Picolo Segunda parte – Para reflexionar

Picolo Segunda parte

Hizo una larga pausa ensimismado mirando al infinito, yo no quise interrumpir su recuerdo, después continuó relatándome su vida “una mañana de Domingo esplendida con una suave brisa del mar sonó el timbre de la puerta, cuando la abrí me quede petrificado, eran mi padre y mi tío y por las caras que hacían ya estaban al tanto de mi situación”.
“recoge tus cosas que nos vamos” me dijo mi padre directamente “pero padre yo la amo, quiero casarme con ella””tú que sabes de eso, solo es un enchochamiento” en ese instante entró Paca en el salón “buenos días” pero nadie le contestó, lo que si me fijé es que mi padre no la miró en ningún momento a la cara “ vamos te he dicho que recojas tus cosas que nos tenemos que ir””padre perdóname pero no te voy a obedecer, es el amor de mi vida, la persona que he elegido para pasar el resto de mi vida a su lado””que romanticón eres, igualito que tú madre””no sé para qué os sirve ser tan tontos””padre yo la amo”” que no digas más esa palabra NO PODEIS AMAROS” era la primera vez que oía gritar a mi padre” “porque usted lo diga no vamos poder amarnos” dijo Paca “ sí, yo lo digo, aunque me juré no decirlo nunca, la vida es muy traicionera ó muy justa, no lo sé, lo vuestro es un incesto, sois hermanastros “Paca salió corriendo llorando, yo no sabía cómo reaccionar “¿pero que dice padre?” “si hijo, Paca es hija de la Rosario la Cordobesa, estuvimos juntos  muchos años, cuando se quedó embarazada la dejé porque quería que reconociera a la niña”.
Cuando entré en el dormitorio Paca no me dejó ni que la tocara” Paca aún no está todo perdido, me voy a ir con mi padre, él se creerá que dejamos de amarnos pero en realidad voy para hablar con el obispo de Granada para pedirle una bula y poder casarnos, tú me esperas aquí, yo dejaré pagado el alquiler” ella me miró con una expresión que más tarde comprendería”.
“Volví a Granada con mi familia, mi madre no sabía nada, como siempre estaba en su mundo de misas, rosarios y rastro para los pobres”” al día siguiente me fui enseguida a ver al señor Obispo que era amigo de mi padre y había venido a casa a merendar muchas veces”
“pero tú sabes lo que me estas pidiendo Javier?”” sois hermanos de padre”” eso es una barbaridad, va en contra de todos los principios cristianos””jamás conseguirás eso, ni de mi parte ni de nadie”” me destrozó el alma porque era mi última esperanza, así que volví a casa pero después de varios días yo ya no podía aguantar más sin verla y me marché a Málaga a decirle que aunque fuera sin casarnos que viviéramos juntos”.
“Cuando llegué a la pensión la dueña me dijo que Paca se fue el mismo día que nosotros nos marchamos pero por la tarde” hizo un largo silencio y continuó “Nunca más volví a saber de ella hasta el año pasado en que me enteré que su hermana estaba aquí en casa las chiconas”.
“A raíz de que ella me abandonara caí en una enorme depresión hasta que comprendí que nunca volvería y yo no podía ni quería vivir ya la vida que me habían preparado, entonces decidí cambiar no ya de vida, si no de persona, de lugar y enterrar a Javier para que naciera Picolo, un hombre nuevo”
Se levantó de la silla y sin decir nada enfiló el camino de las eras, se marchó a uno de los retiros espirituales que él decía, a mi me dejó muy pensativo porque me enseño que nunca hay que juzgar a nadie por las apariencias y que cada persona carga con su propia cruz, unas más grandes y otras más livianas.
Estuvimos en la calle bastantes días sin saber nada de Picolo, nunca había tardado tanto en sus retiros hasta que una mañana nos lo vemos salir de su casa con el saco que todas las mañanas llevaba para recoger hierba para sus conejos.
Yo pasaba por delante de su casa pero nunca estaba abierta y por el bar no aparecía, se lo pregunté al camarero “pues ya hace tiempo que no lo veo, no viene por aquí, es raro” una tarde llamé a su puerta y me salió a abrir “ah, eres tú””vamos Picolo que te invito a una cerveza””no, que tu lo que quieres es saber más de mí, y las heridas que nunca cerraran es mejor no tocarlas”.
Pasaban los días y no había manera de que me contara más cosas hasta que un día desde la puerta de mi casa veo salir de su casa a la Murciana.  yo sabía que algo pasaba porque no era normal, así que dejé pasar un buen rato y fui a su puerta y llamé, me abrió con los ojos rojos de haber llorado “Picolo ¿estás llorando?” “los hombres no lloran, solo se arrancan las entrañas”
“¿Qué ha sucedido, me lo vas a decir?””La Murciana a estado aquí” “ya lo sé, la he visto salir de tu casa””vino a decirme que la Paca a muerto esta mañana” “¿y qué vas a hacer?””Nada, tú me ves viajando hasta Valencia solo” “pero no estaba en Barcelona?”” hace años que se mudó a Valencia, me lo ha dicho la Murciana ahora” sin pensarlo le dije “ si me pagas el billete te acompaño a Valencia” “nos da tiempo a coger el borreguero y por la mañana temprano estamos allí y te da tiempo de despedirte de ella””pero tus padres te van a dejar?””No te preocupes que ya los convenzo yo, vete preparando ¿tienes un jersey?” si, pero es viejo” “da igual, yo te voy a traer un pantalón de mi hermano mayor y una chaqueta sin que me vean mis padres”.
Lo vestí lo mejor que pude y le corte los pelajes, eran todo greñas, pero daba igual como en esa casa no habían espejos de nunca.
