Un amor tan real como culpable – Cuento

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Un amor tan real como culpable

Era la enésima vez que miraba el reloj, aún faltaban quince minutos para la cinco, al verlo nadie podría decir que estaba nervioso, calmadamente guardo los papeles que tenia en su escritorio y fue al baño donde se echó agua fresca en la cara con la idea de despejarse y quitar cualquier rastro de cansancio de su rostro; era un hombre que andaba en los cuarenta, de estatura promedio, contextura normal, no destacaba precisamente por sus atributos físicos, al mirarse en el espejo un pequeño destello de culpa hizo que arrugara el ceño, pero solo fue una fracción de segundo inmediatamente lo desecho. Salio de la oficina y se encaminó  al ascensor, era la hora en que los empleados salían ansiosos de llegar a casa, nadie al verlo diría que el estaba quizá mas ansioso que aquellos que apresuraban el paso al salir.

Era una tarde nublada de comienzo de semana, donde las primeras sombras de la noche caían suavemente, dirigió sus pasos calle abajo y entro en un pequeño bar, se sentó en una mesa ubicada discretamente en el rincón, casi enseguida llego el camarero y mientras lo saludaba  le servia una botella de vino y dos copas, miro su reloj de pulsera y vio la hora, las cinco y cinco, oyó unos pasos y al levantar la mirada la vio entrar con su cabello castaño, sus ojos marrones y su frágil figura, Alexandra era una mujer tan normal como el, se sentó  y dijo hola, se miraron clavando los ojos el uno en el otro  tratando de captar en esa mirada hasta el mas mínimo detalle que hubiese podido cambiar en aquella semana que tenían sin verse. Si, se veían todos los lunes a las cinco, dos almas normales que disfrutaban de una botella de vino y de una buena conversación sin mas pretensiones, a pesar que  tocaban con sus ojos lo que sus manos o sus labios jamas tocarían, pues ninguno de los dos se atrevería a consumar aquella infidelidad, porque el caso es que los dos eran casados, en casa los esperaban unos hijos y una pareja con la que llevaban una vida normal, pero mientras tanto cada lunes Santiago y Alexandra apuraban lentamente aquella botella de vino barato, sin hacerse preguntas ni reproches, acariciándose con los ojos y disfrutando de cada palabra, del roce accidental de sus manos, de ese poco tiempo en el que eres el dueño del mundo y  el héroe de la película, porque estas junto a esa persona que logra despertar en ti emociones que jamas imaginaste.

Ya a las siete de la noche se despidieron con un dejo de tristeza, primero salio ella y luego el, no se sentían culpables habían aprendido a callar esa desazón. Lamentablemente a veces llegamos tarde a nuestra cita con el verdadero amor, porque puede que en algún momento hayamos creído que lo encontramos y en un dos por tres te tropiezas con esa persona que hace nacer las mariposas en tu estomago, que acelera tus latidos y  que el leve y accidental roce de su piel despierte tus mas locos deseos; Alexandra y Santiago lo sabían de sobra, así como sabían que nunca irían mas allá pues no se perdonarían el hecho de hacerle daño a nadie, o tal vez era temor a perder aquella misteriosa magia que habían encontrado y que secretamente los ayudaba a soportar la normalidad de sus vidas ¿cuando duraria? No lo sabían, trataban de no hacerse muchas preguntas indiscretas que solo alargarían su felicidad; mientras tanto seguirían viéndose cada lunes en aquel bar barato con la complicidad de aquella pobre luz y del camarero que solo le importaba la propina que el generosamente dejaba, llevándose en el alma un dulce sabor que silenciaba cualquier duda o reproche.

Un amor tan real como culpable por Marlla.

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