Mayo de 1944 Ana Frank – Diario Biográfico

Mayo de 1944 Ana Frank

Mayo de 1944 Ana Frank
Mayo de 1944 Ana Frank


Miércoles, 10 de mayo de 1 944


Querida Kitty:


Ayer por la tarde estábamos estudiando francés en el desván, cuando de repente oí detrás de mí un murmullo como de agua. Le pregunté a Peter qué pasaba, pero él, sin responderme siquiera, subió corriendo a la buhardilla —el lugar del desastre—, y cogiendo bruscamente a Mouschi, que en lugar de usar su cubeta, ya toda mojada, se había puesto a hacer pis al lado, lo metió en la cubeta para que siguiera haciendo pis allí. Se produjo un gran estrépito y Mouschi, que entretanto.había acabado, bajó como un relámpago. Resulta que el gato, buscando un poco de comodidad
cubetística para hacer sus necesidades, se había sentado encima de un montoncito de serrín que tapaba una raja en el suelo de la buhardilla, que es bastante poroso; el charco que produjo no tardó en atravesar el techo del desván y, por desgracia, fue a parar justo dentro y al lado del tonel de las patatas. El techo chorreaba, y como el suelo del desván tiene a su vez unos cuantos agujeros, algunas gotas amarillas lo atravesaron y cayeron en la habitación, en medio de una pila de medias y libros que había sobre la mesa.

El espectáculo era tan cómico que me entró la risa: Mouschi acurrucado debajo de un sillón, Peter dándole al agua, a los polvos de blanqueo y a la bayeta, y Van Daan tratando de calmar los ánimos. El desastre se reparó pronto, pero como bien es sabido, el pis de gato tiene un olor horrible, lo que quedó demostrado ayer de forma patente por las patatas y también por el serrín, al que papá llevó abajo en un cubo para quemarlo.

¡Pobre Mouschi! ¡¿Cómo iba él a saber que el polvo de turba es tan difícil de conseguir?!


Ana

Jueves, 11 de mayo de 1944


Querida Kitty:


Otro episodio que nos hizo reír:

Había que cortarle el pelo a Peter y su madre, como de costumbre, haría de
peluquera. A las siete y veinticinco desapareció Peter en su habitación, y a las siete y media en punto volvió a salir, todo desnudo, aparte de un pequeño bañador azul y zapatos de deporte.

—¿Vamos ya? —le preguntó a su madre.
—Sí, pero espera que encuentre las tijeras.
Peter le ayudó a buscar y se puso a hurgar bruscamente en el cajón donde la señora guarda sus artículos de tocador.
—¡No me revuelvas las cosas, Peter! —se quejó.
No entendí qué le contestó Peter, pero debió haber sido alguna impertinencia, porque la señora le dio un golpe en el brazo. El se lo devolvió, ella volvió a golpearle con todas sus fuerzas y Peter retiró el brazo haciendo una mueca muy cómica.

¡Vente ya, vieja!
La señora se quedó donde estaba, Peter la cogió de las muñecas y la arrastró por toda la habitación. La señora lloraba, se reía, profería maldiciones y pataleaba, pero todo era en vano. Peter condujo a su prisionera hasta la escalera del desván, donde tuvo que soltarla por la fuerza. La señora volvió a la habitación y se dejó caer en una silla con un fuerte suspiro.
—El rapto de la madre —bromeé.
—Sí, pero me ha hecho daño.
Me acerqué a mirar y le llevé agua fría para aplacar el dolor de sus muñecas, que estaban todas rojas por la fricción. Peter, que se había quedado esperando junto a la escalera, perdió de nuevo la paciencia y entró en la habitación como un domador, con un cinturón en la mano. Pero la señora no le acompañó; se quedó sentada frente al escritorio, buscando un pañuelo.

—Primero tienes que disculparte.
—Está bien, te pido disculpas, que ya se está haciendo tarde.
A la señora le dio risa a pesar suyo, se levantó y se acercó a la puerta. Una vez allí, se sintió obligada a darnos una explicación antes de salir. (Estábamos papá, mamá y yo, fregando los platos.)
—En casa no era así —dijo—. Le habría dado un golpe que le hubiera hecho rodar escaleras abajo (!). Nunca ha sido tan insolente, y ya ha recibido unos cuantos golpes, pero es la educación moderna, los hijos modernos, yo nunca hubiera tratado así a mi madre, ¿ha tratado usted así a la suya, señor Frank?

