El último escrito Relato

El último escrito Relato

Corría y saltaba sin parar como un niño juguetón en un gigantesco campo exageradamente bello, estaba el lugar plagado de hierba esmeralda y de una gran variedad de flores olorosas. Había un día soleado, muchas nubes inmaculadas y un grupo de mariposas coloridas que en mis manos parecían
estar tranquilas ya que no siguieron volando a través del suave viento, era todo aquello tan perfecto y hermoso que de verdad me sentí muy feliz por un breve instante. Aquel espejismo del cual desperté fue hace tan solo un momento, mejor hubiese sido eterno pues estoy viendo nuevamente la oscuridad que me envuelve como telaraña a su presa, por eso no se diferenciar el día, la tarde, mucho menos la noche. El mal olor sé muy bien que existe aunque
no lo huela, quizá perdí mi olfato con el pasar del tiempo, la nariz se hizo demasiado insensible para oler cualquier cosa, la presencia de la hediondez se debe a las sucias paredes de piedra, a mi propio estiércol y orín que están en el hoyo que yo mismo cavé, camino un poco en esta pequeña celda para
“ejercitarme” , todavía estoy cojo producto de una brutal paliza que recibí de mi verdugo carcelero, dicha vapuleada me la propinó sin razón la primera vez que entré aquí, lo que nunca entendí es el motivo de ponerme una pesada cadena que me pasa de un tobillo a otro ¿acaso piensan que puedo
escapar?
Estar preso en esta cárcel subterránea no es mi verdadera tortura, no me importa tanto que el grotesco carcelero me dé pocas veces de comer comida paupérrima (en muchas ocasiones me la ha dado en estado putrefacto) también me insulta siempre que me ha conseguido la limitada agua que
bebo, he aprendido a usarla de manera bastante racionada no solo para beber, la aprovecho además para mojar mi caliente cuerpo, sobre todo mi cabeza que la rasco sin parar a causa de la multitud de piojos. Para no ser víctima de la locura causada por el encierro, comencé desde los primeros días de condena a dibujar con mis dedos miles de cosas, animales y caras de personas que sin problemas recuerdo, sobre este piso de tierra inagotable
dibujo los frutos de mi talento, lo que conlleva a que mis obras magistrales sean de carácter efímero, y es cierto también que cada vez que las hago me quedan mejor (la tenue luz no me impide tal cosa) yo permito ser el único espectador de mis trabajos, pues lo importante es que me mantienen muy bien entretenido en medio de tanta monotonía.
Claro que no tengo cama, mi única ventana es la pequeña puerta de gruesos barrotes la cual conduce a un pasillo en donde hay pocas celdas, desde hace mucho no escucho a los hombres de allí, al final del pasillo siguen los escalones que conducen a la superficie, en las paredes que me rodean todavía están pegados los cientos de alacranes que por suerte he matado.
Ya no recuerdo cuanto tiempo llevo acá cautivo, me dijeron que jamás saldría de este sombrío y lúgubre sitio; pero eso no me importa de verdad, pues lo más malo y peor para mi es la verdadera tortura que me destruye a diario, la cual es: mi mente y alma están presas en la cárcel del remordimiento,
prisión que supera a ésta y cualquiera que el hombre pueda construir, sus agobiantes cadenas son un peso doloroso, dolor que me ha hecho llorar infinidad de veces, y confieso tener mucho miedo de quedar atrapado ahí por siempre.
De repente unos fuertes estruendos me levantan de inmediato, pienso en que el carcelero viene a verme, quien es un hombre extremadamente alto, fuerte y soberbio, el mismo que anda en su cintura toda clase de cuchillos incluyendo una enorme espada; no obstante es una turba de otros presos que intentan abrir la puerta de mi celda con la llave y me dicen a gritos: -oye tú, sal ahora mismo. Estoy tan sorprendido que no puedo reaccionar, en eso entra un reo
