acoge el cielo.» 102

Tan terminantes fueron sus palabras
que dejé aquel asunto, y solamente
humilde pregunté por su persona. 105

«Álzanse entre las costas italianas 106
montes no muy lejanos de tu tierra,
tanto que el trueno suena más abajo, 108

y un alto forman que se llama Catria,
bajo el cual hay un yermo consagrado
para adorar dispuesto únicamente.» 111

Por vez tercera dijo de este modo;
y, siguiendo, después me dijo: «Allí
tan firme servidor de Dios me hice, 114

que sólo con verduras aliñadas
soportaba los fríos y calores,
alegre en el pensar contemplativo. 117

Dar solía a estos cielos aquel claustro
muchos frutos; mas ahora está vacío,
y pronto se pondrá de manifiesto. 120

Yo fui Pedro Damián en aquel sitio,
y Pedro Pecador en la morada
de nuestra Reina junto al mar Adriático. 123

Cuando ya me quedaba poca vida,
a la fuerza me dieron el capelo, 125
que de malo a peor ya se transmite. 126

Vino Cefas y vino el Santo Vaso 127
del Espíritu, flacos y descalzos,
tomando en cualquier sitio la comida. 129

Los modernos pastores ahora quieren 130
que les alcen la cola y que les lleven,
tan gordos son, sujetos a los lados. 132

Con mantos cubren sus cabalgaduras,
tal que bajo una piel marchan dos bestias:
¡Oh paciencia que tanto soportas! 135

Al decir esto vi de grada en grada
muchas llamas bajando y dando vueltas,
y a cada giro estaban más hermosas. 138

Se detuvieron al lado de ésta,
y prorrumpieron en clamor tan alto,
que aquí nada podría asemejarse; 141
ni yo lo oí; tan grande fue aquel trueno.

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