Divina comedia Paraíso Canto XXVI – Obra Poética

Paraíso

Divina comedia
Divina comedia por Dante Alighieri – Obra Poética

Canto XXVI

Indice

Mientras yo deslumbrado vacilaba,
de la fúlgida llama deslumbrante
salió una voz a la que me hice atento. 3

«En tanto que retorna a ti la vista
que por mirarme —dijo,— has consumido,
bueno será que hablando la compenses. 6

Empieza pues; y di a dónde diriges 7
tu alma, y date cuenta que tu vista
está en ti desmayada y no difunta: 9

porque la dama que por la sagrada
región te lleva, en la mirada tiene
la virtud de la mano de Ananías.» 12

«A su gusto —repuse pronto o tarde
venga el remedio, pues que fueron puertas
que ella cruzó con fuego en que ardo siempre 15

El bien que hace la dicha de esta corte,
es Alfa y es O de cuanta escritura
lee en mí el Amor o fuerte o levemente.» 18

Aquella misma voz que los temores
del súbito cegar me hubo quitado,
a que siguiese hablando me animaba; 21

y dijo: «Por aún más angosta criba 22
te conviene cerner; decirnos debes
quién a tal blanco dirigió tu arco.» 24

Y yo: «Por filosóficas razones
y por la autoridad que de ellas baja
tal amor ha debido en mí imprimirse: 27

que el bien en cuanto bien, al conocerse, 28
nos enciende el amor, tanto más grande
cuanta mayor bondad en sí retiene. 30

Y así a una esencia que es tan ventajosa,
que todo bien que esté fuera de ella
no es nada más que un brillo de su rayo, 33

más que a otra es preciso que se mueva
la mente, amando, de los que conocen
la verdad que esta prueba fundamenta. 36

Tal verdad demostró a mi entendimiento 37
aquel que me enseñó el amor primero
de todas las sustancias sempiternas. 39

Lo demostró la voz del Creador
que a Moisés dijo hablando de sí mismo:
«Yo haré que veas el poder supremo.» 42

Y tú lo demostraste, al comenzar
el alto pregón que grita el arcano
de aquí allá abajo más que cualquier otro. 45

Y escuché: «Por la humana inteligencia 46
y por la autoridad con él concorde,
de tu amor tiende a Dios lo soberano. 48

Mas dime aún si sientes otras cuerdas
que a él te atraigan, de modo que me digas
con cuántos dientes este amor te muerde.» 51

No estaba oculta la santa intención
del Águila de Cristo, y me di cuenta
a qué tema quería conducirme. 54

Por eso repliqué: «Cuantos mordiscos
pueden volver a Dios un corazón,
juntos mi caridad han fomentado: 57

que el que yo exista y el que exista el mundo, 58
la muerte que Él sufrió y por la que vivo,
y lo que esperan como yo los fieles, 60

con el conocimiento que antes dije,
me han sacado del mar del falso amor,
y del derecho me han puesto en la orilla. 63

Las frondas que enfrondecen todo el huerto
del eterno hortelano, yo amo tanto,
cuanto es el bien que de Él desciende a ellas.» 66

Cuando callé, un dulcísimo canto
resonó por el cielo, y mi señora
«Santo, santo», decía con los otros. 69

Y como ahuyenta el sueño una luz viva,
pues la vista se acerca al resplandor
que atraviesa membrana tras membrana, 72

y al despertado aturde lo que mira,
pues tan torpe es la súbita vigilia
mientras la estimativa no le ayuda; 75

lo mismo de mis ojos cualquier mota
me quitaron los ojos de Beatriz,
con rayos que mil millas refulgían: 78

y vi después mucho mejor que antes;
y casi estupefacto pregunté
por una cuarta luz tras de nosotros. 81

Y mi señora: «Dentro de ese rayo
goza de su hacedor la primer alma
que hubo creado la primer potencia.» 84

Como la fronda que inclina su copa
del viento atravesada, y la levanta
por la misma virtud que la endereza, 87

hice yo mientras ella estaba hablando,
asombrado, y después me recobré
con las ganas de hablar en las que ardía. 90

«Oh fruto que maduro únicamente
fuiste creado —dije, antiguo padre
de quien cualquier esposa es hija y nuera, 93

con la más grande devoción te pido
que me hables: advierte mi deseo,
que no lo expreso para oírte antes.» 96

Un animal a veces en un saco
se revuelve de modo que sus ansias
se advierten al mirar lo  que le cubre; 99

y de igual forma el ánima primera
escondida en su luz manifestaba
cuán gustosa quería complacerme. 102

Y dijo: «Sin que lo hayas proferido,
mejor he comprendido tu deseo
que tú cualquiera cosa verdadera; 105

porque la veo en el veraz espejo
que hace de sí reflejo en otras cosas,
mas las otras en él no se reflejan. 108

Quieres oír cuánto hace que me puso
Dios en el bello Edén, desde donde ésta 110
a tan larga subida te dispuso, 111

y cuánto fue el deleite de mis ojos, 112
y la cierta razón de la gran ira,
y el idioma que usé y que inventé. 114

Ahora, hijo mío, no el probar del árbol
fue en sí misma ocasión de tanto exilio,
mas sólo el que infringiese lo ordenado. 117

Donde tu dama sacara a Virgilio,
cuatro mil y tres cientas y dos vueltas
de sol tuve deseos de este sitio; 120

y le vi que volvía novecientas
treinta veces a todas las estrellas
de su camino, cuando en tierra estaba. 123

La lengua que yo hablaba se extingió
aun antes que a la obra inconsumable
la gente de Nembrot se dedicara: 126

que nunca los efectos racionales,
por el placer humano que los muda
siguiendo al cielo, duran para siempre. 129

Es obra natural que el hombre hable;
pero en el cómo la naturaleza
os deja que sigáis el gusto propio. 132

Antes que yo bajase a los infiernos,
I se llamaba en tierra el bien supremo 134
de quien viene la dicha que me embarga; 135

Y Él después se llamó: y así conviene, 136
que es el humano uso como fronda
en la rama, que cae y que otra brota. 138

En el monte que más del mar se alza,
con vida pura y deshonesta estuve,
desde la hora primera a la que sigue
a la sexta en que el sol cambia el cuadrante.» 141

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