Estaba exaltada, iba y venía, preguntaba y decía de todo, y mientras tanto seguía sin subir. Hasta que por fin, ¡por fin!, se marchó.

No estuvo arriba más que cinco minutos. Entonces bajó como un huracán,
resoplando, tiró el delantal, y a mi pregunta de si ya había terminado, contestó que bajaba un momento, lanzándose como un remolino escaleras abajo, seguramente en brazos de su querido Putti.

No subió hasta después de las ocho, acompañada de su marido. Hicieron bajar a Peter del desván, le echaron una tremenda regañina, le soltaron unos insultos, que si insolente, que si maleducado, que si irrespetuoso, que si mal ejemplo, que si Ana es así, que si Margot hace asá: no pude pescar más que eso.

Lo más probable es que hoy todo haya vuelto a la normalidad.


Tu Ana M. Frank


P. D. El martes y el miércoles por la noche habló por la radio nuestra querida reina.

Dijo que se tomaba unas vacaciones para poder regresar a Holanda refortalecida.

Dijo que «cuando vuelva… pronta liberación… coraje y valor… y cargas pesadas».

A ello le siguió un discurso del ministro Gerbrandy. Este hombre tiene una vocecita tan infantil y quejumbrosa, que mamá, sin quererlo, soltó un ¡ay! de compasión. Un pastor protestante, con una voz robada a Don Fatuo, concluyó la velada con un rezo, pidiéndole a Dios que cuidara de los judíos y de los detenidos en los campos de concentración, en las cárceles y en Alemania.


Jueves, 11 de mayo de 1944


Querida Kitty:

Como me he dejado la «caja de chucherías» arriba, y por lo tanto también la pluma,como no puedo molestar a los que duermen su siestecita (hasta las dos y media), tendrás que conformarte con una carta escrita a lápiz.

De momento tengo muchísimo que hacer, y por extraño que parezca, me falta el tiempo para liquidar la montaña de cosas que me esperan. ¿Quieres que te cuente en dos palabras todo lo que tengo que hacer? Pues bien, para mañana tengo que leer la primera parte de la biografía de Galileo Galilei, ya que hay que devolverla a la biblioteca. Empecé a leer ayer, y voy por la página 220. Como son 320 páginas en total, lo acabaré. La semana que viene tengo que leer Palestina en la encrucijada y la segunda parte de Galileo. Ayer también terminé de leer la primera parte de la biografía del emperador Carlos V y tengo que pasar a limpio urgentemente la
cantidad de apuntes y genealogías que he extraído de ella. A continuación tengo tres páginas de vocablos extranjeros que tengo que leer en voz alta, apuntar a prenderme de memoria, todos extraídos de los distintos libros. En cuarto lugar está mi colección de estrellas de cine, que están todas desordenadas y necesitan urgentemente que las ordene; pero puesto que tal ordenamiento tomaría varios días y que la profesora Ana, como ya se ha dicho, está de momento agobiada de trabajo, el caos por de pronto seguirá siendo un caos. Luego también Teseo, Edipo, Peleo, Orfeo, Jasón y Hércules están a la espera de un ordenamiento, ya que varias de sus proezas forman como una maraña de hilos de colores en mi cabeza; también Mirón Fidias necesitan un tratamiento urgente, para evitar que se conviertan en una masa informe. Lo mismo es aplicable, por ejemplo, a las guerras de los Siete y de los Nueve Años: llega un momento en que empiezo a mezclarlo todo.

¿Qué voy a hacer con una memoria así? ¡Imagínate lo olvidadiza que me volveré cuando tenga ochenta años!

¡Ah, otra cosa! La Biblia. ¿Cuánto faltará para que me encuentre con la historia delbaño de Susana? ¿Y qué querrán decir con aquello de la culpa de Sodoma y Gomorra? ¡Ay, todavía quedan tantas preguntas y tanto por aprender! Y mientras tanto, a Liselotte von der Pfalz la tengo totalmente abandonada.