Agarramos el borreguero, lo llamábamos así porque era muy lento, le dejaba paso hasta a las hormigas, durante el trayecto Picolo no habló casi nada, estaba como ausente, físicamente estaba a mi lado pero mentalmente estaba,,,, Dios sabe donde estaba, llegamos casi de madrugada a la estación del Norte de Valencia, agarramos un taxi le dije al taxista “vamos a la calle Maldonado 69” el taxista hizo una sonrisa picara y arranco el taxi para darnos la vuelta turística a Valencia, cuando en realidad estábamos a cinco minutos, eso lo supe muchos años después cuando me marché a vivir a Valencia.
El taxi nos dejó delante de una casa vieja y ruinosa, yo creía que allí no vivía nadie pero llame y la puerta se abrió, subimos unas largas escaleras hasta la puerta de un piso que tenia la puerta entornada “pase, pase” se oyó la voz de una mujer mayor, pasamos hasta una especie de salón donde nos encontramos una cosa que alguna vez fue una mujer y además guapa según las fotos que colgaban de las mugrientas paredes, se dirigió a Picolo “tú eres Javier?”Si señora” “jajaja señora, pues no hace siglos que no me decían señora”” yo soy la Pompi y se nos hace tarde, a las doce la entierran” yo no comprendía nada “pero donde está ella” “en la morgue del hospital hijo, donde va a estar, pero nosotros vamos directos al cementerio” “ la van a echar a la fosa común? Dijo Picolo,”de eso nada, la Paca pagaba todos los meses los muertos, era una manía suya” cuando la Pompi dijo esto nos empujó hacia la calle, nada más bajar (no sé cómo) pero había un taxi esperándonos en la puerta.
Cuando llegamos al cementerio y entramos a la capilla, no había nadie, solo el ataúd abierto, nos acercamos despacito y a Picolo comenzaron a salirle lágrimas pero en silencio, se dobló y le dio un beso en la boca y cerró el ataúd.
A la ceremonia del enterramiento solo estábamos Picolo y yo, me sentí triste, muy triste de pensar que un ser humano con todo lo que había sufrido en esta vida, la de veces que habría llorado a solas, la de veces que pasaría noches congelada, después de una vida tan amarga se marchaba de este mundo a solas, sin amigas, sin familia sin nadie que le llorara.
En todo el trayecto de vuelta al pueblo Picolo no abrió la boca para nada, yo respeté su dolor y tampoco dije nada, solo pensaba que esta vida a veces se ceba con algunas personas para que no tenga felicidad ó al menos tranquilidad.
Al llegar a su casa me dijo “eres una buena persona, conocerás la felicidad pero también la tristeza y la soledad” creo que son las palabras más sinceras y naturales que he escuchado en mi vida, me marché hacia mi casa pensando en lo que Picolo me había dicho.
Fueron pasando los días y la puerta de casa Picolo nunca estaba abierta, pasó un mes y nadie lo había visto, aunque los vecinos estaban acostumbrados a sus famosos retiros pero nunca había tardado tanto, una tarde estaban todos reunidos hablando de él y de qué hacer porque ya estaban preocupados, unos decían de pegarle una patada a la puerta, otros que llamaran a la Guardia Civil y la solución la dio un niño pequeño “por la tapia de detrás hay un agujero” “y tú cabes?” le preguntó su padre “claro, he entrado muchas veces”” y tú ¿quién eres para entrar en casa de nadie?” le riñó su madre, un hombre más mayor de los que estaban allí le dijo al crío “vale, entra otra vez por el agujero y vienes hasta la puerta a ver si la puedes abrir, pero hazlo como yo te he dicho, no mires a ningún sitio” se lo dijo porque sospechaban que estaba dentro muerto, el crío entró y enseguida abrió la puerta de la calle “esta la llave puesta” dijo el chaval, todos se quedaron mirándose y con más miedo que precaución comenzaron a entrar los vecinos empujándose unos a otros.
La casa estaba vacía (como siempre) ni rastro de Picolo, todos comenzaron a hablar y a dar sus opiniones a cada cual más disparatada, porque la gente cuando nos convertimos en masa dejamos de pensar por nosotros mismos.
Yo levanté los trapos donde la otra vez me encontré la Odisea y efectivamente allí estaba, la agarré sin que me vieran y al cogerla se cayó un papel de dentro, lo abrí y ponía con una caligrafía estupenda “no me busques, ya encontré mi Ítaca” yo supe enseguida que esas palabras iban dirigidas a mí, volví a meter el papel en el libro y me fui a casa con disimulo.
Muchos días después comenzó a correr el bulo de que se había marchado a su pueblo, pero yo sabía que no era así, que ya nunca volveríamos a ver a Picolo, un vecino fue a denunciar su desaparición a la Guardia Civil, que por cierto ni aparecieron por la casa, como sabían quién era ni le prestaron atención a la denuncia.
Así fue de misteriosa la ida de Picolo como su llegada a mi pueblo, un personaje que aún hoy en día se le sigue recordando como a una leyenda urbana.

Desde el 2013 desaparecen en España una media de cien personas anualmente sin dejar rastro alguno, ni si quiera un cadáver.
Si en estos años es esta cifra, hay que imaginarse en aquellos años en que los hombres les decían a sus mujeres “voy a por tabaco” y jamás volvían a verlos.
Las desapariciones es uno de los temas tabús de esta sociedad del progreso a la que le encanta barrer debajo de la alfombra los temas que son incómodos.

FIN

Picolo picolo segunda parte – Un cuento para compartir y reflexionar por: Andrés Montiel Amezcua