La Condena – Un Relato con suspenso

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La Condena

Había despertado sobresaltado por el ruido que hacía el oleaje al golpear con diversión las rocas mientras el viento, caprichoso, jugaba con las olas que, siguiéndole el ritmo, no dejaban su vaivén infinito.

Se desperezó con algo de alegría al ver el espectáculo que le brindaba el paisaje, justo allí, frente a sus ojos y, animado por la blancura de las esponjosas y suaves nubes, se dejó caer bajo aquel árbol ubicado cerca del acantilado.

Respiró profundamente intentando tranquilizar su corazón que, por alguna razón, latía descontrolado. Dejó caer su cabeza hacia atrás y cuando estuvo cómodamente sobre el grueso tronco, cerró los ojos confiando en que todo seguiría igual. Las aves en el cielo, las olas jugando con la arena, el viento acariciando su cuerpo y el sol sonriendo en lo alto escondiéndose, a veces, tras las juguetonas nubes.

Sentía que la tranquilidad que le ofrecía aquel paraje era, por más, armoniosa y rejuvenecedora. Luego de unos minutos, e inconscientemente, una vieja canción militar se escapaba por entre sus finos labios, mientras su mente evocaba buenos recuerdos de su época de marino.

Pronto, imágenes indeseables vinieron a su mente, y sin dejar de entonar aquella canción de guerra que tanto valor le infundía, analizaba las escenas que, al igual que una película, pasaban frente a sus ojos. Se vio tomando las mismas decisiones, dando las mismas ordenes, sacrificando los mismos minutos, cometiendo los mismos errores.

– Esta pesadilla… Nunca me libraré de ella. – Dijo mientras entraba en una especie de laxitud.

El juez no había sido condescendiente al momento de dictar sentencia. Debía morir. Estaba condenado a entregar su vida igual que aquellos que estaban bajo su mando y que, sin titubear, le habían seguido en aquella locura.

Recordar eso le hizo enderezarse de golpe y, al abrir los ojos, notó que el sol no calentaba, que el viento no rosaba su rostro ni jugaba con sus cabellos, que el mar se había detenido y que las gaviotas le miraban amenazantes.

Su cuerpo se tensó, su corazón volvió a latir con fuerza, sus manos sudaban. Cerró los ojos queriendo despertar de aquella pesadilla y así, sin más, se lanzó hacia el vacío. Una caída que nunca llegó le hizo sobresaltar; y al abrir los ojos lo único que vio fueron cuatro paredes sucias y en una de ellas una pequeña ventana que daba a un callejón oscuro.

La Condena – Relato por Amely

Radico en el Sur de Chile, hermoso país al fin del mundo.
Creo de manera fehaciente en el poder de las palabras. Empero, para mí, nada dice más que una acción desinteresada y que un silencio oportuno. Sin embargo, no hay que olvidar que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones.

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Comentarios 2

  • MUY BUENAS LETRAS!!!
    Mis felicitaciones por tu maestría al plasmar tus líneas, con un realismo digno de destacar.
    Shalom

    • Muchas gracias por sus palabras! Me alegra saber que ha disfrutado de las letras tanto o más que yo al momento de escribirlas.
      Saludos.