Kitty, ¿ves que la cabeza me da vueltas?
Ahora otro tema: hace mucho que sabes que mi mayor deseo es llegar a ser
periodista y más tarde una escritora famosa. Habrá que ver si algún día podré llevar a cabo este delirio (?!) de grandeza, pero temas hasta ahora no me faltan. De todos modos, cuando acabe la guerra quisiera publicar un libro titulado La casa de atrás; aún está por ver si resulta, pero mi diario podrá servir de base.

También tengo que terminar La vida de Cady. He pensado que en la continuación del relato, Cady vuelve a casa tras la cura en el sanatorio y empieza a cartearse con Hans. Eso es en 1941. Al poco tiempo se da cuenta de que Hans tiene simpatías nacionalsocialistas, y como Cady está muy preocupada por la suerte de los judíos y la de su amiga Marianne, se produce entre ellos un alejamiento. Rompen después de un encuentro en el que primero se reconcilian, pero después del cual Hans conoce a otra chica. Cady está hecha polvo y, para dedicarse a algo bueno, decide hacerse
enfermera. Cuando acaba sus estudios de enfermera, se marcha a Suiza por
recomendación de unos amigos de su padre, para aceptar un puesto en un sanatorio para enfermos de pulmón. Sus primeras vacaciones allí las pasa a orillas del lago de Como, donde se topa con Hans por casualidad. Este le cuenta que dos años antes se casó con la sucesora de Cady, pero que su mujer se ha quitado la vida a raíz de un ataque de depresión. A su lado, Hans se ha dado cuenta de lo mucho que ama a la pequeña Cady, y ahora vuelve a pedir su mano. Cady se niega, aunque sigue amándolo igual que antes, a pesar suyo, pero su orgullo se interpone entre ellos.

Después de esto, Hans se marcha, y años más tarde Cady se entera de que ha ido a parar a Inglaterra, donde cae bastante enfermo.

La propia Cady se casa a los veintisiete años con Simón, un hombre acaudalado ajeno a todo lo ocurrido. Empieza a quererlo mucho, pero nunca tanto como a Hans.

Tiene dos hijas mujeres, Lilian y Judith, y un varón, Naco. Simón y ella son felices, pero en los pensamientos ocultos de Cady siempre sigue estando Hans. Hasta que una noche sueña con él y se despide de él.


No son tonterías sentimentales, porque el relato incluye en parte la historia de papá.


Tu Ana M. Frank


Sábado, 13 de mayo de 1944


Mi querida Kitty:

Ayer fue el cumpleaños de papá, papá y mamá cumplían 19 años de casados, no tocaba mujer de la limpieza y el sol brillaba como nunca. El castaño está en flor de arriba abajo, y lleno de hojas además, y está mucho más bonito que el año pasado.

Kleiman le regaló a papá una biografía sobre la vida de Linneo, Kugler un libro sobre la naturaleza, Dussel el libro Amsterdam desde el agua, los Van Daan una caja gigantesca, adornada por un decorador de primera, con tres huevos, una botella de cerveza, un yogur y una corbata verde dentro. Nuestro pote de melaza desentonaba un poco. Mis rosas despiden un aroma muy rico, a diferencia de los claveles rojos de Miep y Bep. Lo han mimado mucho. De la casa Siemons trajeron cincuenta pasteles (¡qué bien!), y además papá nos convidó a tarta de miel, y a cerveza para los hombres
y yogur para las mujeres. ¡Todo estuvo riquísimo!


Tu Ana M. Frank


Martes, 16 de mayo de 1944


Mi querida Kitty:

Para variar (como hace tanto que no ocurría) quisiera contarte una pequeña discusión que tuvieron ayer el señor y la señora:La señora: «Los alemanes a estas alturas deben haber reforzado mucho su Muralla del Atlántico; seguramente harán todo lo que esté a su alcance para detener a los ingleses. ¡Es increíble la fuerza que tienen los alemanes!»
El señor: «¡Sí, sí, terrible!»
La señora: «¡Pues sí!»
El señor: «Seguro que los alemanes acabarán ganando la guerra, de lo fuertes que son.»

