No solo los momentos tristes ocurren en invierno - Relato

No solo los momentos tristes ocurren en invierno – Relato

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No solo los momentos tristes ocurren en invierno

Caminaban sin rumbo y a pasos lentos por en medio de la plaza. Ella avergonzada y tímida miraba la punta de sus zapatillas mientras avanzaba, él, en cambio, iba muy animado a su lado mientras le hablaba del mundo; su mundo.

– Podría decirse que soy muy bueno en lo que hago, aunque mantiene mí tiempo al límite la mayor parte de los días. Es por eso que no te puedo ver siempre, ¿sabes? Pero pienso en ti a cada momento…

Mentía. Ella lo sabía bien. Lo sabía porque su pecho se apretaba cada vez que le oía hablar de aquella forma. Pero no se atrevía a decírselo, no se atrevía a preguntar ¿por qué creía que ella no era lo suficiente para él?

– Y entonces, tú y yo iremos a la playa por todo el fin de semana. Ya hice las reservaciones, aunque dormiremos en la misma habitación ¿eso te incomodaría?
¿Qué? Claro que sí. ¡Por supuesto! ¿A quién no le incomodaría eso?

– No, para nada – Mintió.

– ¡Perfecto! Pasaré el viernes por ti. Debes estar lista.

Y al momento él siguió hablando de sí mismo, convenciéndola de que él era lo que decía y que ella formaba parte importante de su vida. Obligarla a auto-convencerse de que él la quería era mucho más fácil que demostrárselo.

Tenía miedo, miedo de él y de sí misma. Miedo de empezar a albergar sentimientos en su corazón aun sabiendo la verdadera realidad. A pesar de esto, la duda no podía calmar aquellas emociones que empezaban a nacer. Sabía que no debía seguir, pero él hacía lo necesario para  mantenerla pendiente, emocionada y anhelante por su presencia.

Y así pasó la semana.

Ella envió cientos de mensajes, de los cuales sólo unos cuantos les fueron respondidos con palabras o emoticones distraídos y sin sentido.

“No iré contigo a la playa” Escribió en su celular el jueves por la noche.

– ¿Qué más da si se queda con las reservaciones hechas?

Le odiaba, pero con ese dolor que nace en la inteligencia y termina en el corazón. Cerró los ojos y con algo de nervios presionó la opción “enviar”.

Sucedió lo mismo que las otras veces. Pasaron los minutos y ninguna respuesta llegaba. Apagó el móvil y salió de casa a caminar sin rumbo. Donde sus piernas le llevaran para ella estaba bien, necesitaba pensar, aclarar su mente, despejar su raciocinio de sentimientos. Debía tomar una decisión y lo sabía.

Empezaba a llover y una chica de enfrente empezaba a dar saltitos alarmada cubriéndose el pelo. El joven que la acompañaba reía y abría calmadamente el paraguas para abrazarla con una mano y atraerla hacia él para luego depositar un pequeño beso en sus labios. “Linda pareja”- Pensó.

Siguió lentamente su camino, disfrutando de la lluvia, dirigiendo sus pasos inconscientes hacia esa pareja. La chica, al verla, le sonrió. Devolvió la sonrisa. El joven curioso, miró también…

Y el tiempo se detuvo.

No podía ser. Él. Ella.

Algo se quebró en su interior. Por alguna razón sintió que el agua y el frío podían tocar su corazón. Debía ser fuerte, no podía verla llorar. Solo tenía que aguantar un par de pasos y luego ya podría entregarse a la desazón de sentirse traicionada. Solo un par de pasos. Un par…

Él giró y le rosó el brazo deliberadamente. Cuando levantó la vista, la pareja seguía alegremente su camino. Como si ella no existiera, como si nunca la hubiesen visto, como si todo lo que ella sintiera en ese momento fuese solo su culpa. Y lloró. En silencio siguió su camino hasta una plazoleta desierta. Se sentó en un banco y miró al cielo. Las gotas caían copiosamente sobre su cara. El viento la animaba sin éxito, mientras que los árboles ululaban canciones de aliento para su cansada alma.

De pronto, las gotas no le llegaban al rostro. Pero no había dejado de llover, solo algo les impedía el paso. Abrió los ojos y, frente a ella, estaba la chica.

– Sé lo que sucede. Lo entendí al mirarlos hace un momento. Eres una buena chica. No dejes que tu corazón se enfríe por algo como esto. Te regalo mi paraguas pero, no te cedo mi lugar junto a él.

– Gracias. – Le susurró después de un momento. – Aunque siento que salgo ganando. Me quedo con mi dignidad y de paso tengo paraguas nuevo. Tú en cambio. Solo te quedas con él.

Y como si un enorme peso se hubiera caído de sus hombros, se levantó renovada, tomó el paraguas y con una sonrisa alegre comenzó un nuevo camino, uno sin lágrimas, sin engaños y sin dolor.

No solo los momentos tristes ocurren en invierno – Relato – por Amely