Los irresponsables Relato

Los irresponsables Relato

Era la terrible noche del 2 de marzo de 1680, en el mar caribe a varias millas de cualquier zona habitada, estaba un humilde barco que apenas podía flotar, y se hundía junto a sus tripulantes debido a la fuerte tormenta que azotaba aquella zona. Los tres irresponsables navegantes salieron a pescar en hora tarde; pero antes varias personas les advirtieron que pronto podría llover, a pesar de todo eso ellos no quisieron obedecer, los marinos llevaban luchando en la pequeña nave fuertemente por más de dos horas contra las impetuosas olas, los vientos huracanados además de los bulliciosos y cegadores relámpagos. Al ver la difícil situación un joven llamado Roger le dijo al capitán casi llorando:
-¡Señor es inútil lo que hacemos! No resistiremos más.
Sin perder la esperanza de vida, dijo el capitán:
-Ten fe muchacho, lo peor es dejar de luchar, debemos seguir incluso si no hay fuerzas, ahora bien comencemos a orar y ayudáme a subir al mástil para arreglar las velas.
Una vez arriba vio hacia alrededor, pero el panorama era desalentador, la tempestad seguiría por mucho tiempo.
El tercer hombre sacaba con un enorme balde la mucha agua que se metía en la cubierta, y preguntó:
-¿Capitán, hay señales de tierra?
-Todavía no, pero podríamos…
Y en eso una ola altísima cayó sobre la pequeña embarcación, la cual estuvo a punto de quedar sepultada junto con los marineros, el capitán cayó de espaldas fuertemente sobre el piso de madera, eso lo dejó casi sin aliento, los otros dos hombres quedaron tirados, maltratados y poseídos por el miedo, tragaron agua hasta por las narices.
El capitán logró pararse angustiosamente, se aferró sobre el borde de la proa, se acariciaba su adolorida espalda. En medio de la oscuridad espantosa la luz de los rayos reflejaron algo como verde, el señor se frotó los ojos y vio que al frente y muy cerca, tenían una especie de isla con vegetación.
Él susurró estas palabras:

-Es increíble, acabo de ver alrededor y no había tierra.
Con gran alegría fue a levantar a sus ayudantes y les gritó:
-Es un milagro, estaremos a salvo, ayúdenme a llevar el barco hacia la isla, aunque el timón sirva poco trataré aun así de usarlo.
– Tenga cuidado Señor-grita Roger- pues hay un arrecife rocoso.
Luego de anclar el barco los hombres saltaron y en medio de la playa se arrodillaron dando gracias a Dios. Caminaron poco para buscar ayuda; sin embargo no vieron señales de vida humana así que regresaron al barco, se cambiaron la ropa mojada, entraron en los camarotes para recostar sus
temblorosos y fríos cuerpos sobre las hamacas, poseían mucha tranquilidad por lo que lograron dormirse de manera rápida.
Después de varias horas dejó de llover, el capitán fue el primero en levantarse, observó detenidamente la bella mañana la cual se adornada con: un cielo celeste totalmente despejado, un radiante sol, la brisa fresca y calmada, el mar transparente y limpio, el canto de las gaviotas que buscaban peces, incluso con los cangrejos que desfilaban sobre la blanca arena de la playa, el capitán se sintió alegre como nunca antes. Luego se percató de que el barco había sufrido leves daños a pesar de toda la tempestad, los otros hombres por fin se levantaron y uno de ellos dijo:
-Capitán Jefferson, ¿iremos a recorrer la isla? tal vez hallemos algo bueno.
-Claro que si Jim, así que síganme.
Así de tranquilos se fueron sin importar encontrarse con peligros, mucho menos lo que pasaban a lo lejos sus preocupados familiares, cuando exploraban todo el hermoso oasis marítimo, notaron que está dotado de diversa vegetación y fauna, observaron que el lugar no es tan grande y no hallaban presencia humana, recolectaron algunas cosas como: cocos, bananos, limones, etc. En eso vieron que al pie de una alta palmera habían unos barriles vacíos, lucían casi nuevos también hallaron pisadas que los condujo al interior de una cueva, al llegar ahí no encontraron a nadie solamente algunas ropas y restos de comida, en eso el capitán dijo:
-¡corramos de prisa! entonces se fueron corriendo desesperadamente a la playa, y miraron los descuidados hombres que el barco ya no estaba.

 Los irresponsables Relato por César Henrríquez Juárez