La señora: «Pues podría ser; a mí no me consta lo contrario.» El señor: «Será mejor que me calle.» La señora: «Aunque no quieras, siempre contestas.» El señor: «¡Qué va, si no contesto casi nunca!» La señora: «Sí que contestas, y siempre quieres tener la razón. Y tus predicciones no siempre resultan acertadas, ni mucho menos.»

El señor: «Hasta ahora siempre he acertado en mis predicciones.»
La señora: «¡Eso no es cierto! La invasión iba a ser el año pasado, los finlandeses conseguirían la paz, Italia estaría liquidada en el invierno, los rusos ya tenían Lemberg… ¡Tus predicciones no valen un ochavo!»

El señor (levantándose): «¡Cállate de una buena vez! ¡Ya verás que tengo razón, en algún momento tendrás que reconocerlo, estoy harto de tus críticas, ya me las pagarás!» (Fin del primer acto.)


No pude evitar que me entrara la risa, mamá tampoco, y también Peter tuvo que contenerse. ¡Ay, qué tontos son los mayores! ¿Por qué no aprenden ellos primero, en vez de estar criticando siempre a sus hijos?

Desde el viernes abrimos de nuevo las ventanas por las noches.


Tu Ana M. Frank

Intereses de la familia de escondidos en la Casa de atrás: (Relación sistemática de asignaturas de estudio y de lectura.) El señor Van Daan: no estudia nada; consulta mucho la enciclopedia Knaur; lee novelas de detectives, libros de medicina y historias de suspenso y de amor sin importancia.

La señora de Van Daan: estudia inglés por correspondencia; le gusta leer biografías noveladas y algunas novelas. El señor Frank: estudia inglés (¡Dickens!) y algo de latín; nunca lee novelas, pero sí le gustan las descripciones serias y áridas de personaspaíses.

La señora de Frank: estudia inglés por correspondencia; lee de todo, menos las historias de detectives.

El señor Dussel: estudia inglés, español y holandés sin resultado aparente; lee de todo; su opinión se ajusta a la de la mayoría. Peter Van Daan: estudia inglés, francés (por correspondencia), taquigrafía holandesa, inglesa y alemana, corre spondencia comercial en inglés, talla en madera, economía política y, a veces, matemáticas; lee poco, a veces libros sobre geografía.

Margot Frank: estudia inglés, francés, latín por correspondencia, taquigrafía inglesa, alemana y holandesa, mecánica, trigonometría, geometría, geometría del espacio, física, química, álgebra, literatura inglesa, francesa, alemana y holandesa, contabilidad, geografía, historia contemporánea, biología, economía, lee de todo, preferentemente libros sobre religión y medicina.

Ana Frank: estudia taquigrafía francesa, inglesa, alemana y holandesa, geometría, álgebra, historia, geografía, historia del arte, mitología, biología, Historia bíblica, literatura holandesa; le encanta leer biografías, áridas o entretenidas, libros de historia (a veces novelas y libros de esparcimiento).


Viernes, 19 de mayo de 1944


Querida Kitty:

Ayer estuve muy mal. Vomité (¡yo, figúrate!), me dolía la cabeza, la tripa, todo lo que te puedas imaginar. Hoy ya estoy mejor, tengo mucha hambre pero las judías pintas que nos dan hoy será mejor que no las toque.A Peter y a mí nos va bien. El pobre tiene más necesidad de cariño que yo, sigue poniéndose colorado cada vez que le doy el beso de las buenas noches y siempre me pide que le dé otro. ¿Seré algo así como una sustituta de Moffle? A mí no me importa, él es feliz sabiendo que alguien le quiere.