y me libera de la pesada cadena atada a mis tobillos, los cuales están bastante morados por el hierro. El hombre me pega en el hombro y me señala la puerta, salgo y pregunto por los otros reclusos de las otras celdas del subterráneo, me dicen que solo yo he sobrevivido. Subo a duras penas los
escalones de piedra, ya estoy en la superficie de la cárcel, la verdad es que acá en el patio no había estado desde hace mucho; aunque cubro mi cara porque a mis ojos les cuesta ver la vasta luz.
Con gran esfuerzo veo el desgraciado fin de estos soldados que yacen en esta laguna de sangre que inunda el suelo y mis pies, no puedo creer que fueron asesinados por las salvajes manos de los presos que escaparon sin yo saber cómo de estas seguras celdas, a estos criminales los pusieron en esta
parte de arriba porque se les consideraba los menos peligrosos, y sin lugar a dudas contra todo pronóstico el motín resultó exitoso. Me acerco para preguntar a un hombre tuerto la fecha actual y comprendo que llevo preso veinte siete años en mi amada Persia, he aprendido de que el tiempo
se encarga en dejar casi todo en ruinas incluyéndome a mí. El líder asesino del cruel motín dice con enorme jactancia que inventó todo el ataque desde hace mucho, empieza a verme soberbiamente de pies a cabeza; pero con especial atención a la ancha cicatriz de mi mejilla derecha, se acerca y
me propone ser su servidor a cambio de mi libertad, si no lo hago me advierte que ahora mismo me partirá el cuello con la espada que perteneció a mi verdugo carcelero, el mismo está degollado en el suelo no muy lejos de mí, yo con firmeza me rehúso al trato infame de aquel delincuente además les hablo diciendo que por favor me devuelvan a mi hogar, entonces estos malnacidos agarran fuertemente mis brazos para darme horribles puñetazos y salvajes puntapiés que terminan por destruir mi enjuto ser.
Me arrojan a mi celda y me ponen la cadena en los tobillos, pero es mejor estar así en lugar de servir otra vez al camino del mal, limpio mi boca ensangrentada, apenas me puedo parar, me duele todo además me siento demasiado débil como nunca antes. Con lágrimas que caen sin parar lamento
haber perdido toda mi fuerza y juventud haciendo crímenes, pude ser alguien importante y no el espantoso viejo de cincuenta y dos años que soy, el mismo que viste poca ropa totalmente sucia, con su pelo canoso y largo, que porta una barba grande y que parece un esqueleto, delgadez producto
del hambre, sed y enfermedades que ha padecido.
Imploro perdón a DIOS y si pudiera también lo haría por completo a todas las muchas personas que dañé, me arrepentí de mis robos, asesinatos, estafas y demás maldades, en un feo día en el que llevé a cabo el último crimen, fue cuando iba a matar a uno de mis enemigos; sin embargo por mi culpa tristemente un niño resultó muerto, ese episodio ha sido el más abominable de mi vida (mi conciencia así me lo repite casi a diario) ¿y qué decir de mis familiares?
Ellos se olvidaron para siempre de mí y con justa razón lo hicieron, que Dios me perdone y si Él quiere que su misericordia se apiade de mi alma, en la parte de arriba de la cárcel en donde estuve hace momentos atrás, se escucha el ruido de una feroz batalla y varios gritos de muerte; pero eso ya no me interesa, pues la demasiada debilidad del cuerpo me avisa que pronto moriré; aunque no puedo remediar nada de mi horrendo pasado, escribiré en el piso las siguientes palabras finales con mi último aliento y espero que alguien las halle: nadie tiene derecho ni justificación de hacer crímenes
de ningún tipo, todo lo duro que pasé (el dolor que provoqué a los demás, el terrible remordimiento que me azotaba y los días oscuros del encierro) tú debes evitar, camina siempre en la senda del bien y evita el infierno del sufrimiento en el cual morí, yo Admata oriundo de Susa te lo pido.

El último escrito Relato por César Henrríquez Juárez