Por idiota y otras causas Relato

Por idiota y otras causas Relato dramático

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Por idiota y otras causas Relato

– ¡Eres tan egoísta! ¡Eres tan cobarde, orgulloso, manipulador!

– Ema, ¿quieres calmarte por favor?

– ¡Es que no entiendo! No entiendo tu actitud, tus palabras…

– ¿Es por Carola?

Le miró dolida. ¿Hasta cuándo iba a ser así? ¿Hasta cuándo la llevaría al límite para verla destrozada? ¿Cuántas veces más volvería para reparar el daño con abrazos y promesas muertas para luego volver a tirarla al vacío?

– Es por todo, David. No quieres que esté contigo, pero tampoco quieres que esté con alguien más. No entiendo por qué tú puedes ir de pu… – Se detuvo antes de terminar la palabra. Estaba cabreada, sí, pero no para caer tan bajo humillando a quienes no tenían la culpa. – No entiendo por qué tú puedes ir de mujer en mujer  y no me permites siquiera tener un amigo.

– Yo soy tu amigo ¿lo olvidas? Conmigo tienes más que suficiente.

– Sabes que no te quiero de esa forma Dav, sabes que mis sentimientos por ti van mucho más allá. – Dijo mientras se acercaba a él e, inconscientemente, acariciaba suavemente sus mejillas. Le gustaba estar cerca de él. Le gustaba la suavidad de su piel y el hecho de que él se estremeciera cada vez que le tocaba.

– Eres como una hermana para mí. – Respondió él de manera tan fría que la hizo retroceder.

– ¡Por favor, David! Tus ojos dicen otra cosa. Tu piel responde a mi cercanía, tu corazón se acelera tanto como el mío cuando estamos cerca.

– Eso es porque eres mujer y yo un hombre. – Dijo como si eso no fuese lo más obvio. Sin embargo el tono con que lo dijo, el porte que adoptó al pronunciar aquellas palabras era lo que la confundía.

La acechaba, la protegía, la celaba, y más aún, le coqueteaba. Sin embargo, cuando notaba que la ilusión la embargaba, él se alejaba dejándole deshecha y en un mar de desencantos. Luego de eso, era típico que apareciese con alguna novia.

Ella le conocía. Y le conocía tan bien que sabía que el amor que sentía hacia él era recíproco, pero también sabía que nada iba a cambiar su postura.

– Ya no puedo soportar esto, Dav. Me rindo contigo. Has lo que quieras, pero por favor, ya no vuelvas a llamar. – Dicho esto se acercó a él lentamente, como queriendo que el tiempo se detuviese justo en ese momento, y, como siempre había soñado, le besó.

Fue el beso más tierno y cálido que él había recibido nunca, lleno de ilusiones y promesas, lleno de amor, dolor y amargura al mismo tiempo. Entonces lo comprendió, se estaba despidiendo. Se iba. Se iba y él no podía hacer nada. No porque no quisiera, sino porque su cuerpo no le respondía.

“¡Demonios David, no seas idiota! ¡Síguela! Se va. Se va. ¡Joder!  ¡Reacciona maldita sea!” Pero cuando logró hacerlo ya era demasiado tarde.

Corrió con prisa fuera del edificio y, antes de siquiera poder susurrar su nombre, la vio tirada en la calzada. Se acercó sin preámbulos y mientras que su mente intentaba dilucidar qué había pasado, ella le sonrío dulcemente mientras le miraba. Era una mirada llena de amor. Sin culpas, sin acusaciones, sin quejas. Algo dentro de él se quebró mientras copiosas lágrimas recorrían sus mejillas, las mismas que habían sido acunadas delicadamente, por ella, hace unos momentos, y sin poder reprimir el impulso, la besó. Pero el beso jamás fue correspondido porque antes de que su aliento llegase a sus labios, ella ya se había marchado para siempre.

Hay quienes aseguran que después de aquella escena enloqueció. Otros dicen que nunca más anduvo por esos lugares. Sin embargo, la anciana del pueblo asegura que esa misma noche le vio, justo cuando terminaba de pintar aquel graffiti. Afirmando, además, que no había parado de llorar mientras lo hacía y que, más de una vez, se dijo a sí mismo: “He perdido todo por idiota… Por idiota y otras causas

Por idiota y otras causas Relato dramático por Amely