Después de mi tortuosa conquista, estoy un tanto por encima de la situación, pero no te creas que mi amor se ha entibiado. Es un encanto, pero yo he vuelto a cerrarme por dentro; si Peter quisiera romper otra vez el candado, esta vez deberá tener una palanca más fuerte…

Tu Ana M. Frank


Sábado, 20 de mayo de 1944


Querida Kitty:

Anoche bajé del desván, y al entrar en la habitación vi en seguida que el hermoso jarrón de los claveles había rodado por el suelo. Mamá estaba de rodillas fregando y Margot intentaba pescar mis papeles mojados del suelo.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, llena de malos presentimientos, y sin esperar una respuesta me puse a estimar los daños desde la distancia. Toda mi carpeta de genealogías, mis cuadernos, libros, todo empapado. Casi me pongo a llorar y estaba tan exaltada, que empecé a hablar en alemán. Ya no me acuerdo en absoluto de lo que dije, pero según Margot murmuré algo así como «daños incalculables, espantosos, horribles, irreparables» y otras cosas más. Papá se reía a carcajadas, mamá y Margot se contagiaron, pero yo casi me echo a llorar al ver todo mi trabajo estropeado y mis apuntes pasados a limpio todos emborronados.

Ya examinándolo mejor, los «daños incalculables» no lo eran tanto, por suerte. En el desván despegué y clasifiqué con sumo cuidado los papeles pegoteados y los colgué en hilera de las cuerdas de colgar la colada.

Resultaba muy cómico verlo y me volvió a entrar risa: María de Médicis al lado de Carlos V, Guillermo de Orange al lado de María Antonieta.

—¡Eso es Rassenschande!

—bromeó el señor Van Daan.

Tras confiar el cuidado de mis papeles a Peter, volví a bajar.
—¿Cuáles son los libros estropeados? —le pregunté a Margot,
que estaba haciendo una selección de mis tesoros librescos.
—El de álgebra —dijo.

Pero lamentablemente ni siquiera el libro de álgebra se había estropeado realmente.

¡Ojalá se hubiera caído en el jarrón! Nunca he odiado tanto un libro como el de álgebra. En la primera página hay como veinte nombres de chicas que lo tuvieron antes que yo; está viejo, amarillento y lleno de apuntes, tachaduras y borrones.

Cualquier día que me dé un ataque de locura, cojo y lo rompo en pedazos.

Tu Ana M. Frank


Lunes, 22 de mayo de 1944


Querida Kitty:

El 20 de mayo, papá perdió cinco tarros de yogur en una apuesta con la señora Van Daan. En efecto, la invasión no se ha producido aún, y creo poder decir que en todo Amsterdam, en toda Holanda y en toda la costa occidental europea hasta España, se habla, se discute y se hacen apuestas noche y día sobre la invasión, sin perder las esperanzas.

La tensión sigue aumentando. No todos los holandeses de los que pensamos que pertenecen al bando «bueno» siguen confiando en los ingleses. No todos consideran que el bluff inglés es una muestra de maestría, nada de eso, la gente por fin quiere ver actos, actos de grandeza y heroísmo.

Nadie ve más allá de sus narices, nadie piensa en que los ingleses luchan por sí mismos y por su país; todo el mundo opina que los ingleses tienen la obligación de salvar a Holanda lo antes posible y de la mejor manera posible. ¿Por qué habrían de tener esa obligación? ¿Qué han hecho los holandeses para merecer la generosa ayuda que tanto esperan que se les dé? No, los holandeses están bastante equivocados; los ingleses, pese a todo su bluff, no han perdido más honor que todos los otros países, grandes y pequeños, que ahora están ocupados. Los ingleses no van a presentar sus disculpas por haber dormido mientras Alemania se armaba, porque los demás países, los que limitan con Alemania, también dormían. Con la política del avestruz no se llega a ninguna parte, eso lo ha podido ver Inglaterra y lo ha visto el mundo entero, y ahora tienen que pagarlo caro, uno a uno, y la propia Inglaterra tampoco se salvará.

Ningún país va a sacrificar a sus hombres en vano, sobre todo si lo que está en juego son los intereses de otro país, y tampoco Inglaterra lo hará. La invasión, la liberación y la libertad llegarán algún día; pero la que puede elegir el momento es Inglaterra,no algún territorio ocupado, ni todos ellos juntos.


Con gran pena e indignación por nuestra parte nos hemos enterado de que la actitud de mucha gente frente a los judíos ha dado un vuelco. Nos han dicho que hay brotes de antisemitismo en círculos en los que antes eso era impensable. Este hecho nos ha afectado muchísimo a todos. La causa del odio hacia los judíos es comprensible,veces hasta humana, pero no es buena. Los cristianos les echan en cara a los judíos que se van de la lengua con los alemanes, que delatan a quienes los protegieron, que por culpa de los judíos muchos cristianos corren la misma suerte y sufren los mismos horribles castigos que tantos otros. Todo esto es cierto. Pero como pasa con
todo, tienen que mirar también la otra cara de la moneda: ¿actuarían los cristianos de otro modo si estuvieran en nuestro lugar? ¿Puede una persona sin importar si es cristiano o judío, mantener su silencio ante los métodos alemanes? Todos saben que es casi imposible. Entonces, ¿por qué les piden lo imposible a los judíos?

En círculos de la resistencia se murmura que los judíos alemanes emigrados en su momento a Holanda y que ahora se encuentran en Polonia, no podrán volver Holanda; aquí tenían derecho de asilo, pero cuando ya no esté Hitler, deberán volver a Alemania.

Oyendo estas cosas, ¿no es lógico que uno se pregunte por qué se está librando esta guerra tan larga y difícil? ¿Acaso no oímos siempre que todos juntos luchamos por la libertad, la verdad y la justicia? Y si en plena lucha ya empieza a haber discordia, ¿otra vez el judío vale menos que otro? ¡Ay, es triste, muy triste, que por enésima vez se confirme la vieja sentencia de que lo que hace un cristiano, es responsabilidad suya, pero lo que hace un judío, es responsabilidad de todos los judíos!

Sinceramente no me cabe en la cabeza que los holandeses, un pueblo tan bondadoso, honrado y recto, opinen así sobre nosotros, opinen así sobre el pueblo más oprimido, desdichado y lastimero de todos los pueblos, tal vez del mundo entero.

Sólo espero una cosa: que ese odio a los judíos sea pasajero, que los holandeses en algún momento demuestren ser lo que son en realidad, que no vacilen en su sentimiento de justicia, ni ahora ni nunca, ¡porque esto de ahora es injusto!

Y si estas cosas horribles de verdad se hicieran realidad, el pobre resto de judíos que queda deberá abandonar Holanda. También nosotros deberemos liar nuestros bártulos y seguir nuestro camino, dejar atrás este hermoso país que nos ofreció cobijo tan cordialmente y que ahora nos vuelve la espalda.

¡Amo a Holanda, en algún momento he tenido la esperanza de que a mí, desterrada, pudiera servirme de patria, y aún conservo esa esperanza!

Tu Ana M. Frank


Jueves, 25 de mayo de 1944


Querida Kitty:

¡Bep se ha comprometido! El hecho en sí no es tan sorprendente, aunque a ninguno de nosotros nos alegra demasiado. Puede que Bertus sea un muchacho serio, simpático y deportivo, pero Bep no lo ama y eso para mí es motivo suficiente para desaconsejarle que se case.

Bep ha puesto todos sus empeños en abrirse camino en la vida, y Bertus la detiene.

Es un obrero, un hombre sin inquietudes y sin interés en salir adelante, y no creo que Bep se sienta feliz con esa situación. Es comprensible que Bep quiera poner finesta cuestión de medias tintas; hace apenas cuatro semanas había roto con él, pero luego se sintió más desdichada, y por eso volvió a escribirle, y ahora ha acabado por comprometerse.

En este compromiso entran en juego muchos factores. En primer lugar, el padre enfermo, que quiere mucho a Bertus; en segundo lugar, el hecho de que es la mayor de las hijas mujeres de ” Voskuijl y que su madre le gasta bromas por su soltería; en tercer lugar, el hecho de que Bep tiene tan sólo veinticuatro años, algo que para ella cuenta bastante.

Mamá dijo que hubiera preferido que empezaran teniendo una relación. Yo no sé qué decir, compadezco a Bep y comprendo que se sintiera sola. La boda no podrá ser antes de que acabe la guerra, ya que Bertus es un clandestino, o sea, un «hombre negro» y además ninguno de ellos tiene un céntimo y tampoco tienen ajuar. ¡Qué perspectivas tan miserables para Bep, a la que todos nosotros deseamos lo mejor!

Esperemos que Bertus cambie bajo el influjo de Bep, o bien que Bep encuentre a un hombre bueno que sepa valorarla.

Tu Ana M. Frank


El mismo día Todos los días pasa algo nuevo. Esta mañana han detenido a Van Hoeven. En su casa había dos judíos escondidos. Es un duro golpe para nosotros, no sólo porque esos pobres judíos están ahora al borde del abismo, sino que también es horrible para Van Hoeven.

El mundo está patas arriba. A los más honestos se los llevan a los campos de
concentración, a las cárceles y a las celdas solitarias, y la escoria gobierna a grandes y pequeños, pobres y ricos. A unos los pillan por vender en el mercado negro, a otros por ayudar a los judíos o a otros escondidos, y nadie que no pertenezca al movimiento nacionalsocialista sabe lo que puede pasar mañana.


También para nosotros es una enorme pérdida lo de Van Hoeven. Bep no puede ni debe cargar con el peso de las patatas; lo único que nos queda es comer menos. Ya te contaré cómo lo arreglamos, pero seguro que no será nada agradable. Mamá dice que no habrá más desayuno: papilla de avena y pan al mediodía, y por las noches patatas fritas, y tal vez verdura o lechuga una o dos veces a la semana, más no.

Pasaremos hambre, pero cualquier cosa es mejor que ser descubiertos.

Tu Ana M. Frank


Viernes, 26 de mayo de 1944


Mi querida Kitty:

Por fin, por fin ha llegado el momento de sentarme a escribir tranquila junto a la rendija de la ventana para contártelo todo, absolutamente todo.

Me siento más miserable de lo que me he sentido en meses, ni siquiera después de que entraron los ladrones me sentí tan destrozada. Por un lado Van Hoeven, la cuestión judía, que es objeto de amplios debates en toda la casa, la invasión que no llega, la mala comida, la tensión, el ambiente deprimente, la desilusión por lo de Peter y, por el otro lado, el compromiso de Bep, la recepción por motivo de Pentecostés, las flores, el cumpleaños de Kugler, las tartas y las historias de teatros de revista, cines y salas de concierto. Esas diferencias, esas grandes diferencias, siempre se hacen patentes: un día nos reímos de nuestra situación tan cómica de estar escondidos, y al otro día y en tantos otros días tenemos miedo, y se nos notan en la cara el temor, la angustia y la desesperación.

Miep y Kugler son los que más sienten la carga que les ocasionamos, tanto nosotros como los demás escondidos; Miep en su trabajo, y Kugler que a veces sucumbe bajo el peso que supone la gigantesca responsabilidad por nosotros ocho, y que ya casi no puede hablar de los nervios y la exaltación contenida. Kleiman y Bep también cuidan muy bien de nosotros, de verdad muy bien, pero hay momentos en que también ellos se olvidan de la Casa de atrás, aunque tan sólo sea por unas horas, un día, acaso dos. Tienen sus propias preocupaciones que atender, Kleiman su salud, Bep su compromiso que dista mucho de ser color de rosa, y aparte de esas preocupaciones también tienen sus salidas, sus visitas, toda su vida de gente normal, para ellos la tensión a veces desaparece, aunque sólo sea por poco tiempo,
pero para nosotros no, nunca, desde hace dos años. ¿Hasta cuándo esa tensión seguirá aplastándonos y asfixiándonos cada vez más?

Otra vez se han atascado las tuberías del desagüe, no podemos dejar correr el agua, salvo a cuentagotas, no podemos usar el retrete, salvo si llevamos un cepillo, y el agua sucia la guardamos en una gran tinaja. Por hoy nos arreglamos, pero ¿qué pasará si el fontanero no puede solucionarnos el problema él solo? Los del ayuntamiento no trabajan hasta el martes Miep nos mandó un pastel de uvas pasas con una inscripción que decía «Feliz
Pentecostés». Es casi como si se estuviera burlando, nuestros ánimos y nuestro miedo no están Para fiestas.

Nos hemos vuelto más miedosos desde el asunto de Van Hoeven. A cada momento se oye algún «¡chis!», y todos tratan de hacer menos ruido. Los que forzaron la puerta en casa de Van Hoeven eran de la Policía, de modo que tampoco estar en buen recaudo de ellos. Si nos llegan a… no, no debo escribirlo, pero hoy la pregunta es ineludible, al contrario, todo el miedo y la angus tia se me vuelven a aparecer en todo su horror.

A las ocho he tenido que ir sola al lavabo de abajo, no había nadie, todos estaban escuchando la radio, yo quería ser valiente, pero no fue fácil. Sigo sintiéndome más segura aquí arriba que sola en el edificio tan grande y silencioso; los ruidos sordos y enigmáticos que se oyen arriba y los bocinazos de los coches en la calle sólo me hacen temblar cuando no soy lo bastante rápida para reflexionar sobre la situación.

Miep se ha vuelto mucho más amable y cordial con nosotros desde la conversación que ha tenido con papá. Pero eso todavía no te lo he contado. Una tarde, Miep vino a ver a papá con la cara toda colorada y le preguntó a quemarropa si creíamos que también a ella se le había contagiado el antisemitismo. Papá se pegó un gran susto y habló con ella para quitárselo de la cabeza, pero a Miep le siguió quedando en parte su sospecha. Ahora nos traen más cosas, se interesan más por nuestros pesares, aunque no debemos molestarles contándoselos. ¡Son todos tan, tan buenos!

Una y otra vez me pregunto si no habría sido mejor para todos que en lugar de escondernos ya estuviéramos muertos y no tuviéramos que pasar por esta pesadilla, y sobre todo que no comprometiéramos a los demás. Pero también esa idea nos estremece, todavía amamos la vida, aún no hemos olvidado la voz de la Naturaleza, aún tenemos esperanzas, esperanzas de que todo salga bien.

Y ahora, que pase algo pronto, aunque sean tiros, eso ya no nos podrá destrozar más que esta intranquilidad, que venga ya el final, aunque sea duro, así al menos sabremos si al final hemos de triunfar o si sucumbiremos.

Tu Ana M. Frank


Miércoles, 31 de mayo de 1944


Querida Kitty:

El sábado, domingo, lunes y martes hizo tanto calor, que no podía tener la pluma en la mano, por lo que me fue imposible escribirte. El viernes se rompió el desagüe, el sábado lo arreglaron. La señora Kleiman vino por la tarde a visitarnos y nos contó muchas cosas sobre Jopie, por ejemplo que se ha hecho socia de un club de hockey junto con Jacque van Maarsen. El domingo vino Bep a ver si no habían entrado ladrones y se quedó a desayunar con nosotros. El lunes de Pentecostés, el señor Gies hizo de vigilante del escondite y el martes por fin nos dejaron abrir otra vez las
ventanas. Rara vez hemos tenido un fin de semana de Pentecostés tan hermoso y cálido, hasta podría decirse que caluroso. Cuando en la Casa de atrás hace mucho calor es algo terrible; para darte una idea de la gran cantidad de quejas, te describiré los días de calor en pocas palabras:

El sábado: «¡Qué bueno hace!» dijimos todos por la mañana. —¡Ojalá hiciera menos calor!», dijimos por la tarde, cuando hubo que cerrar las ventanas.

El domingo: «¡No se aguanta el calor, la mantequilla se derrite, no hay ningún rincón fresco en la casa, el pan se seca, la leche se echa a perder, no se puede abrir ninguna ventana. Somos unos parias que nos estamos sofocando, mientras los demás tienen vacaciones de Pentecostés!» (Palabras de la señora.)

El lunes: «¡Me duelen los pies, no tengo ropa fresca, no puedo fregar los platos con este calor!» Quejidos desde la mañana temprano hasta las últimas horas de la noche.

Fue muy desagradable.

Sigo sin soportar bien el calor, y me alegro de que hoy sople una buena brisa y que igual haya sol.

Tu Ana M. Frank

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Viernes, 2 de junio de 1944